domingo, 17 de febrero de 2019

Almorzando con Sergio

Conocí a Sergio a fondo hace seis años cuando al fin compartimos destino y mesa de trabajo junto con una excepcional compañera durante un año.

     Hasta entonces nos habíamos cruzado por los pasillos con la cordialidad del saludo que se profesan los compañeros cotidianos desconocidos.
     Aquel año trabajando codo a codo descubrí a un empleado entusiasta y competitivo, cuyo desprecio por el agotamiento en ocasiones denunciaba la propia falta de actitud de sacrificio laboral.

     Su lema era "vamos a levantar España". Hacía caso omiso de la crisis económica, de la corrupción política, de la podredumbre de las instituciones, pero sobre todo era inmune a sus propias limitaciones.

     Como todo mortal también tenía sus defectos, pero su único objetivo laboral era aportar puntualmente su impoluto grano de arena. Esa era la responsabilidad que le habían encomendado. El resto del mundo era una entelequia absurda e inabarcable.

     Aprendí que el sufrimiento es algo muy relativo. Inmerso en una precaria salud me esforcé hasta la extenuación animado por su ejemplo y ayudado por nuestra compañera que tanto sentido común aportaba en medio de la absurda vorágine cotidiana.
     Desgraciadamente mis fuerzas no me acompañaron en la demencia burocrática del entramado kafkiano que nos aprisionaba. Sergio caminaba despacio pero con paso firme mientras yo me tropezaba con una roca tras otra en mi desenfrenada huida hacia adelante.

     Caí enfermo en varias y prolongadas ocasiones y Sergio me recordaba por teléfono constantemente cuánto me echaba de menos.
Cada vez que me recuperaba y me reincorporaba me recibía con una sonrisa de auténtica felicidad y varios abrazos.

     La semana pasada al fin me pidió que le acompañase a almorzar. Su nutrido grupo habitual de la hora del almuerzo había cambiado con el tiempo de destino quedando en algunas ocasiones sin compañía.
     Simplemente no le gustaba como a mí la soledad del breve rato de descanso que a media mañana teníamos estipulado. Su afecto incondicional me ayudó a vencer mi solitaria rutina.

     Los viernes era el día en que se permitía la licencia de saltarse su estricta dieta. La ensalada con agua se convertía en un enorme bocadillo de longanizas con pimientos y ajoaceite. Decidí solidarizarme y compensarme con semejante festín por la durísima semana que había pasado luchando contra los síntomas de mi debilidad crónica.

     Allí sentado a solas con el popular Sergio me embargó una sensación de privilegio. Comimos prácticamente en silencio, pero su sonrisa constante mientras todo el personal le saludaba me abrumó acostumbrado a mi terapéutica soledad.

     La sencillez con la que Sergio vive su vida es un recordatorio constante del exceso de pasiones innecesarias que lastran nuestra felicidad. Verle disfrutar de aquel sencillo homenaje al colesterol con el rostro radiante de felicidad me hizo plantearme como siempre la relatividad de las cosas de la vida.
Pocas palabras necesitaba mi amigo. 

Apenas la compañía.




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