El general de brigada Daniel Butterfield era un brillante militar, meticuloso y organizado así como de fuerte carácter.
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| Daniel Butterfly |
Su carrera de derecho desaprovechada para la vida civil al haberla superado demasiado joven llevó al hijo del fundador de American Express a visitar gran parte de los emergentes Estados Unidos de Norteamérica como empresario y más tarde a ascender por varios puestos en el ejército hasta llegar a su cargo actual.
En las Batalla de los Siete Días contra el ejército Confederado cerca de Richmond sus tropas sufrieron un tremendo desgaste, y se recuperaban en los bancales del río James agotados, desmoralizados y tullidos.
Meditando en su tienda cerca del ocaso de la jornada y habiendo repartido ya las órdenes pertinentes se disponía a quitarse el correaje y cambiarse la casaca para cenar con más comodidad cuando escuchó el toque de corneta que indicaba el final de la jornada.
Mientras se desasía de las tiras de sus ropajes no pudo dejar de prestar atención a la sencilla melodía que el soldado Norton interpretaba.
Por un momento pensó que aquellos soldados a sus órdenes se habían jugado la vida y merecían una armonía más elaborada que la de la sencilla pieza basada en la melodía francesa llamada "Tattoo" que solían utilizar.
Salió como llevado por un enésimo sentimiento de perfeccionismo hasta la posición de Oliver Wilcox Norton que se encontraba ya limpiando la corneta en un montículo antes de enfundarla hasta el día siguiente.
—A la orden mi general.
—Descanse, soldado, vengo a hablar con usted sobre música.
Norton pertenecía al 83º regimiento de voluntarios de Pensilvania, y era un soldado ejemplar, humilde, valiente y dispuesto a trabajar hasta la extenuación. A pesar de estar exento de muchas tareas por su condición de corneta se ofrecía siempre voluntario para los trabajos más pesados.
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| Oliver Wilcox Norton |
–No me gusta ese toque de queda.
El soldado no recordaba haberse equivocado en las sencillas notas que el potente instrumento de viento le había proporcionado.
—Lo siento señor, no volverá a ocurrir.
—No, no, carraspeó Butterfly, no me refiero al toque de hoy, me refiero a la melodía.
El soldado suspiró aliviado. El general era temido por su mal genio.
—Tenemos que buscar una variación de esas notas que induzcan con más dignidad al descanso de las tropas.
Norton comprendió enseguida a lo que se refería el general. Las pocas notas de "Tattoo" resultaban secas y muy poco melódicas.
Habían sustituido tiempo atrás las salvas con los mosquetones al atardecer para anunciar el fin del día militar cuando las batallas en los bosques cerca del ejército enemigo acampado amenazaban con delatar su posición. La corneta poseía un alcance acústico amplio suficiente para un regimiento pero no trascendía más allá de unos pocos kilómetros.
A Oliver Wilcox Norton le hubiera gustado improvisar un toque más largo y colorido, dentro de las limitaciones armónicas de las pocas notas que la corneta le permitía, y tenía varias ideas al respecto a las que no podía darle forma sometido a la disciplina militar. Sintió un gran regocijo al depatir con su superior.
—¿Podría usted añadir notas intermedias en la escala ascendente y ralentizar los intervalos para conseguir un efecto más relajante?
—Por supuesto, mi general.
De aquel modo el toque resultaría sin duda menos seco y podría apreciarse algún matiz que embelleciese la melodía.
Norton dió rienda suelta a varias improvisaciones, para regocijo de su general, quién fue indicándole qué notas mantener y cuáles quitar, así como añadir espacios y alterar la melodía hasta volverla apenas reconocible.
El resultado de aquel atardecer fue muy satisfactorio. Los soldados desde las tiendas y tumbados en el suelo escucharon embelesados la progresión de notas que Oliver Wilcox Norton repitió hasta memorizar con el beneplácito del estricto pero sensible general.
Aquella noche al oscurecer fueron muchos los soldados del 83º regimiento que silbaron y tararearon la nueva melodía, mucho más pegadiza. Butterfly durmió con una sonrisa en la boca y la sensación de haber contribuído a la mejora de la moral de las tropas.
Poco podían imaginar ambos la trascendencia de la pieza musical que acababan de crear. La melodía voló por el viento y se propagó como un virus hasta infectar incluso al bando enemigo, que la incluyó en su repertorio.
Al final de la guerra hubo homenajes a los caídos donde aquella mejorada composición añadía un tinte dramático y emotivo a los panegíricos . Pronto se adoptó como toque de silencio con fines de rendición de honores a los fallecidos en combate, y más tarde a los militares norteamericanos en general.
La pieza alcanzó su mayor difusión y popularidad en el funeral de J.F. Kennedy muchos años después, donde la interpretó el trompeta principal de la banda del ejército Keith Clark después de esperar tres horas durante una gélida mañana en Arlington la llegada de la procesión.
El frío y la responsabilidad de una audiencia inesperada de más de 20 millones de personas le hicieron errar alguna nota.
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| KEITH CLARK en el funeral de J.F. Kennedy |
La breve pieza se asumió en la música popular, y todo trompetista pujante que se preciase ofrecía una versión para engalanar su repertorio como muestra del dominio del instrumento.
Durante mi infancia mi padre realizó varios periplos laborales por Italia y nos trajo de regalo su gusto por la música de aquel país. Entre las muchas canciones de Mina, Adriano Celentano, Nicola di Bari y otros clásicos del país vecino, recuerdo que en algún momento escuché "Il silenzio", una adaptación a la italiana del toque de queda americano realizada por un tal Nini Rosso.
Aquella melodía se quedó grabada en mi cabeza y la reconocía emocionado cuando después aparecía en alguna película bélica hollywoodiense.
Pero hacía muchos años que no la escuchaba y se encontraba oculta en el baúl de los millones de recuerdos almacenados que todos poseemos y archivamos en las estanterías del ostracismo.
El 10 de abril de 2019, tras dos años de recopilación y gestión de cuatro millones de gigabytes de datos que el consorcio internacional "Telescopio Horizonte de Sucesos" había recopilado en abril de 2017, la humanidad pudo visualizar una simulación que tres programas independientes de inteligencia artificial realizaron del agujero negro masivo de la galaxia M87.
Yo llevaba años viendo vídeos del World Science Festival de Brian Greene y escuchando charlas de kip Thorne, el mayor experto en agujeros negros del mundo, así como de Leonard Susskind y Juan de Maldacena, basándome en cuyas teorías había escrito mi novela de ciencia ficción "Sedna y el último hombre milenario".
Aquel día me quedé pegado al móvil al ver la imagen de la galaxia con forma de trompetista por cuya boquilla emergen los gases expelidos como en el patrón de unas ondas sonoras, solo que a escalas inimaginables.
Quizá por ello, o quizá porque la tensión del trabajo me obliga a echar mano de mi imaginario musical para combatir la tensión que genera el trato con el público, aquella mañana mientras encendía el ordenador y me disponía a afrontar horas interminables de interacción con variopintos semejantes la melodía del Toque de Silencio explotó en mi cabeza como el magma que pugna por salir al exterior por el cráter de un volcán.
Durante la agitada jornada no conseguía recordar el nombre ni el origen de la melodía que mi cerebro me repetía para suavizar las asperezas que brotaban en mi ánimo a causa de la citación masiva presencial de enfermos de cáncer.
A lo largo de la tarde varias consultas a Google y un agotador esfuerzo memorístico consiguieron que hallase en Youtube la versión exacta que atesoraba oculta en las antesalas infantiles de mi memoria, la versión italiana.
El poder de la sencillez con la que el soldado Norton y el general Butterfly habían deformado la ruda sucesión de notas de "Tattoo" es uno de los misterios que sigue dando sentido a la música.
Combinar unas frecuencias de onda separadas por precisos patrones matemáticos consigue no solo enervar y excitar placenteramente el sistema nervioso humano, sino también deducir el horizonte de sucesos de un agujero negro de mil millones de veces la masa de nuestro Sol situado a cinco mil millones de años luz.
La apariencia casual de trompetista de la galaxia M87 desde nuestra perspectiva en La Vía Láctea puede ser una mera coincidencia subjetiva a los ojos de los científicos, pero yo personalmente me inclino por un indicio trascendente en el que demasiados azares se unen provocando que un círculo de sentido se cierre.
Cientos de muertes han sido honradas al compás de la asombrosa y sencilla pieza "Taps", y yo creo que desde la lejanía, el agujero negro de M87 nos guiña un ojo y nos invita a seguir divagando acerca de la futilidad de la vida terrena y la magnitud del alma y del cosmos que nos rodea.
Enlace a versión propia de la melodía:
https://youtu.be/tEhaRgfRRQ4









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