jueves, 1 de noviembre de 2018

El valor de una ventana

Hemos perdido el norte, y no en sentido metaforico. En las zonas y países del norte tienen la suerte de un clima más húmedo y frío en el que la arquitectura se debe adaptar a la nieve, la lluvia y los verdes prados.

Quizá desencantados o despreocupados por la ausencia de inclemencias aquí en la ciudad de La Plana parece como si la falta de estética fuese una obligación a la hora de plantear una ventana y sobre todo lo que se ve a través de ella.

Calles estrechas, horrendos edificios insípidos y grises diseñados con tanta desidia como bajo presupuesto, ausencia de parques, alergia histórica al mar, patios de luces deprimentes...

La fealdad campa a sus anchas porque los habitantes se han acostumbrado a ella.
Mi ciudad es un erial de belleza donde asomarse por la ventana apenas garantiza el acceso de algo de la excesiva luz que se nos regala por la latitud en que aterrizamos.

Hemos olvidado lo importante que resulta aliviar el alma de las cargas de la fealdad. Y nos damos cuenta asombrados de cuánta belleza existe ahí afuera al viajar. Cualquier destino nos ofrece postales en las que reposar, parajes en los que regocijarnos, como si asumiéramos nuestra incapacidad enquistada de crear armonías estéticas con los elementos de que disponemos en nuestra fatídica urbe.

En general, mirar por una ventana en Castellón, como en otras muchas poblaciones de la zona, no aporta ningún beneficio espiritual al que observa. La disposición de tan importante elemento en una vivienda carece con alevosía de su función paisajística. Hay que maldecir a los arquitectos cuya incultura e incapacidad llevó a condenarnos a visiones prescindibles.

Hay que recordar con desprecio a los ediles que permitieron la disposición esquizofrénica de las propiedades e inmuebles de nuestra ciudad cegando paisajes, apagando luces naturales y condenando a los moradores a la oscuridad y el desasosiego.

Tan solo cuando los abominables lindes del antiguo pueblo fueron ganados a los huertos abandonados ha comenzado a edificarse con algo de sentido común.
Las ventanas permiten ver el mar, o los edificios cercanos diseñados con un mínimo colorido o talento armónico, de manera que puede uno asomarse por la ventana y perderse en la contemplación para evadirse de sus escasos noventa metros cuadrados de cárcel domiciliaria.

Es la suerte de los propietarios con mayores posibilidades económicas y una educación superior en lo que a necesidad de estética se refiere.

Cómo echo de menos mi mar de todos los días, mis amaneceres con el marco del brumoso humedal exhalando rocío, nubes en la parte superior del lienzo y grandes dosis de azul celeste manchándolo todo.

La ventana de mi habitación actual es igual que el patio de una cárcel, con rejas y todo.
Se acabó perderse con la vista y desanudar las miserias del sufrimiento cotidiano.

El horrible rectángulo que me saluda al abrir los ojos mejora con la persiana bajada negando cualquier perspectiva deprimente que añada más fealdad a la que ya me acompaña en el día a día.

Maldita sea mi suerte, ansiar con casi toda el alma la abundancia de belleza y abominar de la fealdad con un grado patológico de intensidad.

A veces desearía ser una oveja sin apenas cerebro y que mi única preocupación fuese conseguir masticar un par de algarrobas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario