Ya decía el gruñón de Shrek que "Los ogros son como las cebollas", y no como le indicaba "Asno", similares a un trozo de tarta o pastelitos.
Del mismo modo los hombres "somos" como los omnipresentes teléfonos móviles de hoy en día.
Esta metáfora la empecé a gestar incluso antes de que existieran los móviles inteligentes o "smartphones", cuando me gustaba hacer analogías entre los primeros ordenadores y las similitudes existentes en la forma de procesar la información con los humanos.
No obstante, con la llegada de estos pequeños aparatos increíbles la analogía es más poderosa todavía, ya que los antiguos computadores no eran portátiles ni permitían la comunicación por voz.
Pero vayamos por partes, como dijo Jack el Destripador.
Tanto los móviles como los seres humanos poseemos una obsolescencia programada. En el caso de los aparatos incluso de forma ilegal, tal y como recientemente denuncia Italia a los gigantes Samsung y Apple. Pero incluso sin necesidad de alteración del software, el mismo progreso relega a los modelos de más de dos años al ostracismo comercial y la desaparición.
Dos años de vida útil frente a los cincuenta aproximadamente del ser humano. Son cantidades muy cercanas. Las personas comienzan a ser productivas para la sociedad aproximadamente a los veinte años, así a "grosso modo", y dejan de serlo alrededor de los setenta, aunque generacionalmente el mercado laboral sufre de una mutación que encoge todavía más la edad útil de un trabajador.
La "legalidad" de la obsolescencia humana es un tema más espinoso que podría asimilarse con los asesinatos, abortos, guerras, países con penas de muerte y demás, pero no entraré en ese jardín. Vale la pena mencionar no obstante que sin intervención "ilegal" humana la naturaleza se basta para finiquitarnos, está diseñada con un reloj interno para que las células dejen de regenerarse y mueran por oxidación. En este caso el fabricante equivalente a Apple sería Dios, y Steve Jobs sería una versión icónica y mercantilista de Jesucristo.
La tecnología está cambiando el panorama laboral al mismo ritmo que aumentan los gigas de memoria RAM de los móviles, su capacidad de almacenamiento interno, los megahercios de la batería o la cantidad de píxeles por pulgada en la pantalla.
Para un adulto de más de cincuenta años reciclarse en el mercado laboral sería como intentar que un viejo Nokia de la década del 2000 pudiese realizar tareas multifunción en pantalla dividida como un Android actual. El rango del periodo de usabilidad de las personas y de los móviles disminuye alarmantemente a pasos agigantados.
Tanto las personas como los nuevos juguetes mundiales tienen diferentes capacidades, características y valor. No es lo mismo un iPhone Xs que un Xiaomi Mix 3. El primero cuesta el doble que el otro, y sin embargo las capacidades son parecidas y las características dispares en favor de uno u otro.
Android o IOS, ciencias o letras, estudiar o trabajar, casarse o ser soltero... las similitudes no tienen fin. Android sería una persona que en inferioridad de condiciones se esfuerza en mejorar y consigue batir a su hermano mayor como en Gattaca, donde se vence a la optimización genética a base de esfuerzo y de fe.
IOS sería el hombre pragmático, inteligente, ordenado y pulcro incapaz de ver más allá de sus narices con tal de conseguir sus objetivos. En el caso de la multinacional americana nada más y nada menos que ser la compañía más valiosa del mundo actual y con unos márgenes de beneficio abrumadores.
Muchas personas son como móviles con altas capacidades que sin embargo ni siquiera tienen en la pantalla instalado el icono de llamada, otras son móviles restaurados con los que puedes hablar horas y horas sin que se acabe la batería. En teoría todos los móviles y todas las personas sirven para comunicarse, pero unos y otras ejercen de forma muy diferente esta cualidad.
Hay móviles a los que se les estropea el micrófono, igual que existen los mudos. Hay móviles a los que se le rompe la cámara, igual que los ciegos. Hay móviles que sufren accidentes, igual que los hombres, y su aspecto queda dañado irremisiblemente.
Hay móviles que mueren ahogados, quemados, olvidados, fundidos, y hay dueños de móviles que cambian de aparato a pesar de seguir funcional y vigente, igual que las personas que se casan y se divorcian.
Existen los adictos al sexo igual que existe la nomofobia, o adicción a estar conectado siempre con un móvil.
Hay personas que necesitan de muchos accesorios para salir a la calle, como el ecosistema reciente de Apple plagado de "dongles" o adaptadores de auriculares, relojes inteligentes y periféricos, que en conjunto puede suponer unos 5.000€ y sin embargo hay personas que con un Motorola (propiedad de Lenovo) de menos de 200€ realizan multitarea y llamada a la vez sin despeinarse ni necesitar logotipos glamurosos ni parafernalia accesoria.
Todo es cuestión de carácter y de gustos.
Con la llegada de los asistentes virtuales a la telefonía móvil el parecido se acentúa todavía más. Ya lo vaticinaba la película "Her" con Joaquin Phoenix como enfermo social y Scarlett Johansson como evolución en inteligencia artificial— de voz sexy— llamada Samantha: Las máquinas cada vez piensan más y los humanos sentimos menos.
La frivolidad, la trivialidad y la virtualidad se han apoderado de nuestras emociones, y se augura un sombrío futuro con nuevas patologías afectivas que van a tener una difícil solución.
Siri dió primero, pero no dió dos veces, fue superada por el asistente de voz de Google. Bixby de Samsung, Alexa de Amazon, Cortana de Microsoft y la irrupción de los chinos con sistemas propios se disputan entre todos un mercado que ataca directamente al corazón y al alma de las personas ofreciéndoles una apariencia inofensiva y aséptica de humanidad enlatada.
Y he ahí mi sospecha de que de alguna forma somos grandes teléfonos móviles con patas u ordenadores portátiles con capacidad para comunicarnos. Nuestras criaturas están hechas a imagen y semejanza nuestra.
La tecnología tiende a imitar peligrosamente la humanidad ayudando por otra parte a que comprendamos cómo somos en realidad, toda una paradoja convergente y apasionante. En ella, antes o después, la creación superará al creador, como fantaseaba el incauto de Isaac Asimov dando pie a innumerables versiones del mito de la máquina que supera al hombre, evidenciando un sustrato mal resuelto de la psicología del ansia necesidad del hombre de superar a Dios mismo, vencer lo invencible, descifrar lo indescifrable.











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