viernes, 26 de octubre de 2018

Teoría del caos al aparcar

Según la famosa teoría del caos, un pequeño acontecimiento presente puede desencadenar una debacle en un futuro indeterminado. A dicha teoría se la conoce también por dar título a la venerada película de ciencia ficción "El Efecto Mariposa", protagonizada por un joven y emergente Ashton Kutcher. En ella un bucle temporal se distorsiona con cada pequeña variación que introduce el personaje pensando en alterar el futuro para mejor.
El resultado hace honor al nombre de la teoría matemática.



Hoy un pensamiento lúcido me ha conectado esta curiosidad post newtoniana con la pereza existencial que asola al mundo occidental harto de sí mismo.
Para intentar hacerlo comprensible digamos que iba conduciendo.
A diestra y siniestra los antagónicos compañeros de calzada de cuatro ruedas se disputaban las plazas de aparcamiento más cercanas a su destino, pongamos el colegio de los niños a las 9:00 de la mañana en una pequeña ciudad mediterránea, nada de grandes urbes con enquistamientos circulatorios.
Una diferencia de cien metros de distancia con respecto al destino parece ser un abismo para los provincianos progenitores transportistas de infantes hacia su centro docente, y en un margen de esa distancia las aceras se saturan con infracciones como estacionamiento en vados, zonas de carga y descarga y aparcamientos en doble fila.
Un mero cálculo sencillo te indica que andando a unos razonables 4 kilómetros por hora se recorren 100 metros en seis minutos, por lo que si aparcamos fuera de la zona caliente colindante al colegio no solo mejoraremos nuestro sistema cardiovascular sino que evitaremos molestas sanciones por parte de la policía municipal.



Por no hablar del consecuente alivio emocional, consciente o no, que supone estacionar correctamente alejado de la histeria colectiva.
El problema, como casi siempre, se reduce a uno de los dos grandes males que nos engullen con sus magnéticas fauces, la falta de meditación en las cosas que hacemos o la ausencia de atención que prestamos a la realidad más elemental que vivimos según se nos va presentando.
El agujero negro de la prisa hija de la pereza ejerce la gravedad que nos atrae hacia la inevitable deshumanización de nuestro día a día.
Este hecho anecdótico pero real y cotidiano en entornos como el mío, por poner un ejemplo, es la puerta pequeña por donde si observamos con atención se puede llegar a ver el tornado que desencadena la mariposa en el otro lado del mundo.
Sin darnos cuenta vamos sembrando de pequeñas incoherencias e imperfecciones estadísticas nuestro devenir, hasta que un gran problema nos explota en la cara sorpresivamente. Pequeñas omisiones que se conjugan hasta formar el sintagma que nos ocupa: El caos.
En mi paranoica opinión sin fundamento teórico, el caos es inevitable para el ser humano dada la cantidad de variables que se le presentan a lo largo de su jornada, incluso sin atenernos al estereotipo occidental estresante y neurótico.
Luchar contra él es una batalla perdida de antemano que sin embargo nunca hay que abandonar, ya que a pesar de haberlo interiorizado en nuestra psicología, nos vuelve más ineficientes y falibles.
Un buen guerrero anti caos se concentra, se fija y se esfuerza. Falla y lo vuelve a intentar una y otra vez hasta que da con alguna fórmula satisfactoria que establezca unas mínimas barreras que minimicen riesgos innecesarios e inconvenientes.
Pequeños detalles como intentar esforzarse y madrugar media hora más, aparcar a una distancia razonable, valorar la idoneidad del riesgo de multa, (que podría ser que compensase a algunos) sin duda convertirá nuestra vorágine cotidiana en un foco menor de algoritmos caóticos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario