viernes, 23 de marzo de 2018

La mili amable

Hablar del ejército como algo positivo es un arriesgado ejercicio de incorrección política hoy en día.
     Sólo por ese motivo ya me animo a hacerlo, para espantar los falsos escrúpulos de estos ciudadanos enfermos de consumismo, hedonismo y pensamiento relativista.



     De todas maneras no hablaré del ejército actual, sino del que me tocó vivir en el momento en que el cumplimiento del deber militar era todavía obligatorio.
     Lógicamente en los últimos estertores del servicio militar obligatorio el panorama era muy diferente a los años precedentes, sobre todo a los que rodearon el golpe de estado de 1981.
Tampoco tiene nada que ver con el ejército actual.

     Para empezar, si eras un poco espabilado, hacías números y te presentabas voluntario para cumplir ese deber antes de que te estropearse una vida académica universitaria o un desarrollo laboral.
     La lotería de la excedencia era para valientes. Si no entrabas en el cupo te librabas de su cumplimiento, pero hasta entonces se trataba de un fantasma que rondaba por tu cabeza a todas horas recordándote que la sentencia y el destino estaban pendientes del azar.
     Yo opté por aprovechar las ventajas de la elección de destino y del momento apropiado, cuando los estudios me suponían una carga sin sentido con la que ya no podía seguir adelante.
      Lo siento por los detractores, pero había muchas cosas buenas en la mili, por más que se empañase con otras malas.

     Para empezar debías adaptarte al grupo humano que te tocase en suerte. Ibas a convivir con ellos un año.
     Forzosamente o no, necesitabas desarrollar habilidades sociales con rapidez para librarte de los matones, asociarte a algún grupúsculo defensivo y procurarte una buena fama ante tus superiores.
     Si padecías de alguna discapacidad intelectual estabas jodido, y ahí sí que veo que era preciso cribar a la tropa para no crear pequeños infiernos.
     Pero yo estoy hablando de un caso normal. La preselección médica al menos en mi experiencia fue muy rigurosa.

     La disciplina fue la mejor enseñanza. Tan absurda como necesaria para acostumbrar al cerebro a una realidad que predomina en la sociedad.



     Uno puede encomendar su vida a la lucha por la justicia social, y es encomiable, pero lo haría con una experiencia más fidedigna tras la mili.
     La estructura jerárquica implacable de poder económico y político no difiere mucho de la organización militar, que no es sino una escala simple y reconocible.




     Los más espabilados o dotados intelectualmente sabían vivir en la sombra buscando el momento de congraciarse con algún mando.
     Esa habilidad sola ya justifica los beneficios que te aportaba el ejército para aplicarlos después a la vida real. Son destrezas que llevas aprendidas por delante.
      
No se trataba solo de peloteo, sino de un primer acercamiento a la excelencia.
     

     La autodefensa era otro concepto que en la vida civil parecía no existir. Al menos en la acomplejada España con traumas eternos post-franquistas.
     No es que yo eligiese como destino un cuerpo de élite, pero por primera vez comprendí la posibilidad de una agresión fatal sobre mí cuerpo y la necesidad de saberla afrontar. También la importancia de proteger a quienes quieres.
     El concepto de enemigo empezaba ya entonces a llenarse de flores y arcoiris entre sus letras.
     Todos deseamos un mundo en paz y armonía como la que el Rey de los cursis horteras convirtió en himno con la canción "Imagine".




      Todo un compendio de buenas intenciones falaces.
    Pero es que el ser humano no vive en un estado de aletargamiento psicotrópico suicida.
     La mayoría de la humanidad sufre de miedo, hambre, tiranía y aspiraciones a una vida mejor que el pobre Beatle asesinado no consideraba al parecer dignos de ser musicalizados intoxicado de marihuana, alcohol y sodomizado por Yoko Ono.
     Sin embargo a poco que durante las clases de historia en cualquier colegio del mundo prestes un poco de atención si es que no te adulteran los acontecimientos, comprendes que el mundo no es un lugar seguro, y que probablemente no saldrás vivo de él.

     El concepto de patria es objeto de burla fácil desde que nos invadió la globalización y la ingeniería social y económica dicta nuestra moral.
     Todos juntos como hermanos miembros de una iglesia suena más flower power, y sin embargo lo primero que se extirpó de ese canto fue lo de "miembros de una iglesia".
    Ahora las únicas iglesias que perviven moral y paradójicamente consentidas por el Nuevo Orden Mundial son el Islam y el Budismo.

      La primera con su especial vocación evangelizadora de imposición dogmática de iglesia-estado o cuchillo por el cuello ensañada con occidente a la vez que deseosa de abrazarlo para gozar de sus libertades.

      La segunda como preciosismo poético que aplaca los desvaríos del capitalismo salvaje y sus consecuencias sobre la fragilidad del alma humana, aportando milenios de meditación como respuesta a la ansiedad que destroza a las almas desquiciadas.

     No hay enemigo bueno o malo, sus intenciones son lo que son, y por eso existen los ejércitos, las coaliciones como la OTAN, los servicios secretos, la tortura, el exterminio y las armas. Si los políticos fuesen seres superiores con una inteligencia sobrenatural no harían falta los ejércitos ni todo lo demás.
     Si "el vulgo" no fuésemos tan maleables y adoctrinables, ávidos de un líder que nos evite la molestia de decidir y cargar con sus consecuencias morales, no existirían los políticos.
     Esa mentalidad realista acerca de la naturaleza manipulable de las personas es otra enseñanza merecedora del sacrificio que suponía perder un año de tu vida.
     Lo mejor que te puede pasar en la vida es no necesitar empuñar jamás un arma, no agredir jamás a un semejante, piense como piense. Ser capaz de dialogar y resolver los conflictos.

     Pero eso no justifica inmolarse con una venda como la estatua de la justicia y esperar sentado a que vengan a invadir tu hogar, tu parcela, tu país, tus costumbres o lo que quiera que merezca la pena defender de tu alrededor.
     Yo sufrí mucho en la mili, y desgraciadamente no me hice un hombre, eso ocurrió muchos años después cuando me casé, pero fui capaz de entender mejor la naturaleza humana, mi dignidad y mi derecho a defenderme, la naturalidad del orden jerárquico que el mayo del 68 había corrompido.


     Sufrí extenuación, acoso y depresión, dolor y asco, injusticias y aburrimiento, y todo eso me hizo mucho mejor persona a pesar de triturarme hasta el punto de caer enfermo. Mi cuerpo se negaba a crecer.
     No defiendo la obligatoriedad del servicio militar, pero sí echo de menos su utilidad, quizá pasando por una mejora en la profesionalización precaria que ahora le caracteriza en España.
     El caso es que en esta convulsa situación moral de desconcierto ante la manipulación y la ingeniería social sumada al acceso ilimitado a la información desde los doce años ha descompuesto los cerebros de los hombres.

     Si, los hombres especialmente, abocados a un neofeminismo radical acomplejado que pervierte su masculinidad anulándola y creando marionetas infelices que jamás sabrán en la vida de dónde les vienen las tortas.




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