lunes, 26 de marzo de 2018

El desamparo de las abuelas

Los nativos digitales son vulnerables debido al uso exhaustivo que realizan de las redes sociales, pero al menos tienen la opción de saber manejarse con soltura y desparpajo por los laberintos de internet.

Ellos conocen los diferentes tipos de publicaciones, que consumen igualmente, pero al menos reconocen.

Saben diferenciar un hoax de un fake, un troll de un influencer, publicidad encubierta o engañosa que bloquean con herramientas que van desentrañando, y se sienten atraídos por la popularidad y la apariencia de éxito.

Extraños intereses o patologías de nueva aparición fomentan la divulgación de bulos, aparentes noticias impactantes que una vez han captado tu atención ya se han comido tus cookies que luego venden al mejor postor.

Dichos bulos son tan burdos que muchas veces los jóvenes nacidos con el móvil por cerebro los toman a risa e incluso los imitan y ridiculizan multiplicando inconscientemente su peligrosidad.

El nacimiento del lavado de cerebro a través de las redes ocupa a gran cantidad de mentes pensantes como el famoso caso de Cambridge Analytica, pero el campo es tan grande que es difícil ponerle puertas, y el ganado campa a sus anchas.

     Sin embargo yo carezco de fuerzas para predecir la evolución psicosocial de estos milennials que heredan nuestra incomprensión igual que nuestros padres hicieron con nuestro macarrismo punk, heavy o mod, o con el hippismo que rechazaron nuestros abuelos de nuestros padres.

Lo que a mí me quita el sueño es la adaptación a las nuevas tecnologías de nuestras madres y abuelas.

Los hombres suelen morir antes y normalmente no resbalan con tanta inestabilidad sobre el suelo pulido de los medios de comunicación modernos.

Ellas no tienen tanta suerte, están ancladas en la fascinación por la caja tonta y han desarrollado un sistema propio de transmisión de bulos basado en el morbo y el supuesto escándalo.

     La edad y la vejez te senilizan pero en ocasiones también te vuelven perezoso, hipócrita, desprevenido, o peor aún, indefenso.

     Todos los mayores y ancianos han sido jóvenes una vez y tuvieron la oportunidad de elegir igual que la tienen ahora los jóvenes con su código moral y la rectitud o sinuosidad de sus actos.

     Pero no se trata ahora de juzgar el pasado, ese deporte tan de moda entre los demagogos sin un propósito en la vida ni un rumbo moral que les guíe hacia el futuro.

     Se trata de denunciar los lavados masivos de cerebro a que son sometidos nuestros progéneres.
     Catástrofes globales insólitas nunca vistas, muertos de todos los países por causas que ni un analista político sabría resumir, especialmente niños pequeños morbosamente enmarcados en alta definición, signos apocalípticos aparentes de todos los males terroríficos que van a acabar con el mundo.

Cadenas amenazantes esotéricas que prometen estupideces si compartes con al menos diez personas.

     Los medios de comunicación tradicionales se aferran a su numeroso público ávidos de una cuota de poder y defensores de su pan de cada día, la publicidad.

     La natalidad murió en los ochenta, cada vez hay más viejos y menos jóvenes.

     Resulta escandaloso comprobar lo inane de las preocupaciones que rigen la programación herziana de nuestras madres y abuelas.

     Basta sentarse en el ambulatorio a cinco metros de dos ancianas dialogando a grito pelado debido a su sordera, o pasearse por el mercado donde la adquisición de productos frescos parece una excusa para diseccionar una realidad descabelladamente distorsionada.

     Las abuelas y abuelos se lo tragan todo, es más, parece como si disfrutasen empatizando con esos tan graves problemas de países que no sabrían poner en el mapa o comentando el arma que utilizó el último desalmado maltratador de violencia de género heteropatriarcal.

     Al parecer la que es capaz de pronunciar la palabreja entera se erige en la reina del puesto de pescado.
     No les alcanza la edad para discriminar la veracidad de lo que el altar pixelado les vomita en sus horas de soledad.
    
     La carnaza está bien envuelta, y aunque esté caducada o no se trate nada más que de mierda envuelta en papel de periódico, ellas-y ellos- hace tiempo que perdieron el olfato y la dignidad.

     Confinados en sus atalayas precarios de endebles ladrillos amasados con pensiones ridículas y nietos o hijos con gravísimos problemas, la realidad y la comida prefabricada que sirven gratis en la caja tonta se confunden y les sirven de consuelo de tontos.

     Mamá, ¿pero tú sabes dónde está Siria?¿Tu sabes lo que es un Tsunami?¿Tú sabes acaso lo que respiran las plantas?¿Tú sabes que fue la mujer la que mató al niño, no el marido el que mató a la mujer?
¿Tú sabías que el coletas cobra más que el Dontancredo?

¿Sabes acaso como se desmiembra a un feto vivo para extraerlo del vientre de su madre porque a ésta no le viene bien en este momento como si se tratase de un perro?

¿Cómo está el mundo?¿Adónde vamos a llegar?¿Esto en tus tiempos no pasaba?

     Algo me he perdido pues en el relevo generacional, yo creo que el hombre es hombre desde los albores de su humanidad, de todas maneras vista la progresión en la naturalización de las aberraciones no me extrañaría lo más mínimo que dentro de treinta años –si todavía existo–prefiera dejarme emborrachar de recuerdos y negar la realidad que nos espera.

Vamos hombre, no me jodas.

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