Por cuestiones logísticas y de urgencia biorrítmica hoy he ido a parar a uno de esos bares de la España profunda en los que en circunstancias normales jamás entraría voluntariamente.
Ha sido una experiencia que no ocurría desde que hace 20 años abandoné deprimido mi primer trabajo de casado, recaudador de máquinas tragaperras.
Ya entonces profesaba una aversión hacia esos antros donde puntualmente almorzaban los viandantes y habitualmente se reunían durante interminables horas los desterrados de sus casas, los alcohólicos y los jubilados.
Templos del mus, el dominó y una televisión a todo volumen que nadie mira.
Lugares curiosamente oscuros, como si la luz denunciase la vergonzosa presencia, de aspecto mugriento por mucho que el suelo se fregase con lejía.
Lugares curiosamente oscuros, como si la luz denunciase la vergonzosa presencia, de aspecto mugriento por mucho que el suelo se fregase con lejía.
Entonces me costó varios años recuperarme de la visión de las freidoras de aceite negruzco plastificado con olor a toda la fauna susceptible de ser frita.
Me tuve que encomendar a todos los santos para superar el arquetipo de barrigón con bigote de palillo en boca opcional y mala leche constante derivada sin duda de la esclavitud del negocio.
Entonces yo era joven y no sabía nada de la vida.
Hoy la persona tras la barra era rumana, y parece ser que ha habido suerte, en otras capitales la tendencia es más oriental, por extraños motivos, pero los jubilados y los alcohólicos eran nacionales.
Mi sangre necesitaba azúcar y cafeína a partes iguales de forma urgente, por lo que la elección ha sido forzosa.
De haber podido premeditar mi incursión en los abrevaderos de café habría acudido a la típica nueva cafetería aseada, luminosa, llena de mujeres que acaban de dejar a los niños en el colegio, algunas de las cuales no se levantarán de la mesa conversando hasta la hora de salida.
Es un diseño que agradezco, con un mostrador prístino e inmaculado lleno de curasanes, ensaimadas y torta de tomate cortada delicadamente en cuadraditos.
En mi casa se había terminado el café, por orden de Murphy, y desgraciadamente no poseía fuerzas para proseguir hasta la neocafetería mariana más cercana.
Un descenso en mi tensión o un mareo consecuencia de la variada medicación que tomo me urgían a detener el Opel e ingerir café, por vía intravenosa si era posible.
El único bar a la vista distaba veinte metros de mi aparcamiento, una distancia asequible hasta para mí en aquellas circunstancias, y aunque la visión de rayos X desarrollada durante mi año de recaudador me avisaba del peligro ante una indudable cueva cuyo café prometía ser laxante, no me quedaba otro remedio que claudicar.
Mi superpoder no me falló, aunque el lado bueno imprevisto fue el precio del brebaje, un increíble y solitario euro.
Una vez ingerida la dosis de estimulante en forma de cortado muchas neuronas parecieron volver a funcionar en mi cerebro.
De un vistazo contemplé con repentina empatía a los pobres jubilados cuyos temas de conversación cíclicos habían dado ya demasiadas vueltas.
El alcohólico de turno moraba agazapado su esquina silencioso y atrincherado en su enésimo carajillo matutino.
La pareja de viandantes almorzaba un triste medio bocadillo indefinido fruto de la crisis acompañado de sendas cervezas generalistas.
Y creo que por primera vez en mi vida no me sentí fuera de lugar.
La apisonadora de la vida había redimensionado mi orgullo, mi carácter y mis escrúpulos transformándolos en una superficie plana bidimensional mucho más humilde.
La apisonadora de la vida había redimensionado mi orgullo, mi carácter y mis escrúpulos transformándolos en una superficie plana bidimensional mucho más humilde.
Comprendí que aquel bar, como tantos otros inmortales tugurios que pueblan como cucarachas las calles de nuestro peculiar país, era en realidad un templo.
El refugio de los débiles, pobres y faltos de belleza. El último reducto de los vencidos, tullidos mentales y mendigos sociales.
El refugio de los débiles, pobres y faltos de belleza. El último reducto de los vencidos, tullidos mentales y mendigos sociales.
El lugar donde por un mísero café tienes derecho a contarle tu vida al camarero o al compañero de barra.
El asiento a medida de los que humildemente buscan una mesa aunque sea vacía para recordar aquellas mesas llenas que vivieron en el pasado cuando el vigor de la juventud les hacía aparentar fuerza y atractivo.
Un destierro a la vuelta de la esquina, un sumidero donde congregarse en consuelo mutuo, una necesidad social oculta y cacofónica donde no se deciden los designios de nada, pero se fantasea con cambiar el mundo antes de volver a la realidad de la acera camino de casa.
Me relamí en busca de algún trazo de coñac en la boca, pero no, el sabor rancio se debía a la escasa calidad del café a granel.
Ese era yo, otro yo. Uno más viejo y cercano a la realidad que sustenta el imperecedero y desagradecido negocio de un bar.
Pregunté cuánto se debía y como en todas mis pesadillas, el dueño con bigote que había reemplazado a la rumana ni se giró para contestarme ni se apresuró a recoger su paga.
Parece ser que tenía el inconfundible sonido metálico interiorizado y una fe ciega en el resto de la deprimente clientela.
A pesar del desplante me despedí sinceramente agradecido y corrí en busca del Mercadona más cercano para reponer las existencias del tostado y preciado vegetal.
Canción sobre el abuso del alcohol, otra más de mi repertorio:




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