sábado, 24 de febrero de 2018

Defensa puntual de los cantos diocesanos

La importancia de las canciones diocesanas en misa es un tema muy marginal en el entorno social y religioso en el que me muevo.
     
     Por un lado nuestras comunidades poseen varios cientos de cantos propios y usan de ellos en lugar de los diocesanos como hace cualquier otra congregación con reservas musicales propias para la liturgia.
     
     La orden de las Hermanitas de Belén tiene sus cantos gregorianos orientalizados, las Hermanitas del Cordero sus polifonías ingeniosas a tres voces, los focolares sus improvisaciones, y así cada cual.
     
     Por otra parte el fondo diocesano representa injustamente en el imaginario colectivo de los todavía practicantes las típicas misas a las que solo acuden personas supraheptuagenarias, y la naturaleza humana burlona y estúpida rechaza lo tradicional y senecto por miedo a su cercanía al final de la vida terrenal.
     
     Pero ayer era visita pastoral del obispo a nuestra parroquia, y a pesar de meter con calzador varios de nuestros cantos, al final entonamos el "Juntos como hermanos" , "Tú has venido a la Orilla" y el "Santa María del Camino", canciones paleolíticas comunes a toda la conferencia episcopal española desde antes que yo tenga recuerdos.
     Son canciones cuyas armonías te retrotraen a la primera respuesta organizada por la Iglesia diocesana postconciliar. Se enseñaban en todas partes cuando la misa renegó del latín y varió su disposición haciendo partícipe al pueblo.
  
     Pero independientemente de su origen y calidad son las que aprendí de niño, y después de tanto tiempo sin acudir al templo víctima de una agorafobia atroz me sonaron a bálsamo curativo por su inocencia y por devolverme a la etapa infantil de mi fe, cuando era pura, inconsciente y dócil.
     
     Por entonces la vida todavía no me había hecho visitar la fragua en la que se forja el amor a Dios a golpe de martillo del demonio para desmoralizarte y templarte al rojo vivo.
     
     Así que sorprendentemente y a pesar de resonar un coro de seniles y desafinadas ancianas, pude entender la utilidad catequética de emergencia para la que fueron creados. 
     Comprendí la necesidad aglutinante y coral de una iglesia cuya sabiduría había detectado la injerencia de nuevas corrientes de pensamiento.
Quien escribió esos cantos sabía muy bien lo que hacía, y aunque su frescor en la década de los 70 ya ha decaído a los abismos del aburrimiento, conservan intacto todo su sentido elemental.
     
     Musicalmente mis comunidades no aportan una riqueza formal digna de preservarse, en mi modesta opinión, aunque bien es cierto que la metodología litúrgica que esgrimen es marginal y en ella los cantos se engloban a mitad de camino entre un diálogo con las lecturas—una reincidencia (muy útil para los despistados pero realmente agotadora) en el mensaje de cada parte de la liturgia—y un infructuoso intento (en mi opinión de nuevo) de embellecer como aconseja la iglesia las celebraciones y ritos.

   A pesar de los pesares y le pese a quien le pese, la única verdad es Dios, no el subjetivismo onanista y vanidoso que nos pretende imponer el nuevo orden mundial con su victimismo enfermizo y su imposición tiránica de lo políticamente correcto.


     
     Cada cual que llame a Dios como quiera, pero en el caso que nos ocupa poderoso es Él para valerse de frágiles conceptos, débiles personas, instituciones falibles, y cantos surrealistas desfasados o trasnochados para hacernos comprender la Verdad, para suministrarnos la pastilla roja en lugar de la azul, la que indica que la vida es breve y que los sueños sueños son, que todavía somos animales por domesticar.


     
     Yo, ayer en la orilla, no me sentí ni sabio ni rico, y Dios me miró a los ojos sonriendo y dijo mi nombre.
     Me propuso buscar otro mar, el que va más allá de las apariencias, el que acepta al otro tal y como es rasgando el orgullo y la vanidad.
     Un mar donde navega la humanidad entera a la deriva y en el cual el oro y las espadas no sirven de nada.
     Me quedé petrificado ante tal proposición, a pesar de que el canto tuviese cincuenta años y sonase a coro de ancianas desafinadas. Mi cabeza lo escuchaba como la primera vez que lo oí con siete años, asombrado.





PD: enlace a una Youtubber especializada en canciones diocesanas.

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