Cuando yo era pequeño me explicaron el significado de una palabra que escuchaba a menudo y que no comprendía: Tontania:
"Tontania es la madre patria cuya soberanía reside en los tontanienses, sus ciudadanos"
Incluso me enseñaron un mapa precioso donde señalaban las principales ciudades; Estupidalia, Bobos, Memecia...
Cuando empecé a crecer de pronto me caían mal los memecianos, y empecé a insultarles en los partidos de fútbol que nos enfrentaban.
Memecia era una ciudad más fea pero más grande que Estupidalia, donde yo nací. La mayoría de los tontanienses la apoyaban y veneraban como capital del país, así que mis vecinos estupidalienses y yo decidimos emanciparnos de Tontania, por engreídos. Además la mayoría de
estupidalienses éramos un poco más rubios, así que no había más que hablar.
Nuestros impuestos pronto nos harían ricos.
Los bobonianos se quejaron de que no teníamos derecho a irnos, pero eran una ciudad pequeña y nadie les hizo caso.
Ya de mayor me di cuenta de que el alcalde de Estupidalia ceceaba de un modo escandaloso, y los de mi barrio nos pusimos de acuerdo para segregarnos en una localidad autónoma, aquella dicción era insoportable.
Me hice adulto y los comercios de mi calle se quejaban del urbanismo desfavorable con respecto a otras calles más céntricas, así que pusimos aranceles y cortamos la calle declarándola Calle Soberana de los vecinos.
Pero a lo largo de los años la panadería y la farmacia se aliaron con los bares y ofrecían descuentos a los que moraban los números pares, así que los impares cortamos el tráfico e impusimos una barricada para diferenciarnos.
Mi edificio era el más singular de la acera impar, y en reunión de vecinos concluímos que debían eximirnos de las tasas de basura. Al no aceptar la propuesta nos fortificamos entonando el "¡Edificio rococó, aquí sólo mando yo!"
De anciano murió la vecina del quinto, y unos inmigrantes de la acera de enfrente heredaron su vivienda. Yo me negué alegando falta de jurisprudencia, desacato y paroxismo. Bloqueé la puerta de mi piso con un tablón y me Ikeicé definitivamente.
Todo era paz y amor en la República Independiente de mi casa hasta que mi mujer se quejó de claustrofobia. No había derecho, yo había accedido a sus más absurdos caprichos durante 30 años, como aquella alfombra blanca incomprensible del comedor.
Un hombre sensible como yo no podía tirar a una anciana de la casa que heredé de mis padres, así que a pesar de divorciarme le dejé la mayor parte de la casa.
Actualmente, en mis últimos días vivo recluído en el WC, y paseo del bidé al inodoro, que no se porque lo llaman así ya que cada vez que lo uso huele fatal. De vacaciones voy al lavabo y me miro al espejo, contemplando mis preciosas arrugas y mi calvicie total.
Estoy orgulloso de mí mismo, nadie ha podido jamás llevarme la contraria y he resuelto todos los conflictos de la vida de forma pacífica.
Espera, la ducha parece que me empieza a mirar mal...
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