Revisando la sintomatología de un hombre que una vez conocí me di cuenta de que en su vida confluían varios factores achacabas a una enfermedad que desconocía. La Distimia.
Me puse a desgranar su historia hasta donde yo la conocía y a cotejarla intentando justificar su comportamiento.
Es una enfermedad que afecta al 5% de la población, enunciada como tal en 1970. Puede ser confundida o concomitante (cormóbida) a la depresión mayor tal y como la conocemos. La diferencia es su menor gravedad y que se manifiesta en episodios que duran desde varios meses hasta muchos años.
El desarraigo es un desencadenante para aquellas personas con predisposición a padecerla. Nuestro hombre fue desarraigado en su más tierna juventud debido a los destinos militares de su padre.
La falta de estímulos también la propicia, y recuerdo a este hombre siempre repitiendo que su padre no le prestaba atención, y a sus allegados repitiendo que era un niño que no quería vivir.
La desafección paterna no tiene por que ser cierta, tan solo basta con que el niño la perciba así, y todos conocemos la relatividad con la que los niños interpretan nuestra preocupación hacia ellos.
Su padre provenía huérfano y de una guerra en la que mató y casi lo matan, una cruenta contienda en la que todos sus valores desaparecieron a pesar de la derrota del enemigo. Posiblemente hizo bastante con engendrar a tres hijos, por mucho que el escuálido benjamín sintiese que aquello era poca heroicidad en la España de mediados de siglo.
Esta persistente enfermedad puede causar trastornos alimentarios como inapetencia, y cuando el hombre que nos ocupa era un niño casi fallece por su negativa a comer.
Cuentan las historias que me llegan que su madre se acogió a la Virgen para solucionar lo que la medicina de la época no podía sospechar.
La baja autoestima podría ser el otro síntoma reconocible a pesar del carácter dicharachero de este hombre. La máscara de simpático y gracioso cuando tu autoestima no es boyante acaba precipitando al más inteligente al abismo de la depresión. La dificultad para sociabilizarse se agudiza entonces, y muchos de estos casos acaban recurriendo a sustancias psicoactivadoras o euforizantes para mantener el estatus de popularidad.
Nuestro hombre en aquella época solo tenía acceso al alcohol, la droga popular y socialmente aceptada y ensalzada casi como un valor de hombría.
El problema es que el alcohol convierte los episodios de distimia en largos períodos y los agrava, convirtiendo una depresión leve persistente en una depresión mayor.
Afortunadamente para nuestro hombre, Dios le había regalado una inteligencia notable con la que luchar para sobrevivir a sus carencias, y la utilizó para formarse adecuadamente y no tener problemas de acceso al trabajo en una época en la cual si estabas formado era imposible estar parado en este país antes llamado España.
Sus principios morales se sustentaban en una formación católica que no le había conseguido embarcar en un rumbo de descubrimiento personal de la fe propia, pero le había dotado de unos ideales mínimos para intentar mantener a flote su dignidad.
El matrimonio era uno de ellos, cojo de fe, como la mayoría de los que nos creemos católicos, pero educado en una apropiada literatura que devoraba con valores históricos, caballerescos, naturalistas y de ciencia ficción.
No fue un marido ejemplar, como ninguno lo somos, pero dadas las circunstancias de la postguerra, el Concilio Vaticano II, la llegada de mayo del 68, la transición, el destape, la muerte irreconciliada de su padre y el acceso a desplazamientos internacionales gracias al trabajo, dudo que este hombre fuese la peor versión de sí mismo posible.
Demasiadas tentaciones para un distímico refugiado en el alcohol.
La astenia, la apatía existencial, la falta de motus vivendi llegó en la edad mediana a unos límites incompatibles con una vida normal, y gracias a Dios tuvo una jubilación prematura debido a una increíble de reestructuración del Ejército al que regresó ley confeccionada a la medida de sus fuerzas menguantes.
Aquella apatía persistió hasta el fin de sus días, luchando contra su inteligencia por mantener el tipo especialmente de cara a sus cuatro hijos y sus consecuentes nietos que fueron llegando en oleadas. Los niños le hicieron remontar en un encomiable último esfuerzo por aparentar normalidad y transmitirles un cariño que yacía casi inerte en su enclaustrado corazón.
De alguna manera los hijos intuían la debilidad del padre, disculpándola. Había un fondo—que no una forma—de cariño supremo reconocible en sus actos, un grito de ahogo perdido en el vacío que se escuchó demasiado tarde, cuando su hígado y su corazón comenzaban a fallarle, encadenando una inexorable catarata de disfunciones orgánicas que lo minaron año tras año.
Rebuscando en mis propias dolencias, en mis propias carencias, en mis antecedentes genéticos y en los últimos avances en salud mental me he topado con esta enfermedad que yo mismo padezco, en circunstancias bastante más favorables que mi pobre padre.
Él es el inteligente hombre distímico que me inspiró la melancolía, el refugio en la música, los principios por los que luchar a pesar de las caídas, las lecturas apropiadas, el norte existencial difuso pero inconfundible de la trascendencia, la aversión al alcohol y el miedo a las dependencias.
Él es el padre que juzgué por ignorancia y que ahora admiro bajo el conocimiento y la comprensión de las limitaciones—algunas de las cuales comparto—a las que se enfrentó, a pesar del sufrimiento que infligió en cada uno de los miembros de su familia y amigos.. La lástima es que no me tocase en suerte una preclara inteligencia como la suya.
Guardo para mí su última y magistral lección, el estertor de amor y preclaridad supremos que fueron sus últimas palabras en voz alta.
—Papá, ¿Cómo estás?
—De Puta Madre.
| Juan Pascual, Encarna y Catalina |
Diego este escrito es buenísimo!!!! Gracias por compartirlo, es un análisis muy acertado que ayuda a comprendernos los unos a los otros. (Belén Sánchez Garcés)
ResponderEliminarGracias Belén, me parecía de justicia escribirlo. Un beso.
EliminarDiego este escrito es buenísimo!!!! Gracias por compartirlo, es un análisis muy acertado que ayuda a comprendernos los unos a los otros. (Belén Sánchez Garcés)
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