viernes, 9 de febrero de 2018

La fuente de la vida

La persona que más ha influido en forjar mi carácter, aun sin ser plenamente consciente de ello, ha sido mi hermana mayor.

     Yo estoy convencido de que cuando Dios me creó, en su pensamiento tenía claro que yo iba a ser el mayor de cuatro hermanos, pero en el momento de cuñar la solicitud de concepción en la casilla de salida hacia La Tierra, mi tío Víctor Ángel, un infante llevado al cielo antes de tiempo, la traspapeló y fui adelantado por mi hermana y mis dos primas Dulce y Azucena.

     Mi querido y desconocido tío al cual siempre he llevado en el pensamiento se olvidó de retirarme la vocación de hermano mayor, por lo que en cuanto tuve uso de razón y de mi mala leche planeé un golpe de estado fraterno al estilo de Jacob y Esaú. 

     Además, mi querida hermana que al principio me utilizó de muñeco de juegos al no existir el vasto mercado del sector de los juguetes que tanto abunda hoy día en los "toisarás", pronto se cansó de mí al unirse a la manada el santo varón humilde de rizos insondables y estoicismo a prueba de hermanas mayores de mi hermano pequeño. De no haber nacido mi bendito hermano, todavía estaría peinándome frente al espejo y pintándome las uñas.

     De todas maneras mi hermana mayor nunca quiso ejercer de tal, parecía como si tuviese que resolver un conflicto interno y no tuviese fuerzas para liderar a los dos despistados varones que ordinalmente la sucedían.

     En parte por todo ello, desarrollé un fuerte instinto de supervivencia interior, aprovechando al máximo los escasos momentos que ella compartía conmigo, los cuales atesoraba como oro en paño.

     Aprendí gracias a ella a ser paciente, a buscar el don de la oportunidad, a bregar con el cambiante humor femenino, a leer en sus preciosos ojos verdes un amor escondido que no sabía expresar y que yo me afanaba en descifrar, una necesidad de ser amada que mi egoísmo y mi ira naturales dificultaba. 

     Yo no fui un buen segundón. Durante decenios recelé de dicha condición engañado por mi vanidad y mi orgullo, a pesar de la defensa constante que mi hermana me proporcionaba durante mi enanismo escolar.

     Fue una buena entrenadora, gracias a ella no he sido un hombre pusilánime ni he dejado de enfrentarme en soledad a lo retos de la vida. De haberme sobre protegido ahora mi carácter adolecería de la capacidad de sufrimiento necesaria para sobrevivir en la jungla social.

    Han hecho falta casi cinco decenios para ser capaz de abajarme hasta la humillación de reconocer que mi hermana fue la mejor que podía tener, que mi tío Víctor Ángel sabía muy bien lo que hacía. Evitó que naciera un monstruo implacable, iracundo, manipulador y despiadado. Todo eso simplemente colando a mi hermana débil, temerosa, frágil y llena de vida delante de mí.

     Mi matrimonio le debe en gran parte su pervivencia, mi precaria salud mental habría sucumbido de no ser por esta régula que me curtió y me ayudó sin saberlo a crecer, desterrando al Peter Pan trastornado que me poseía y sembrando las semillas de un hombre esforzado capaz de sufrir.

     Por eso ahora no me duelen prendas en gritar mi amor fraterno a los cuatro vientos. Ya casi soy una persona, y es de recibo agradecer a los que te han acompañado en este azaroso viaje su participación y ayuda, consciente o no. Filamentos mágicos de un increíble bordado tejido con maestría por Dios, el ser creador para los despistados, el origen del universo para los agnósticos, la casualidad para los ateos.

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