Un poco antes de inaugurar la mayoría de edad conocí a una preciosa adolescente hispano-francesa un año menor que yo pero dos centímetros más alta.
Rubia como en las películas nórdicas, de esa clase de mujer que en los años ochenta todavía no deambulaba indiferente a la vista de los transeúntes por las calles de nuestras ciudades.
La conocí en una fiesta de cumpleaños de unos entrañables trillizos a la que acudió una amiga común, y como suele ocurrir en estos casos, un enjambre de moscones se disputaba su atención desplegando cada cual las artimañas de caza que Dios había tenido a bien concederles.
Su atractivo era desmesurado, ayudado por su palidez caucasiana y su altura espectacular. A sus escasos diecisiete años, en Valencia, era una joven que hacía que volvieras la vista al cruzártela.
Su mejor amiga, nuestro único vínculo, nunca me había hablado de ella, pero ahora me urgía a abordarla asegurándome que me caería muy bien.
Nunca he sido muy amigo de disputas hormonales, así que mientras el enjambre de amigos la acosaba yo hice caso omiso de urgencias protocolarias y me dediqué a jugar a baloncesto en aquel gran patio que poseía la vivienda de los trillizos cumpleañeros, Dos chicas y un chico.
Varios jóvenes como yo, algo descolocados en aquella multitud heterogénea y locos por la canasta de la pared pugnábamos encestando entre fanfarronerías y risas.
Llegado el momento del agotamiento me senté a descansar Cocacola en mano casualmente cerca de ella, y toda su belleza me pareció enfrascada en un continente hostil, ya que desde mi vercanía podía comprobar lo mordaz e incluso hiriente de su conversación con los vulgares aduladores que la acechaban.
Despachaba a los moscones con crudeza incisiva, y no tardó en quedarse aparentemente más tranquila en su soledad.
En un momento dado e inesperado me dirigió la palabra.
–Me llamo Ana Laura.
Escamado de antemano por su carácter le devolví evasivas temeroso de que la emprendiera también conmigo. Por muy guapa que fuese yo no la conocía ni parecía valer la pena un escarnio similar al que había sometido a media pandilla.
A cada evasiva ella me respondía con más preguntas, como un partido entre Ivan Lendl y Martina Navratilova, consiguiendo enervarme llevándome al fondo de la red.
Puso mi habilidad de esquiva en jaque. De no ser por mi cansancio después de encestar contra aquellos poderosos rivales me habría levantado de la silla de mimbre vecina a la suya y sin remordimientos le habría dejado a solas con la palabra en la boca.
Sin embargo mi orgullo me dictaba que yo tenía el mismo derecho que ella a estar sentado y que no me molestasen.
Confuso en resumidas cuentas, reculé antes de entablar una acalorada discusión. Mi habilidad retórica alcanzaba para dejar la partida inacabada en unas honrosas tablas a pesar de, y consciente, de mi inferioridad intelectual, sensual y persuasiva. Llegado el momento me levanté y con la cortesía algo irónica que requería la ocasión me despedí hasta nunca si Dios quiere.
La partida dialéctica me había enervado, volví a casa tras la fiesta más misógino que nunca, odiando la injusta realidad del reparto de belleza, inteligencia y atractivo, y deseando no volver a encontrarme jamás con una joven tan irresistible como inalcanzable.
A los pocos días la joven Ana Laura se mudaba a Francia, a la par que me llegaban noticias de que había sido yo el único nuevo contendiente involuntario que le había llamado la atención en el cumpleaños.
La amiga en común que nos presentó ejerció de Celestina confesando que a la bella Ana Laura yo le parecía interesante.
Antes de la veintena nunca una chica tan atractiva había proferido semejante confesión en la que yo fuese el protagonista, y aquello actuó como una tormenta de nieve que me sepultó bajo la llegada definitiva, escalofriante y dolorosa de la edad adulta.
Sin embargo pronto volvimos a coincidir cuando inesperadamente volvió a Valencia por Navidad, y quedamos una tarde en la feria con nuestra amiga común y algunos amigos míos.
Yo noté entonces con más claridad la empatía que sentía por mí. Era una muy reconfortante nueva experiencia psicologico-afectiva. En esta ocasión yo fuí su único bufón y me trató con dulzura y buen humor, desconcertándome hasta extremos desconocidos por mí hasta el momento.
Estuvimos a punto de acercarnos un poco más el uno al otro después de charlar y reír animadamente de no haber sido por el numeroso grupo de amigos que nos rodeaba. Quizá también por mí inexperiencia y la sombría premura de su regreso al país vecino.
Ana Laura volvió a irse. Y no como hoy en día, sin internet, sin WhatsApp, ni correo electrónico. A quinientas pesetas la llamada y en una cabina si querías discreción. Era una historia que acababa antes de empezar.
Sin embargo mantuve cierta y moderada correspondencia postal con ella, y no tardamos en vernos el verano siguiente cuando coincidimos en un campo de trabajo misionero católico en Zamora.
Allí ella me pedía canciones de Aute en los ratos libres, y yo le rogaba canciones en francés. Me encantaba su sonrisa y los pliegues achinados de sus bonitos ojos marrones y vivarachos.
Intercambiamos canciones con la guitarra. Me enseñó la trágica "Céline" de Hugues Aufray y una nana básica arpegiada aparentemente de origen inca que pasó a grabarse en mi repertorio de exquisiteces emocionales.
Intercambiamos canciones con la guitarra. Me enseñó la trágica "Céline" de Hugues Aufray y una nana básica arpegiada aparentemente de origen inca que pasó a grabarse en mi repertorio de exquisiteces emocionales.
Yo me abstuve de explicarle el significado verdadero de "Al Alba", menos prosáico que su melódica apariencia lánguida. La sorprendí sin embargo con "Las cuatro y Diez", también de Aute "para no faltar a clase de francés..."
Allí, sentados en un parque de Zamora, ella me dedicaba toda su atención, y aquello era nuevo para mí.
Sin embargo Ana Laura no emitía las inequívocas señales de facilidad de acceso a sus labios ni al roce de las manos. Parecía una adolescente enriqueciéndose egoístamente con momentos símplemente agradables. Siempre me hacía dudar de mi percepción instintiva.
Más adelante fui a verla junto a nuestra amiga en común a Grenoble, donde había establecido su residencia. En mi caso desgarrado por un importante esfuerzo anímico y económico pero emocionado por salir de casa en una época especialmente dura para mí.
El viaje en tren fue largo y tedioso, todavía existía el control de aduanas. Mi reciente adquisición de "Veneno en la piel" de Radio Futura insertado en el walkman que compré en Vigo después del campo de trabajo al finalizar el camino de Santiago lo hizo más llevadero.
Desde el principio comprendí que mi visita no surgía de una invitación directa, sino de un abuso de confianza que utilicé para salir de mi casa. Ana Laura no representaba siquiera una posibilidad de amistad en mi vida, nuestros mundos eran diametralmente opuestos, y yo nunca me tragué el cuento de Romeo y Julieta ni el tópico del campesino que conquista el corazón de la princesa. Ana Laura tenía un aire a Robin Wright, pero yo era las antípodas de Cary Elwes. No había Princesa Prometida ni en mi imaginación.
Visitamos las impresionantes montañas que fueran sede de unos juegos Olímpicos, la cuna de San Bruno y un maravilloso museo etnográfico del que salí fascinado.
Un día nos acercamos a Ginebra tambien en tren y paseamos largas horas por la preciosa ciudad admirando las impresionantes mansiones y museos que rodeaban el lago Lemán.
Un día nos acercamos a Ginebra tambien en tren y paseamos largas horas por la preciosa ciudad admirando las impresionantes mansiones y museos que rodeaban el lago Lemán.
En Ana Laura no quedaba nada de la admiración que parecía haberme profesado antaño. Me trató con tanta cordialidad como indiferencia hormonal. En cierto modo sentí que sobraba allí en medio de dos viejas amigas que no me incluían en sus conversaciones. Fue algo desconsiderado e irrespetuoso incluso, pero decidí disfrutar de la experiencia desde el enfoque cultural y viajero en mi acostumbrada soledad ostracista.
Me quedó claro que la bella Ana Laura se estaba convirtiendo en mujer y yo seguía anclado en mi adolescencia trovadora.
Cada mágico momento vivido en mi primera escapada al extranjero se convertía en una canción, incapaz de reaccionar con la contundencia que un macho alfa hubiera tenido que imponer.
Me fui de Grenoble con muchos recuerdos preciosos. La arquitectura urbana, el paisaje, la cultura, el idioma, la hospitalidad de los padres y una increíble conexión con su inteligente hermano mayor, que además me regaló un bajo eléctrico americano.
De las diez canciones que brotaron de aquel viaje, recuerdo con especial cariño mi descubrimiento del Sol Mayor y el Do Mayor alternándose en la canción que titulé como la ciudad, "Ginebra".
Embriagado por su fuerte perfume "Opium", algo exagerado quizá para una joven, mi pituitaria memorizó las escenas suizas y los paseos por la ciudad prealpina.
Ahora cada vez que el caro perfume cruza actualmente por mi burbuja respiratoria cotidiana, el maravilloso recuerdo de aquellos días de invierno soleado con mis dos amigas me intenta arrancar una lágrima de melancolía sin éxito.
Pocos años después, otra rubia espectacular franco-suiza de ojos verdes causó la sequía total de mis glándulas lacrimales. Pero esa es otra historia mucho menos prosaica que la de la bella Ana Laura, la responsable de que decidiera aprender francés.
No hay que perderse abatido en el laberinto del recuerdo de los fracasos, sino disfrutar de la victoria de cada salida encontrada.
Cómo rezaba Hufray
" ... ta vie n'est pas perdu..."
Banda sonora:





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