No compartir en las redes sociales tus gustos te mantiene no solo en el anonimato, sino que conforma ajustadamente tu personalidad desarrollándola en la intimidad.
La personalidad, esa abstracción de gustos, disgustos, simpatías, antipatías y empatías, nuestro carácter en definitiva, es la herramienta con la que nos comunicamos con los demás.
Nuestra experiencia existencial y cotidiana es el escudo que nos protege de las agresiones que el mundo hostil nos tiene preparadas.
No, el mundo no es perfecto, al menos bajo nuestro prisma distorsionado de perfección. La naturaleza es primaria, ordenada, consecuente e implacable, le importa un rábano nuestros sentimientos de injusticia y nuestras distorsiones mentales intentando reajustarla a nuestro antojo.
La naturaleza es como Dios para los creyentes, Es la que Es. No hay ambages posibles.
No, el mundo no es perfecto, al menos bajo nuestro prisma distorsionado de perfección. La naturaleza es primaria, ordenada, consecuente e implacable, le importa un rábano nuestros sentimientos de injusticia y nuestras distorsiones mentales intentando reajustarla a nuestro antojo.
La naturaleza es como Dios para los creyentes, Es la que Es. No hay ambages posibles.
Las agresiones son un mecanismo de la evolución, la jerarquización natural de las cosas. Simplificando al máximo se trata de que si eres el pez chico vete dando por comido, eso sí, puedes quejarte ante el tiburón hasta aburrirlo, pero dudo que su estómago se avenga a razones.
Desnudarte en las redes sociales te hace vulnerable. Es cierto que un pálpito de catarsis cruza como un halo fugaz por tu subconsciente, pero es engañoso.
Las personas a las que de verdad le importas estarán a tu lado, tocándote, besándote, abrazándote, escuchándote, nunca amparadas y parapetadas detrás de una pantalla. Eso conlleva pereza, y la pereza no es una virtud compatible con la caridad y el amor.
Las personas a las que de verdad le importas estarán a tu lado, tocándote, besándote, abrazándote, escuchándote, nunca amparadas y parapetadas detrás de una pantalla. Eso conlleva pereza, y la pereza no es una virtud compatible con la caridad y el amor.
Un "Me gusta", un corazoncito, un "like", un mensaje cursi enlatado, cualquier respuesta virtual no es sino un quiero y no puedo, o mejor explicado, un "me caes bien pero en realidad no te quiero".
Porque querer exige esfuerzo y sacrificio, paciencia y perdón, y todo ello no se da a través de una pantalla.
Porque querer exige esfuerzo y sacrificio, paciencia y perdón, y todo ello no se da a través de una pantalla.
Es evidente como el sol que compartir tu intimidad en la red es tan ingenuo como inútil.
Lo considero incluso más dañino que compartir la desnudez física.
Todas esas niñas ávidas de cariño, necesitadas de caso, atención, despechadas en su adolescencia al adolecer del sentido común que dicta que el amor no es un príncipe azul, ni un macarra machoalfista, ni un padre ausente, todas esas niñas carnosas y rebeldes ante un mundo que no las comprende y ante el cual se victimizan e inmolan como señal de protesta exhibiéndose en Instagram, Facebook, Snapchat, Pinterest, Flickr, o cualquier otra plataforma publicitaría gratuíta, todas ellas se equivocan, pero tan sólo están echando pienso a los cerdos.
Apenas regalan un trozo de carne a los ojos de cualquier varón que sucumbe a la tentación de evadirse sumergiéndose en el instinto más poderoso, el de la conservación de la especie.
Pero la carne es efímera, la imagen fugaz, las rosas más bellas se marchitan, pero el alma, el carácter, la personalidad, los recuerdos, lo interno de la persona perdura.
A ese rincón no tienen acceso los pobres infelices que imaginan subconscientes cópulas imposibles según patrones físicos insertados en su ADN para la mejor conservación de la especie, como la simetría del esqueleto, especialmente el cráneo, el tamaño de las glándulas mamarias, necesarias para nutrir a la prole, las proporciones de las caderas por donde nacen los niños, o el color de los ojos que por exótico puede activar alguna feromona inactiva.
A ese rincón no tienen acceso los pobres infelices que imaginan subconscientes cópulas imposibles según patrones físicos insertados en su ADN para la mejor conservación de la especie, como la simetría del esqueleto, especialmente el cráneo, el tamaño de las glándulas mamarias, necesarias para nutrir a la prole, las proporciones de las caderas por donde nacen los niños, o el color de los ojos que por exótico puede activar alguna feromona inactiva.
Ese rincón interior no se ve al quitar la ropa, no se lee en la piel ni en la evidencia impúdica de las partes íntimas.
Se deduce al plasmar en las redes cada maldito segundo de sus vidas y cada estupidez publicitada para aceptación de las amigas divinas que lideran el grupito dominante de clase, de la pandilla o del grupúsculo al que instintivamente se afilien para luchar contra sus inseguridades.
Desarrollar el carácter, madurar, es un esfuerzo del que no pueden ni deben librarnos las redes sociales, que están diseñadas para eso, comunicarse, no para llenar los servidores de Google de candidatas al infantilismo, adolescentes perpétuas o mujeres desprovistas del equilibrio necesario entre el instinto y la razón, desarrollado en el combate cuerpo a cuerpo con la realidad, discutiendo, besando, abrazando, golpeando, acariciando, mirando a los ojos, razonando, discrepando, perdonando, sufriendo y superándolo. En definitiva, creciendo.
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