Daniel Vergara era un vulgar estudiante de FP de administración de sistemas informáticos, y como algunos de los compañeros de su clase, se movía como pez en el agua hackeando anónimamente por el mero placer de hacerlo, aunque nadie alcanzaba niveles tan profundos como él dentro de la red.
Su pereza y desmotivación existencial le impedían brillar académicamente, su inmadurez emocional entorpecía su desarrollo, y lo que hubiera podido ser un excelente investigador y desarrollador de sistemas llevaba camino de convertirse en carne de prisión reincidente.
El trabajo de Diagnóstico de Sistemas lo tenía aparcado desde hacía semanas, pero disfrutaba tanto metiéndose en Facebook y duplicando perfiles, robando datos y vendiéndolos en la red oscura cebollina TOR que lo había postpuesto hasta un límite peligroso. Debía presentarlo al día siguiente.
En TOR conseguía suficiente dinero para adquirir las anfetaminas que le venían camufladas en envíos de periféricos. Por supuesto sus padres no tenían ni idea de su doble vida, y achacaban a la endémica inmadurez de la juventud actual su errático comportamiento.
Lo cierto es que se pasaba días enteros sin dormir bajo el efecto de las drogas, y si ya de por sí resultaba un bicho raro en el instituto, su aspecto y actitud lo convertían en el arquetipo más representativo de un auténtico "friki".
A las siete de la tarde se decidió a abandonar su adictiva actividad de asaltador de datos y comenzó a desarrollar su trabajo. A las once de la noche, tras una cena frugal volvió a su habitación e intuyendo que iba a ser una noche muy larga recurrió a sus pastillitas milagrosas.
Su madre le había comprado en Ikea una lámpara extrañísima fabricada con sales de roca a la cual ella atribuía una misteriosa energía positiva. La encendió sintiendo lástima de su pobre y sencilla progenitora, necesitada de esoterismo y new age para soportar un mundo que no comprendía. Una sola pastillita roja la pondría al sitio—pensó para si.
La forma piramidal repartía la luz en ángulos que desentonaban con la arquitectura de su habitación totalmente cúbica, y a pesar del agradable color de la sal iluminada desde su interior —que rezaba la etiqueta provenía del Himalaya— sintió un leve mareo.
Intrigado, se puso a investigar el origen de aquel absurdo objeto con poderes de sanación cuántica, dispuesto a asaltar aquellas páginas que tomaban el pelo a los ingenuos compradores de humo.
Encendió un segundo monitor de su estudio, y mientras iba escribiendo código se entretenía boicoteando la basura pseudocientífica que justificaba el poder ionizador de la roca tibetana.
A las tres de la mañana sin darse cuenta, en un acto reflejo, tomó otra dosis de pastillitas rojas, como el que se toma un caramelo, y al cabo de media hora su cerebro pareció desconectarse en un inesperado trastorno amnésico, que se sumó a una euforia desbocada.
Lo único que recordaba al día siguiente era un terrible dolor en las muñecas y en los dedos, así como una aguda irritación ocular. Apenas le dio tiempo a comprobar si había terminado el trabajo y vestirse para salir disparado a clase.
Leyendo por encima las líneas del código que había desarrollado camino del Instituto Tecnológico se extrañó de no recordar absolutamente nada, pero todavía le extrañó aun más la belleza y perfección del sistema que había desarrollado. Era como si lo hubiese copiado de alguien, le parecía imposible haberlo escrito y ni siquiera recordarlo.
El profesor no iba a creerse que lo había escrito él.
Decidió sacar su móvil y crear rápidamente una página web en construcción para apoyar su trabajo en un supuesto proyecto abierto.
—¿Y dices que hasta ayer estaba operativa?
—Si, señor Cruz, me quedé hasta muy tarde añoche, a eso de las tres de la mañana pusieron el aviso.—mintió hábilmente.
El profesor contemplaba su tablet incrédulo y pensativo sostiéndola con una mano mientras con la otra se rascaba el pelo.
—Bueno Daniel, te doy una semana más, y cuando esté operativa la página me envías un mensaje. Hasta entonces dejo tus calificaciones en el aire.
—Pero señor Cruz, usted mismo ha dicho que es un trabajo increíble...
—Precisamente, algo no me cuadra. Que una página de herramientas tan complejas como describes te haya ayudado a diseñar unos atajos tan rápidos...
Daniel prefirió callar e intentar salir de aquella como pudiera. Tendría que crear una página entera de herramientas de programación, diseñarla con cuidado y registrar toda la información legal que robaría de los bancos de datos de la red oscura.
Antes de salir, su profesor levantó el dedo que rascaba su coronilla.
—Una última cosa, señor Vergara, ¿Alguna idea de por qué la página se llama "La Pirámide de sal"?¿A qué hace referencia?
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