Son pocos los autores de canciones capaces de engancharme. Desconozco el motivo de la confluencia de factores que me posicionan indefenso ante su música.
Cada uno tiene sus gustos, y en los míos siempre va por delante el requisito de un buen mensaje y una armonía que me interpele. Será la edad, la saturación, la vida, no se, pero cada vez me cuesta más emocionarme.
En español Luis Eduardo Aute me hacía temblar con sus rimas trascendentes y desgarradoramente sinceras, a pesar de no compartir parte de sus extraños dogmas.
En inglés la mezcla de armonías melancólicas con mensajes crudos y oscuros me unió en acorde y alma a Leonard Cohen. Las guitarras y la voz pastosa de Mark Knopfler también fueron agrandado su parcela año tras año.
En italiano la conjunción de astros la orquestó Franco Batiato con su metafísica filosófica colorista y los ecos de la preciosa voz de Nicola di Bari.
En portugués peninsular Madredeus lo abarcaba todo sin dejar espacio a competencia lusa alguna.
En portugués brasileiro Caetano Veloso descoyuntó todo lo que creía saber de la forma de interpretar la música, aunque el mar de fondo eran Jobim y Vinicius de Moraes.
Al francés llegué tarde y además su estructura fonética hace que sea más complicado encajar los textos en partituras asequibles a las estructuras castellanas o sajonas.
La tradición musical me resultó especialmente árida y me costó asimilar una lengua preciosa que parecía repeler la música como el agua al aceite.
No obstante conseguí disfrutar mucho con George Brassens y la simpleza sarcástica y preclara de sus canciones.
Me enamoré también de la voz y la imagen del canadiense Roch Voisine, a quien me hubiese gustado parecerme, al menos como producto comercial.
Temblé de emoción con Isabelle Boulay y su increíble gusto y talento vocal, y encontré en Pascal Obispo a un genio de la electrónica mestiza que me emocionó profundamente con su ópera rock Les Dix Commandements.
En mi ideario musical parecía no haber más sitio para descubrimientos de músicos visceralmente apelativos a mi sensibilidad auditiva, y por más que surcase la red, ni Zaz me enganchaba, ni Cabrel, ni Edit Piaf, a pesar de la mitología que la rodeaba, poseían esa capacidad de enquistarse para siempre como un bienvenido parásito constructor de sueños armónicos indelebles.
Hace años que daba por cerrada la búsqueda de nuevos artistas víricos que me intoxicasen con permisos de acceso a lo más recóndito de mi pobreza. La avalancha anglosajona dejó a las puertas algún regalo como Stornoway, Melody Gardot, Jamie Collum, Jacob Collier o Iron and Wine.
La española por su parte sorpresas Indie como Izal o supervivientes como Jorge Dréxler, el único de todos los mencionados anteriormente que he conocido en persona y que mantiene su nivel creativo a pesar de tener que renunciar a la innovación por motivos económicos.
Pero en las demás lenguas, con poca difusión y éxito en nuestra tierra, mi capacidad de navegar en aguas desconocidas no auguraba siquiera capturas anecdóticas.
Poco podía imaginar yo que mis hijos comenzasen a bombardearme con tendencias de su generación entre las cuales pudiera descubrir la pepita de oro que ya no buscaba.
Muse, Imagine Dragons, Switchfoot, Green Day 2.0, Linking Park, aberraciones musicales propias para oídos vírgenes ávidos de catársis hormonales. Cosas de la edad.
Pero uno de mis hijos sorpresivamente interesado en la cultura francófona me envió con insistencia un vídeo que por curiosidad decidí escuchar con espíritu crítico y objetivo.
Este hijo mío en particular es peculiar en cuanto a gustos musicales se refiere, y tiende además, de al ruido, a explorar creativamente la música electrónica, un huerto donde es difícil encontrar brotes de ingenio que se sobrepongan a la tecnología.
El vídeo era efectivamente en francés, desconcertante por su estética y por la rareza de combinar música efectista y aparentemente poco elaborada con un mensaje que trascendía lo banal.
El mismo protagonista ya era en sí poco convencional, y su voz no parecía corresponder a su juventud, aunque evidentes influencias del rap apaciguaban las incongruencias.
Delgado en extremo, alto y desgarbado, genéticamente salpicado por África y Europa, el vídeo parecía un gran producto original y de mucha potencia visual, obra sin duda de talentosos productores con recursos económicos.
Lo extraño es que la sencilla música era un aguijón repetitivo y muy pegajoso con sonidos muy básicos aunque claramente estudiados que instilaba una mezcla de sentimientos impropios de un burdo esqueleto electrónico armónico.
Abrumado por los avatares de la vida pasé aquella anecdótica página musico-filial con el picor incubándose pero con asuntos menos lúdicos que atender con más urgencia.
El insomnio ocasional me hace recurrir a largas listas de reproducción o conciertos enteros que van amasando mi contractura cerebral y acunándome desde el móvil las noches de desvelos.
Agotados los clásicos compañeros de alma intento explorar nuevos mundos, y recientemente el veneno que un día me penetró me llevó hasta un concierto en Montreal del extraño ídolo de mi hijo del cual solo conocía aquella colorida canción.
La magnitud artística de dicho concierto no solo no amasó mis contracturas sino que me desveló por completo, asistiendo incrédulo al triunfo de la aparente simpleza apoyada en un poderoso cantante que utiliza todo su cuerpo como elemento de expresión.
Me sorprendieron varias cosas; en primer lugar el talento innegable del joven, su carisma arrebatador entre el público canadiense que abarrotaba el estadio.
Por otro lado la espectacular puesta en escena con originales elementos infográficos.
También el diseño de producción, el vestuario, el control del tempo, la variedad de inquietudes, los elementos musicales propiamente dichos, basados en percusiones potentes y sencillos sonidos de los ochenta.
Esta vez ya intrigado con el "maeStro" de sílabas invertidas me puse a Investigar quién era en realidad Paul Van Haver, ese mestizo belga prácticamente desconocido en la cultura hispana y sin embargo fenómeno internacional a pesar de no cantar en inglés.
Como imaginaba, no era probable que el mestizaje fuese americano-europeo, sino más bien afroeuropeo. Su padre fue un arquitecto ruandés residente en Bélgica, donde nació Paul, y fue asesinado por los hutus en el genocidio de Ruanda en 1994 durante un viaje de negocios.
Al pobre Paul le ocultaron la verdad para evitarle traumas mayores hasta que creció como el niño de "papaoutai"
Como artista me sorprendió, además de la voz, su habilidad como productor y la originalidad de su márketing, con episodios absolutamente geniales e históricos como la creación del vídeo de "Formidable" o la entrevista magistral en televisión de los dos protagonistas de "Tous les mêmes".
En definitiva, Stromae es un maestro moderno, un artista total, capaz de generar expectación, vender un magnífico producto al público adecuado en el momento adecuado, ser sincero, introducir mensajes alejados del nihilismo hedonista que corroe a la música popular actual, rodearse de un equipo efectivo y muy cualificado.
Sobre gustos no hay nada escrito, pero ya antes de investigar, "papaoutai" se había hecho un hueco en mi cabeza. Tan solo desearía tener los 16 años de mi hijo para disfrutarlo a todo volumen coreándolo en un concierto como el de Montreal.
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