Les voy a contar la curiosa historia de un insólito animal que apareció un día por las calles de mi ciudad.
Se trataba de un precioso guepardo. Yo era un niño y lo descubrí por primera vez una mañana gris de octubre. Tardé en darme cuenta de que era el felino más rápido del mundo, corría tanto que apenas lo distinguía.
Subido en el autobús que transportaba al colegio a unas docenas de niños, apoyaba mi rostro sobre el cristal y lo empañaba con mi aliento.
El frío de la ventana me hacía sentir que estaba vivo, a mi cuerpo le costaba despertarse del todo por las mañanas. Todavía retenía el calorcito de las mantas, y el cristal me iba despertando con sus vibraciones y su escalofriante temperatura.
El griterío del autobús unido a la música que ponía siempre el conductor me daban miedo, yo tenía 9 años, y apenas conocía a nadie, me acababan de cambiar de centro.
Sentía el metal del pesado vehículo como una cárcel que me arrastraba día a día llena de ruido hasta el colegio. La ventana aliviaba el trayecto.
Me sumía adormilado en estos pensamientos intentando que los veinte minutos del recorrido terminasen pronto.
Un día, mientras la frente me rebotaba a cada bache del camino contra la ventana, una ráfaga naranja se dibujó por una décima de segundo en la acera al otro lado del cristal.
La lluvia empañaba la ventana por fuera, y el sudor unido a la respiración de 50 niños lo hacía por dentro. No pude llegar a distinguir aquella llamarada fugaz y misteriosa.
Dentro del autobús se percibía el gasóleo mal quemado del viejo motor mezclado con el olor de los chubasqueros de vinilo húmedos y el barro de las botas de agua. El ruido tambien era insoportable. En aquella época el diésel era estruendoso y tosco.
Con la lluvia intermitente los cristales de las ventanas del autobús parecían cuadros abstractos en tonos grises y tristes que iban cambiando a medida que pasaban las calles y fluctuaba la condensación por el contraste de temperatura.
Los vehículos tambien carecían de compresor de aire, acondicionado o climatizado.
Me resigné inconscientemente a soportar aquella prisión apretando cada vez más fuerte la frente contra el cristal, para que el frío de su contacto y la presión que yo ejercía me causasen un absurdo dolor que me evadiese de las sensaciones que no quería aceptar.
Los relámpagos naranjas volvieron a aparecer esporádicamente desvelando mis ensueños camino del colegio, hasta que un día decidí prestar atención durante todo el trayecto para esclarecer su origen.
Entonces pude ver, ágil y elegante, adelantándonos veloz antes de cruzar un puente que sorteaba las vías del tren, a un precioso guepardo moteado como el que había visto en los reportajes de la televisión.
Nunca he sido muy amigo de los felinos, puestos a elegir, los cánidos me parecían más nobles e inteligentes. Por aquel entonces desconocía además que los guepardos se podían domesticar y que habían sido animales exóticos de compañía de emperadores y princesas y nobles en la antigüedad.
En menos de un segundo lo perdía de vista, pero me daba tiempo a analizar sus precisas zancadas y el efecto de la inercia en su musculatura a través del pelaje moviéndose a semejante velocidad.
Miraba a mi alrededor a los niños y niñas sonrientes o dormidos, ruidosos o ensimismados. Nadie parecía asombrarse. Era como si no pudieran verlo.
Mis ojos sin embargo aprendieron poco a poco a seguirle con precisión, como si aquella fracción de segundo pudiese estirarse en mi cabeza hasta convertirla en los minutos más maravillosos de mi jornada escolar.
Pasaron el invierno y las lluvias y cada vez conseguía apreciar con más detalle la belleza con la que el ágil animal saltaba por encima de los coches aparcados en la acera, esquivaba peatones, semáforos o el paso a nivel, perdiéndose lejos del alcance de mi vista en el horizonte urbano acelerando a velocidades increíbles.
Llegó el calor y el autobús se convirtió en un horno. Las ventanillas superiores cerca del techo no ayudaban demasiado a bajar la temperatura. Mi frente repiqueteaba acostumbrada contra el vidrio en espera de mi amigo felino, cuyos acrobáticos quiebros y ágiles movimientos se repetían ritualmente ante los badenes y obstáculos.
Sus movimientos precisos y los apoyos repartiendo el peso para lanzarse como una flecha al liberar la tensión de sus tendones se grababan en mi memoria con la lógica influyente de la ley de la gravedad.
Mis ojos sin embargo aprendieron poco a poco a seguirle con precisión, como si aquella fracción de segundo pudiese estirarse en mi cabeza hasta convertirla en los minutos más maravillosos de mi jornada escolar.
Pasaron el invierno y las lluvias y cada vez conseguía apreciar con más detalle la belleza con la que el ágil animal saltaba por encima de los coches aparcados en la acera, esquivaba peatones, semáforos o el paso a nivel, perdiéndose lejos del alcance de mi vista en el horizonte urbano acelerando a velocidades increíbles.
Llegó el calor y el autobús se convirtió en un horno. Las ventanillas superiores cerca del techo no ayudaban demasiado a bajar la temperatura. Mi frente repiqueteaba acostumbrada contra el vidrio en espera de mi amigo felino, cuyos acrobáticos quiebros y ágiles movimientos se repetían ritualmente ante los badenes y obstáculos.
Sus movimientos precisos y los apoyos repartiendo el peso para lanzarse como una flecha al liberar la tensión de sus tendones se grababan en mi memoria con la lógica influyente de la ley de la gravedad.
Así desarrollé una admiración infinita por la destreza felina y la necesidad de intentar imitarla mientras mi precario cuerpo crecía lentamente.
Así superé el miedo al primero de los muchos cambios de colegio que padecí.
Así crecí soñando que era un guepardo urbano que esquivaba todo lo que la vida me planteaba como un reto, un obstáculo o una amenaza.
Más rápido, más ágil, más elegante. Aún cuando la edad derribe la ligereza juvenil.
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