Muchas veces al transmitir un mensaje perdemos la perspectiva.
El lector no está dentro de nuestra cabeza, no puede adivinar ni lo que ha causado nuestra reflexión ni observar el contrapeso que la equilibra.
La tendencia a la melancolía y el pesimismo en un texto, en mi opinión, refleja o bien la pereza del autor a la hora de expresar contenido que no sea catártico, es decir, que le libere del peso de sus dolores, o bien un pesimismo enfermizo preocupante.
Mi caso es el primero. Como muy bien explicaba el maestro Mundstock en la entrega de premios Princesa de Asturias hace unas horas, el humorismo es social (intentando comprender cómo les habían otorgado el galardón de comunicación y humanidades a un grupo de humoristas).
Desgraciadamente, mi humorismo suele ser más espontáneo que meditado, y por lo tanto lo reflejo poco en mis escritos. La inexcusable pereza y un cierto complejo de "Calimero" del cual intento desposeerme a toda costa son mis fantasmas interiores culpables.
Y me refiero al humor como símbolo de optimismo, porque solo un optimista o un insensato puede esgrimir el humor cuando todo parece perdido.
Mi querida tía Dory no sin razón me ha hecho replantearme estas cuestiones a tenor del tono de algunos de mis últimos escritos. Con ello no solo me ha recordado su preocupación y cariño, sino que ha espoleado al zanguángano que en ocasiones me domina urgiéndome a enderezar mi rumbo literario.
Difícil tarea, el humor pensado y sopesado es una tarea infravalorada y titánica, además de necesaria, como bien apuntaba el Luthier en Oviedo.
Me emplazo y conmino pues a ello en un futuro no muy lejano, y desde este preciso momento me sacudiré el polvo de la catarsis más a menudo, desoiré los cantos de sirena de la sensual pereza y esgrimiré con mayor ahínco el gracejo genético que me legó el andaluz de mi padre.
También animo a mis fieles lectores a escarbar bajo la costra de las palabras amargas y leer entre líneas, muchas veces una tragedia no es sino un chiste mal contado.

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