Puede ser que una parte del interior de mi occipucio haya dejado de segregar la valiosa hipocretina que regula los tiempos de vigilia y sueño, o puede ser que haya heredado de mi difunto padre el cansancio de siglos de decepción.
Me cuesta levantarme por las mañanas bajo el peso del cenagal de estulticia que rige nuestra sociedad y que nos llueve a tropezones viscosos y pesados.
Nuestro paso por la vida es breve, y parece que no importe cuánto nos esforcemos en recordar los errores de nuestros antepasados. Nos creemos de verdad con derecho a repetirlos y batir sus marcas de miseria.
Es igual desde qué lado del espectro intentes aportar tu granito de arena, siempre habrá un antagonista capaz de disiparlo con mayor virulencia.
Me caigo en la cama a media mañana incapaz de pelear contra los fantasmas propios y ajenos, abrumado por la inconsciente e irremediable empatía de las almas que me engullen.
Un atracón de medicinas intenta extirparme esa empatía instintiva y enfermiza.
Me da la sensación de que contribuyen a la desintegración de mi cerebro.
Sin embargo no hay mal que por bien no venga, ya que el exceso de sueño parece estar reparando corrupciones neuronales que desmagnetizaban los enlaces impidiendo la fluidez y conexión de ideas.
Como en el dualismo oriental clásico el mal experimentado se compensa con un bien equivalente, y las visiones e identificación espontánea de patrones que experimento son lo mejor que me ha pasado en la vida.
En definitiva, todo se reduce al sentido. Nada tiene que ver la inteligencia en la felicidad, sino la lucidez y el discernimiento que se alcanza cuando vislumbras el sentido de las cosas. La comprensión es el mejor tranquilizante que he probado, y he probado muchos en diferentes formatos, dosis y concentraciones.
Muchos países relamen sus viejas heridas y consideran que el suyo es un problema local, incluyéndolo en el folclore como un elemento más característico de su idiosincrasia. Sin embargo en los tiempos de YouTube basta darse una vuelta (exhaustiva en mi caso) por las realidades socio-políticas del mundo para comprobar que lo folclórico es común en todo el planeta.
Términos como la "Oikofobia"*, utilizado por el francés Finkielkraut y que recoge en La identidad desdichada superan la capacidad media de comprensión de nuestras limitaciones psicológicas ante el abismo tecnológico que nos está devorando.
Las pulsiones americanas del Black Lives Matter, los corrimientos de tierra de los movimientos internacionales LGTB, los nacionalismos europeos, los populismos, son todo síntomas de un desnortamiento relativista basado en el hedonismo adolescente perpétuo.
Ya nadie quiere pensar, masticar no está de moda. No pasará mucho tiempo hasta que una tecnología similar a Elysium, Johnny Mnemonic, Dias Extraños o Los sustitutos (Surrogates) nos libre definitivamente de la conciencia liberándonos cual neomesías de nuestra decadente capacidad de sufrimiento.
(La oikofobia es “el odio a la casa natal, y la voluntad de desembarazarse de todo el mobiliario que ha ido acumulando a lo largo de los siglos”)



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