viernes, 20 de octubre de 2017

Sacado del tiempo



Y fui sacado del tiempo, y del espacio. 
En definitiva, del universo. Al principio la perplejidad era dolorosa, algo sorprendente ya que tras la muerte no esperaba que perviviera el dolor. 

     La sensación solo puede compararse con la del nacimiento, eso es. La misma ignorancia, el mismo asombro, como cuando los pulmones experimentan por primera vez el aire. 
     La diferencia es que entonces no tenía pulmones, y sí. Es decir, tenía un cuerpo a voluntad, que es como decir que no hacía falta un cuerpo y por ello los pulmones eran irrelevantes. 
     Enseguida comprendí las ventajas de ser etéreo, es más fácil concentrarse, porque aunque los límites de la conciencia se expanden de un modo inenarrable, siguen siendo finitos. 

      La nada daba vértigo, o quizá fuese el infinito, el todo. Por si acaso separé lo visible de lo invisible, y empecé a sentirme más cómodo, aún sin comprender cómo lo había hecho. 
     Pude contabilizar diez dimensiones hasta que me venció el vértigo. Las reduje a cinco, pero solo pude darle forma a tres, no estaba teóricamente preparado para más. Las otras dos resultaban misteriosas y huidizas a mi propia conciencia. 

     Me aferré al eje tridimensional y comencé a sentirme mejor. A partir de las coordenadas edifiqué planos que fueron evolucionando lentamente. No tenía ninguna prisa. Algunas aristas se me resistían creando irregularidades. Decidí usarlas para animar la quietud de los planos y les doté de movimiento. 

     Mi creación cada vez me ayudaba más a sentirme mejor. No necesitaba explicaciones del más allá, construyendo se reconcilian mi natural curiosidad y se difuminaba el recuerdo de mi vida terrenal, sepultándose en remotos archivos de mi memoria que no necesitaba consultar. 

      El círculo, como no podía ser de otra manera, se impuso a las demás formas, y casi sin darme cuenta había reproducido planetas y soles. Era la forma natural evidente, combinada una y otra vez en grupos y más grupos incluyentes, armonizados en un precario equilibrio que resultaba muy placentero. 

     Al rato, o fueron milenios, me di cuenta de que el límite de mi creación era muy amplio, y dejé para más tarde su composición. Enfoqué en una constelación por azar, guiado por un deseo intenso de compañía, de otra conciencia con quién conversar, con quién compartir la desmesurada creación que me ocupaba. 

     Mis familiares y amigos gritaban desde otro universo, y agudizando la vista escrutaba aquel lejano murmullo de otra estancia, comprendiendo sus gritos y dándome cuenta de que en breve estarían ocupados en sus propias creaciones. Inmediatamente los vi tras mis límites, demasiado ocupados y maravillados en sus propios universos. 
     Aún así me sentí observado, comprendido y amado por ellos, y proseguí en mi burbuja acuciado por una irresistible necesidad de crear superior a todo los demás estímulos. 



     Me costó varios intentos pero pronto el sonido de otras conciencias empezó a resonar en mi etérea cabeza. Al principio con la sencillez de lo primigenio, y poco a poco desarrollándose hasta alcanzar algo similar a un lenguaje con significado. 

     Puse todo mi empeño y paciencia, pero por más que lo intentaba las conciencias nunca alcanzaban el tamaño que les hubiese deseado, uno como el mío. Sin embargo los laberintos intelectuales que edificaban resultaban apasionantes y divertidos, y la complejidad de las formas que desarrollaban crecía sin fin. 
     Empezaron a notar mi presencia y a buscarme, con poco acierto, debo decir, ya que yo no me hallaba en ninguna parte y en todas. 
      Construyeron naves espaciales como las que yo había visto en mi vida original, y después otras más rápidas y otras más rápidas aun, pero no alcanzaban a rascar la superficie de su cáscara de huevo. 

      Les ayudé sin desmayo entusiasmado con su evolución, embargado en una alegría suprema que indicaba que el camino era el correcto, fuera quien fuese el que hubiera dictado las reglas de estos nuevos sentimientos metahumanos. 

     Resultó nuevo para mí el desarrollo de los acontecimientos, ver cómo rompían la cáscara, salían de su clúster y plegaban el espacio para desplazarse utilizando las reglas que yo había creado pero no les había transmitido. Todas las conciencias no igualaban nunca mi tamaño, no parecía que lo fuesen a hacer, pero eran capaces de intuir a través de la quinta dimensión la forma de sumar sus capacidades. 

     Me sorprendieron con su habilidad e imaginación, al fin y al cabo estamos hablando de casi un billón de almas combinadas buscando el sentido de su existencia. Mi frustración llegó cuando se detuvo su progreso, alcanzaron un límite tecnológico infranqueable y perdieron el afán de superarse. 

     Su existencia se volvió monótona primero, y después miserable. Habían colonizado el cosmos, descubierto formas básicas de vida en galaxias antagónicas, y estandarizado la vida humana en casi todo el universo habitable. Sin embargo parecía que alguna línea de su código genético no estaba del todo afinada. 
      La solución que se me ocurrió fue inesperada hasta para mí. Aburrido de observar desde la distancia encontré la forma de preservar mi conciencia en el éter y a la vez corporizarme en un planeta terciario cuyos humildes recursos no llamarían la atención del gobierno universal humano conectado. 

      Envié mi consciencia compartida en un cuerpo que me costó diseñar unos cuantos miles de años. La idea era introducir un virus genético que desbloquease la expansión de memoria necesaria para que pudiesen evolucionar hasta ser capaces de compartir en la quinta dimensión la fuerza de sus capacidades, y trascender así los límites de su confinamiento. 
     

      Fue una experiencia apasionante revivir mi humanidad casi olvidada, los olores, el tacto, sentidos primarios pero insustituibles. Retroceder mi consciencia hasta el lenguaje hablado, fue un breve momento que lo cambiaría todo. En secreto esparcí focos de mutación por varios planetas del extrarradio, las provincias alejadas del núcleo del gobierno. 
     Ningún detector de antimateria podría encontrarme, y menos tan cerca de los confines. A mi paso no pude evitar conocer varios viajeros galácticos a los que dejé encargados de supervisar las eclosiones discretas en el ADN borrando las posibles huellas de mi cirugía. 
     Los seleccioné cuidadosamente verificando sus patrones de comportamiento y creando lazos de admiración y paternidad conmigo. 



     No podía dejar nada al azar. La susceptibilidad de mis creaciones era muy elevada, e intuí que para una correcta desviación evolutiva era precisa la ignorancia. El plan pareció funcionar, y la evolución continuó desarrollando el conocimiento y la tecnología, posibilitando poblar definitivamente todas las galaxias y descubrir los ocultos caminos de la quinta dimensión, que prácticamente desarrollamos a la par. 
      A través de ella me comunicaba anónimamente con los vivientes y se terminó mi soledad. Formamos una especie de red de intercambio que yo sostenía gracias a la cual desapareció el concepto de viaje físico. 

     Las interacciones les enriquecieron hasta el punto de lograr cambiar de estado y morar el éter a voluntad, eliminando la muerte como necesidad para alcanzar el estadio superior en el que yo me encontraba. En ese momento sentí fusionarse mi universo en cuatrillones, infinitos universos, y abrirse una cáscara superior donde accedí con la misma expectación que al fallecer. 

    Mi conciencia se desvaneció en medio de una bruma de incontables conciencias, donde la confluencia de experiencias y universos nos enriqueció a todos. El límite del conocimiento, así como el creciente número de dimensiones parecía no tener techo, y en un momento dado comprendimos que el sentido no era bidireccional sino únicamente progresivo, creciente, conseguimos abarcar el infinito. 

     En mi parcela privada de recuerdos vívidos recordé la sencillez de la ancestral existencia carnal entre los humanos, y un resquicio de melancolía por la pureza y el sentido instintivo y básico me abarcó. 

     Estuve dando vueltas a la posibilidad de empezar de nuevo, encogerme, reagruparme, disolverme, comprimirme, como un agujero negro, y volver a nacer, reseteado, sin conciencia, con la misma naturaleza que un bebé. 

      Nuestra propia capacidad infinita me devolvió la respuesta, todos pensábamos lo mismo, y sin orden, ya que no existía el tiempo, nos fuimos disgregando hacia el incierto destino primigenio. Instintivamente decidí borrar mi vasta memoria. 
     Era consciente de que en tan pocas neuronas no cabía ni una trillonésima parte de la información adquirida. Lo haría en el mismo momento del parto. Las conciencias como era natural habían decidido lo mismo. Cada cual en un planeta y periodo al azar. 

     Y así me dispuse a abandonar mi omnipotencia para volver a ser frágil, y me materialicé en un útero femenino, en el mismo instante en que recordé que había tenido una existencia previa en la cual había alcanzado las mismas metas y conclusiones. 

     Lo recordé todo, la vida anterior, y la anterior a la anterior, y vi una luz, y unas manos me tomaron de la cabeza y con un pequeño giro salí del vientre materno.


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