martes, 26 de septiembre de 2017
Me gusta conducir
Me gusta conducir.
Desde que tengo uso de razón me han maravillado las ruedas de los coches girando para mover un vehículo.
Primero en los Scalextric de la feria, con esas ruedas gordas y esos colores brillantes.
Mi sonido favorito era el rodar del caucho sobre el asfalto en el Citroen GS, y cuando veía cómo respondía al volante me emocionaba la sensación de responsabilidad de dirigir una máquina tan grande en movimiento con mi familia dentro con tanto aplomo.
Cuando conduje un Kart en Santa Pola a mis tiernos 8 añitos, la fuerza de empuje del motor y las inercias me transportaron a un nuevo universo donde el desplazamiento era emocionante y requería de una destreza que yo poseía.
Más adelante estuve soñando varios años con huir de mi realidad en un BMW 320i por la autopista A7 hacia una Europa utópica donde una mujer me esperaba porque me admiraba.
Soñaba con viajar interminables horas en silencio y soledad hacia un futuro mejor, hacia un paisaje más verde, y podía visualizar en mis sueños los carriles alumbrados por potentes faros halógenos (aún no se había inventado el xenón).
Imaginaba el precioso salpicadero de la berlina alemana iluminado en la noche con el velocímetro apuntando al 120, mientras los demás coches bailaban un vals perfecto adelantando y siendo adelantados calmadamente.
Soñaba con la suavidad del asfalto de la autopista, con el tacto del cuero del volante, con la dirección asistida y el aire acondicionado.
Y caminaba por la calle observando los coches aparcados en las aceras de Valencia, analizando su diseño, asintiendo frente a unas líneas pulcras u originales. Calculaba el coeficiente aerodinámico a ojo de buen cubero, y más tarde lo comprobaba en las revistas del motor que caían en mis manos.
Viví con emoción la irrupción de la tecnología de turboalimentación en los motores diesel, la aparición del conducto común y las mejoras en la insonorización que terminaron por convertirlo en el motor preferido español.
Y ya, cuando aprendí en un Peugeot 205, mi coche favorito siendo realista, era como ascender las escaleras que llevan al cielo. Un mundo de enormes posibilidades se abría ante mí, infinitos paisajes, trayectos, pasajeros, y la ilusión de probar cuantos más modelos de coches pudiera.
Mucho después de sacarme el carnet de conducir por fin pude acceder al coche de mi padre que había heredado del suyo, mi abuelo. Un Simca 1.200 de 1977 de color indescriptible.
Era un coche herido por el tiempo, casi quince años de sencilla pero efectiva mecánica dispuesta a cumplir sus últimos quilómetros con nosotros.
En él marché a una convivencia en Liria con los Misioneros del Verbo Divino
Cualquier escusa es buena para sentarme a los mandos de un auto, propio o ajeno, potente o modesto, nuevo o antiguo, todos tienen su encanto para mí, y conducir es un placer incomprensible que me hace feliz de las maneras más variadas e insospechadas.
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