El consumo de ansiolíticos se ha triplicado en la última década en los “países desarrollados”, nos estamos medicando demasiado para afrontar el día a día.
Con aspecto de encrucijada, la situación no parece tender hacia la reeducación de las conciencias acerca del valor del sufrimiento, el esfuerzo y la constancia. Más bien, se diría que impulsada por las nuevas tecnologías y la inmediatez del flujo de comunicación mundial el hombre se precipita a los abismos de una nueva y terrible edad media.
Nuestros hijos se acostumbran demasiado a gusto al ahora, y ya no desarrollan el sentido de la paciencia como antaño, y ya desde niños se vuelven adictos sin remedio al “I want it all, and I want it now” de Queen.
Cuando crecemos nos encontramos con un mundo insoportablemente competitivo donde los más dotados intelectual y económicamente copan los puestos de trabajo más satisfactorios. Nuestra realidad infantil se desmorona sin remedio. Ni tenemos lo que queremos, ni lo tenemos ahora. De hecho, la mayoría de los mortales nos arrastramos miserablemente en busca de “cualquier” puesto de trabajo, llegado el momento de la verdad, cuando ya rondando los cuarenta nos echan de casa.
Cualquier apaño entonces nos parece bien, cualquier atajo, y las grandes farmacéuticas recogen gustosas la cosecha que no han sembrado de frustración, necesidades productivas, inadaptación y miedo. ¿Quién no se ha tomado algún excitante para estudiar la noche antes, ¿Quién no ha sucumbido a las valerianas o superiores calmantes después, tras la angustia de un suspenso?
Ni hablemos ya de las drogas de moda como el Orfidal, la mezcla de Alprazolam con Alcohol, o el maravilloso mundo del Tramadol en sobredosis. Los yupis asépticos casi ni recurren a la cocaína.
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| Tiger Woods en Rehabilitación |
Cualquier cosa menos enfrentarse al mundo, llevar la contraria, mear fuera de tiesto, alzar la voz, quedar desenfocado o ser el tonto en la fiesta.
Mientras tanto, la política del Nuevo Orden Mundial nos bombardea con propaganda barata de Ideología de Género, nos confunde con debates estériles, y nos anega en el victimismo fatal de lo Políticamente Correcto, desde todos sus ámbitos de poder basados en el dinero y aprovechando que la avaricia de sus acólitos pasaba por ahí.
Se promocionan películas donde las mujeres son guerreras, fuertes, independientes, y paradójicamente hipersexuadas.
Se ridiculiza la figura del padre de familia hasta la extenuación en series de televisión chabacanas hábilmente distribuídas por todo el mundo.
Se estigmatiza todo aquello que en definitiva pueda servir para educar a nuestros hijos en la realidad, y sacándolos de ella se vuelven cada vez más vulnerables. Las mujeres son cada vez más infelices en su decreciente maternidad, y los hombre más pusilánimes a la hora de partirse la cara cuando hace falta. Un sueldo a final de mes nos tiene cogidos de los testículos. Las mujeres no vienen en nuestra ayuda, ni Trinity, ni Wonder Woman, ni Jessica Jones, ni la Viuda Negra ni Lara Croft, ni Lucy.
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| Wonder Woman |
Nos conformamos con ser la parodia de nosotros mismos, ejemplificados grotescamente en Hommer Simpson, y no atacamos el creciente problema de raíz.
Como diría el gran escritor Juan Manuel de Prada, “nos hacemos caquita” ante los apabullantes desafíos que trastornan nuestra idiosincrasia, nuestra naturaleza, nuestra humanidad.
Faltan hombres que devuelvan la cordura, hombres que sepan lo que es la verdad y cómo enfrentarse a las exacerbaciones de una sociedad más conectada y compleja donde se trafica y negocia con el relativismo moral, humanista y fisiológico.
Faltan hombres que no tengan que convencer sino que sean el ejemplo a seguir, hombres que comprendan la futilidad de la vida, la inexorabilidad de la muerte, y que nos enseñen a aceptarlas.
Faltan voces de sensatez, que no es que no las haya, pero faltan más, dispuestas a sacrificar su honra mediática -que no su virtud- en favor de lo real, el dolor y el sufrimiento, y cómo aprender a ser felices desde DENTRO de ellos, y no esquivándolos con parches temporales que acrecientan su hambre y crecen como un cáncer devorándonos por dentro mientras nuestra apariencia se somete al dictado de una voluntad caprichosa educada en el hedonismo más procaz y desvergonzado de la historia.
Si, somos víctimas de nuestro tiempo, pero huyamos del victimismo.



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