Negar es muy fácil, lo difícil es argumentar. Los cambios comunicativos acaecidos en el último cuarto de siglo han sido dramáticos, eso es innegable. Sin embargo lo que pretendo negar es el supuesto efecto nocivo, apocalíptico y aislacionista que se le atribuye al avance en esta materia.
El hecho de estar interconectado y accesible no necesariamente concluye en el aislamiento, más bien debería ser lo contrario.
Muchas voces claman contra el silencio que genera en las relaciones físicas y lo complicado que es competir contra un teléfono móvil conectado a Internet. Como si su existencia fuera la causa de una hipotética desconexión social del individuo, especialmente jóvenes y adolescentes, nativos digitales.
Habría que remontarse no muchos años para cotejar procesos de cambio en las relaciones Interpersonales tan visibles. Véase por ejemplo la popularización del teléfono. Anteriormente había que dirigirse en persona a un semejante para comunicarse, desde entonces ya no.
La misma invención del ferrocarril modificó la forma de medir el tiempo en todo el mundo, unificándolo, y la mentalidad tuvo que cambiar en los dos casos referidos.
Es cierto que la vertiginosidad la asociamos con el caos, pero no es menos cierto que aquellos avances facilitaron posibilidades de desarrollo que contribuyeron a exprimir mejor el potencial humano.¿Por qué no iba a ser lo mismo ahora?
El mundo nunca fue igual después de la invención de la rueda, ahora tampoco será igual. Tendremos que adaptarnos.
El problema es qué tipo de comunicación queremos transmitir, uno no guarda la misma relación con un hermano que con un comerciante, y no se utiliza el mismo discurso cuando tu interlocutor te interesa que cuando no.
Las ventanas están ahora más abiertas para relacionarnos con el exterior, y a algunos nos da miedo que vean cómo somos. Otros sienten vértigo ante tantas posibilidades, pero yo creo firmemente que la apertura es liberadora, solo hay que tener precaución, conocer las propias limitaciones y utilizar la tecnología con sentido común y criterio.
Éstos dos últimos paradigmas y no las herramientas comunicativas son las que han menguado con la evolución de la sociedad, siendo su carencia causada por el relativismo moral del todo vale.
Lo fácil es achacar al envase la fragilidad del contenido, y sin embargo es a la inversa.
Los lobos solitarios tienen ahora foros, los inquietos publican blogs, los curiosos disfrutan de la cornucopia de los tutoriales infinitos de YouTube. No todo es WhatsApp.
Y de serlo tampoco lo considero negativo. Niego su intrínseca maldad. Cuánto hubiera deseado utilizarlo en lugar del lento correo postal para agilizar el desarrollo de relaciones que no iban a ninguna parte, o al contrario, para acelerar el conocimiento mutuo de personas cuyo corazón nunca se abrió en persona.
Además el WhatsApp tiene una ventaja sobre muchas de las demás invenciones, no es obligatorio usarlo, ni siquiera cura enfermedades como la penicilina. Se puede llevar una vida normal sin él. Conozco casos cuya reticencia no ha afectado en absoluto a su vida, incluso asociales que continúan siéndolo, gerentes, hombres de negocios, y hasta bachilleres.
La explosión ha sido mayor de lo parecemos darnos cuenta, pero tras la onda expansiva vendrá el hábito y el consenso cultural. Tiempo, que veinte años no son nada.
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