sábado, 27 de mayo de 2017

Alprazolam y una cuerda tensa.

    Esta tarde me he sentido como un funambulista. Iba de camino a Benicasim con el Peugeot 206 mientras caía la tarde.
     Catalina estaba invitada a una comunión en la playa que como el inminente ocaso llegaba a su final.
   
     Me disponía a recogerla sin prisa, con las ventanillas bajadas dejando que unos agradables 19 grados y el frescor de la marjal entrasen al habitáculo del pequeño utilitario.
     La autovía estaba limitada a 100 kilómetros por hora, pero yo disfrutaba de la brisa y no alcanzaba los 90.
     La mediana del acceso rápido desde Castellón está adornada con buganvillas, que a finales de mayo y con la luz crepuscular vestían la carretera de intensos tonos rojizos.
     La cuerda floja era mi estado de salud, imperfecto como el de cualquier hombre de mi edad, plagado de heridas de guerra y lesiones que emergen del olvido para recordarte la temeridad de la juventud.
     El equilibrio lo ponían la tremenda siesta de sábado por la tarde que me había pegado y las diversas medicinas que vagaban por el torrente sanguíneo.
     Un momento indoloro, cómodo y sereno, al volante del pequeño Peugeot blanco como la nieve ronrroneando cual gato panza arriba a gusto por una vía tan apacible, con el aceite nuevo y las gomas y los filtros recién cambiados.
     Un breve kilómetro apenas de maravillosa conjunción de todo lo bueno que la vida puede darte embutido en el cerebro.
     Un inesperado oasis de regalo en el vagar confiado pero esforzado por el desierto aparente de la vida. Y una sensación de alivio y agradecimiento como la que debían rendir a sus dioses los beduinos sedientos con sus camellos extenuados.
     El tiempo detenido, el sol en la cara, mi guapa hija esperando en buena compañía, el tráfico escaso, y las Villas al horizonte junto al mar.
     Parecía que debiera recordar ese momento, como si dentro de muchos años allí se fuese a abrir una grieta por donde caería el funambulista para siempre al perder el equilibrio.
     Y no era mal lugar, mejor que un hospital con sus olores asépticos y su climatización incontrolable, mejor que una calle gris en un día lluvioso. 
     Es más, mejor que un momento de angustia prolongada.
     Por un kilómetro he sentido tal paz que no me hubiera importado que esa fuera la puerta del Cielo reclamándome.
     Ahora o cuando Dios quiera.

No hay comentarios:

Publicar un comentario