miércoles, 24 de mayo de 2017

Instagram paradigmático


Rompiendo lanzas al final tendré que abrir un taller.
     Hoy le toca el turno a
Instagram.
      Desde hace cinco años voy sumergiéndome en la razón de ser de esta red social de base fotográfica.
     Al principio no le veía futuro más allá del de encauzar las tonterías adolescentes que tantos problemas han causado en los colegios e institutos, pero el pasar de los años ha ido definiendo en mi tardía comprensión tecnológica el porqué de su éxito.
     Sigo sin ser un fanático compulsivo, pero voy a exponer mi gratitud versando una innegable virtud que atesora.
     Antaño la fotografía era cosa de profesionales, y cualquier intento de popularizarla chocaba con el elevado precio del material necesario así como con la complejidad del proceso de distribución de las imágenes. 
     Hoy día basta un móvil barato para arrojar al mundo tus cotidianas e intrascendentes perspectivas visuales.
     La popularización trae consigo por tanto la democratización y la evolución exponencial del arte fotográfico, con lo bueno y lo malo que ello conlleva.
     Como decía la Escritura, "Quedaos con lo bueno", y lo bueno es mucho.
     Ahora una persona acostumbrada a la red no camina por la calle indiferente a su entorno, sino que lleva activado inconsciente y constantemente el "modo fotográfico", escrutando colores, sombras, escenas y posibles circunstancias dignas de engrosar su colección fotográfica o "Galería". 
     Es más, antes incluso de hacer una fotografía ya está pensando en los posibles destinatarios y el número de corazoncitos que van a valorar su esfuerzo por retratar algún aspecto reseñable de la realidad.
     Todo esto aparte de cambiar los ojos con los que miramos hace que compartamos las imágenes que indican nuestras pasiones, y esa información trasciende la distancia, los idiomas y los credos, humanizandonos un poco más por sobreexposición de mundos interiores.
     Es cierto que también la basura emerge, pero ello además de servir de novedoso vehículo catártico para quienes antes se saturaban de sus propias miserias hasta pasar a males mayores, sirve para reconocerlos. 
     No usar Instagram basta para revocar todas estas ventajas psicológicas e indicios conductuales reveladores. 
     Cada cual es pues libre de ignorarlos o intentar ayudarles a limpiar su mundo. Esa opción antes estaba velada.
     Personalmente no considero que mi pasión por la luz, las perspectivas y los retratos tenga valor artístico alguno, pero hay un grupo de personas que ahora se asoman a mis imágenes y yo a las suyas, y mucha información no verbal fluye en ambos sentidos, enriqueciendo nuestra relación y comprensión de la naturaleza humana (humilde pero indefectiblemente, como se suele decir: Toda piedra hace pared)
     Acceso a paisajes cotidianos de países que nunca visitaremos, situaciones graciosas, ingeniosas e incluso publicidad interesante y manufacturada en un breve y atractivo formato. 
     Y como siempre, sin perder la posibilidad de omitir todo aquello zafio y vulgar, exactamente igual que en la vida real, aunque ello conlleve el elevado precio de ejercer la libertad.






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