jueves, 11 de mayo de 2017

Hoy hace un día increíble

     Una suave brisa primaveral alienta a los transeúntes todavía indecisos entre la chaquetilla o la manga corta. La luz estalla contra los brotes incipientes en las avenidas naturalizando un horrendo paisaje de caravistas y cemento. En Castellón no hay concesiones a la estética arquitectónica.
     El cielo regala una pureza azul que regenera las retinas de los que todavía miramos hacia arriba. Es como si Dios hubiese abierto el grifo del oxígeno al 110%.
     Particularmente no estoy en mi mejor momento, ni lo está mi ciudad, ni sus ciudadanos, pero objetivamente percibo un brillo en los ojos, unas comisuras relajadas en los labios, como si todos hubiésemos superado juntos una tormenta.
     San Google nos predice máximas de 28°C y no suele equivocarse, su omnisapiencia empieza a rivalizar peligrosamente con la divina.
     Esto debe ser la primavera que describen los poetas y estudian los psicólogos, un brote interior de esperanza, un golpe de timbal rítmico anual que nos reconcilia con la precisión de los equinoccios.
     La belleza es ritmo, repetición, confianza en el siguiente compás que acude puntual a las flores, las nubes y el sol.

     Los ojos no duelen ante tanto contraste ni saturación de color, parece que estaban esperando escapar del marrón ceniciento y el gris pegajoso.
     Las personas huelen en la calle, exalan un olor a vida que atenta contra el pesimismo más recalcitrante. Y es el sudor, agridulce y primario, desagradable e implacable transporte de feromonas el que desentumece los corazones sombríos, obligando a sus emisores a mostrar más centímetros cuadrados de piel.

     Aún sin empatizar con la mayoría de todas estas sensaciones, una innegable paz interior se contagia por fotosíntesis y admiración de tan increíble como discreto espectáculo anual.

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