domingo, 19 de junio de 2016

El ayudador

Odio a Google, y a Apple, y a Garmin, y a Tom Tom, con toda mi alma.
Yo antes era un vocacional ayudador de turistas despistados en Recoletos y Castellana, paseando con mi aire informal pero aseado, inofensivo ante personas mayores y asequible para jóvenes urbanitas, con mi aire de yerno perfecto para madres perdidas, con mi sonrisa sincera para atractivas nórdicas hastiadas de piropios ininteligibles.
Ahora soy un treintañero deprimido que deambula en silencio a la sombra del Paseo observando cómo esos pequeños e infernales aparatos guían con precisión milimétrica hasta su destino a los errabundos forasteros turísticos de la capital.
Mi motus vivendi, que no modus, ojo, que lo mío era vocación, ha sido sepultado por una fría tecnología reduciendo a innecesario mi arte callejero.
Nadie me busca ya con la mirada, con la leve desesperación del que llega tarde a un sitio o símplemente se ha perdido. Nadie necesita ese empujón hasta el museo de cera ni saber qué autobús coger hasta el Bernabeu.
Antes disfrutaba ayudando a desentrañar mapas plegables y dibujando rutas a lápiz a cambio de un gracias, thank you o merci. Ahora las nórdicas rubias y las madres y los padres de familia y las personas mayores recurren silenciosas y orgullosas de su inversión al GPS integrado en sus demoníacos aparatos deshumanizantes.
La magia de la sociedad se está perdiendo. Ese riesgo de entablar una conversación con un desconocido ha pasado a mejor vida, desestimando la ganancia de la empatía, la calidez de una mirada, la voz amable de los que necesitamos darnos para sentirnos vivos, indicando con palabras escogidas el modo de llegar a au destino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario