martes, 2 de febrero de 2016

TALCO

     




     Ayer en mi desconocimiento de varios aspectos domésticos recurrí al azar a la hora de elegir el suavizante para la ropa mientras luchaba contra la lista de la compra que Mabel me había escrito y la cual debatía en Mercadona....elegí uno con connotaciones infantiles y de eufónico nombre: Talco.
 

   



     ....Esta mañana desayunaba de madrugada y no podía quitarme de la cabeza una casa en Soria donde hace un par de años pasamos unos días extraordinarios. La fuerza del recuerdo me asombraba mientras sorbía un insípido café descafeinado con leche desnatada sin lactosa.
     Soria tiene varias virtudes muy encomiables, varios lugares privilegiados, sobre todo los relacionados con el mágico río Duero, pero de entre todas sus bondades me quedo con el aroma que desprendía.
     Quizá por su altitud o su diferente vegetación mi alergia se minimizaba permitiendo que las papilas olfativas desempeñasen la olvidada función para la que estaban concebidas con toda su capacidad.

     Y luego aparecía aquella casa en Almazán, donde el olor era lo primero que te daba la bienvenida. El garaje a la izquierda de las escaleras, y el frío despegándose del cuerpo mientras el aroma del suavizante con olor a Talco te abría la puerta.
     Pero no era el olor lo que la hacía especial, y quizá de no ser por sus acogedores inquilinos mi cerebro nunca habría guardado con tanta fuerza las imágenes, olores y recuerdos de aquellos días.



     Fueron meses de espesura bioquímica e intensa medicación intentando reorganizar mis neuronas y alinearlas para su correcto funcionamiento.
 Justo y María, como dos modernos ángeles carentes de toda cursilería plumífera y volátil ejercieron con maestría al alcance de pocos elegidos de anfitriones excelsos, generosos en sus bienes, su espacio y su tiempo con nuestra numerosa familia.
     Desde mi cárcel psicológica y casi sensorial, recuerdo con enorme afecto sus detalles, su gratuidad inigualable, su espontaneidad y la contagiosa energía positiva que los matrimonios santos recién formados suelen acarrear irremediablemente.


     Hoy el panorama cotidiano era bien distinto, dentro de la inseguridad de una rutina precaria me disponía a afrontar otra agotadora jornada en la que mi cuerpo se rebelaría una vez más contra el mundo entero y su estrambótico devenir,  y el aroma que inconscientemente se mezclaba con el café de mentiras me ha modelado el ánimo para el resto del día. 

     He echado de menos a Justo y a María, a aquellos maravillosos días cuando mi cuerpo pedía Soria a gritos, lejos del bullicio inasumible de la Magdalena castellonense, y he sonreído pensando que si Dios tiene una forma de acariciar, una manera de poner la mano sobre tu hombro y decirte "tranquilo, sigo a tu lado", el sentido del olfato bien podría ser una de ellas.









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