Desconozco cómo habrá transcurrido la infancia de Shonda Rhimes, pero apostaría las manos a que fué maltratada, se abusó de ella, o lo que es peor, era el patito feo de clase con una gran inteligencia. Posiblemente sus intelectuales padres no atendieron las rarezas de la sexta hija que debía ver con orgullo, envidia y soledad la capacidad mental de sus progenitores.
Solo así se puede explicar la profusión de despropósitos morales de la que hace gala en la serie Scandal cuya temporada 4 acaba de finalizar.
La exitosa creadora de Anatomía de Grey conjuga con maestría la carne de vacuno de origen desconocido con los pepinillos y el pan con sésamo.
Cuesta poco comprobar como abusa de su don para regodearse en el morbo que ansía el pueblo americano sumado a las directivas new age/progresista/politico correctas descaradamente metademócratas.
A nivel de bajeza intelectual y habilidad para normalizar lo injustificable la exitosa creadora no tiene rival. Es una cocinera excepcional. Su hamburguesería se llena frente a las pantallas en cada capítulo.
¿Su receta? Fácil: Sexo, violencia, poder, más sexo, libertinaje, lujo, mucho dinero, mestizaje sospechoso, peinados imposibles,más sexo todavía (no del todo explícito, gracias a Dios), y una ausencia de moralidad absoluta en todos y cada uno de sus personajes.
Si eres uno de los valientes que no teme al colesterol ni a los infartos mentales te encontrarás empatizando con asesinos sádicos, ninfómanas, hombres cuyo cerebro se focaliza en su glande y que se mueven por impulsos inconcebibles cuanto mayor es su poder, conspiradores, mentirosos compulsivos, falsos amigos, asesinos simpáticos, asesinos psicóticos, asesinos gore, asesinos implacables, alcohólicos, adúlteros, metrosexuales, personas de sexualidad variable, y un sin fín de personajes de cuento que harán las delicias de tu adrenalina y tu estimulación neuronal.
Los querrás a todos porque todo queda justificado en esta serie que se disfraza de crítica irónica sobre la doble moral para inocularte lo más despreciable que puede imaginar cualquier persona desequilibrada hasta que lo asumas como normal.
No queda aspecto de la debilidad humana por explotar en una constante explosión de fuegos artificiales que nublarán tu vista adoctrinándote mientras crees estar desconectando de la realidad para evadirte y fantasear junto a Olivia Pope y su imposible dieta de vino ridiculamente caro mezclado con palomitas. Toda una declaración de intenciones dietética donde los excesos apenas se pagan, donde la protagonista es el alter ego onanista de la escritora en versión irreal, joven, delgada y exitosa, deseada por todos y capaz en su cándida juventud de acrobacias mentales increíbles para tapar la basura ajena y enarbolar la bandera de la justicia y la República.
No hay institución tradicional ni bastión de la decencia que no se menosprecie, ataque, ridiculice, parodie o destruya en esta serie, al compás de las densas aventuras politicosexuales de los protagonistas.
Dudo que en el ataque de paroxismo uterino de la escritora se esconda una crítica velada al sistema político americano, si acaso se disfraza de parodia exacerbada, pero en el fondo se adivina un lodazal en el cual como una cerda con picores se revuelca por el lodo con el gusto de la ensoñación catártica.
No tengo nada en contra de esa señora ni de la industria visual que la propicia, pero me veo en la obligación de purgar la tortura intelectual a la que he sido sometido intentando sobreponerme a mi incredulidad capítulo tras capítulo.
Lástima de talento desenfocado para alegría de los amantes del fast food indigesto, lástima de persona altamente cualificada esclava de sus propias neuras y rémoras históricas.
Lástima de educación que regurgita engendros infraintelectuales con una asombrosa capacidad técnica pero una patológolica ausencia de genio para la creación.
Si tienes estómago o grandes cantidades de Omeoprazol almacenado en casa y en tu alma, puedes ver esta serie triste hábilmente disfrazada de chascarrillos sofisticados y efectistas, giros vertiginosos e imposibles propios de la cultura del Ya, Ahora, Rápido.
Avisado quedas, abróchate el cinturón, y si soportas la prepotencia, la incultura, la banalización espiritual, la degeneración moral, la perversión y el torticerismo más enfermizo, esta es tu serie.
Prepara el Almax, y ve pensando en hacer ejercicio.
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