lunes, 27 de abril de 2015

TRAS LAS HUELLAS DEL HOMBRE DE VENEZUELA

     Vicente era un antiguo marino experto en motores de embarcaciones de pesca. La FP le llevó a la mecánica, y su amor por el mar a los barcos, donde trabajó cerca de diez años. Con el tiempo se había sacado el título de patrón de yate, cuando tras un escritorio ya cumplidos los treinta echaba de menos el mar y sus inclemencias desde el escritorio gris e inerte de su oficina.

     Cuando tenía once años escuchó una historia durante la conversación de adultos que se desarrolló tras una cena con amigos de sus padres. Aquella historia le cautivó, se trataba del devenir de un amigo lejano de esos amigos que había conseguido en un intento de escapar del mundanal ruido de la sociedad surtirse de una tubería que aportaba agua a Isla Margarita desde el continente sudamericano. Aquel hombre había encontrado tras muchos años de navegación casual una cala perdida sin acceso por carretera y de frondosa vegetación hasta pié de playa.



     Se había establecido allí tras una vida trabajando de ingeniero para una multinacional petrolera de la que había acabado harto y hastiado, con interminables jornadas de doce horas, infinidad de problemas, una vida social frívola e insípida y mucho dinero en el banco pudriéndose por el desuso. 

     Cultivando sus propias verduras y gestionando una anecdótica granja de cuatro cerdos, dos cabras y diez gallinas gallinas se había decidido a acabar allí sus días.

     Aquella historia le había fascinado dejándole una imborrable huella en el subconsciente. Ya entonces se empezó a interesar por la cartografía y con los años había conseguido importar docenas de mapas del litoral venezolano el cual estudiaba con el fervor del que lee un libro de aventuras.
     Imaginó cientos de veces desde la soledad de la vigilia previa al sueño cómo debió haber sido aquel final de la vida del hombre que lo abandonó todo por la sencilla soledad.

     Ahora Vicente tenía 50 años, y se hallaba en plena forma física que mantenía participando en regatas y nadando en la piscina local.
     Era una persona escrupulosa con los alimentos que ingería, y evitaba las grasas de toda clase además de potenciar sin histerismos el consumo cotidiano de frutas y verduras.
     Se sentía fuerte físicamente pero infeliz en su proyecto vital al cual no le auguraba más allá de treinta años.
     Sentía que la vida se le escapaba de las manos sin conseguir un objetivo interior vedado toda su existencia: la felicidad.
     Meditaba sobre ello día tras día, tras las absurdas jornadas de trabajo donde un inconsistente papeleo y una administración enferma le consumían el alma.
     Por una parte echaba de menos el salitre en su piel secándose bajo el sol de alta mar, recuerdo de sus primeros trabajos a bordo de varios barcos pesqueros, por otra parte el mundo urbanita ofuscaba su necesidad de meditación impidiéndole progresar hacia su utópica meta.
     Se dio cuenta de que las oportunidades, en caso de haberlas, se le escaparían de las manos, así que un buen día, tras un solitario almuerzo de café y dos tostadas con aceite de oliva y sal, tomó la decisión de cambiar su vida radicalmente.
     Rescató del olvido su sueño infantil y adolescente, desempolvó los viejos mapas, y trazó un organizado plan de acción para conseguir su más íntimo y recóndito sueño, emular al hombre de Venezuela.
     Vendió su casa y todas sus posesiones, y durante varios meses investigó en la red acerca de la posible localización de la hipotética cala de la que había escuchado hablar en su infancia.



     El ingeniero debía haber fallecido ya, a poco que tuviese una edad parecida a la de sus propios padres, y si era cierta la historia, en alguna parte del Parque Nacional de Mochima debían yacer sus restos así como el rastro de su estancia allí.
     Se compró un velero de segunda mano con motor de 14 metros de eslora, y lo adaptó para ser eficiente en la navegación en solitario.
     Se proveyó de las herramientas que le iban a hacer falta en su destino, así como de varios manuales técnicos que descargó en su portátil e iba devorando amarrado en el puerto deportivo los meses que dispuso hasta terminar con todos los preparativos.

     Lo que más le costó fue el papeleo para poder viajar en barco al país ahora decadente y tiranizado por un gobierno títere que recelaba de toda injerencia externa. Durante unos meses iba a necesitar surtirse desde Puerto La Cruz y Cumaná de lo que no podía transportar en el yate, los animales. El cambio de divisas y la provisión de fondo en dólares también le supuso un quebradero de cabeza.

     Partió al fin cuando las condiciones eran favorables para la travesía del siempre peligroso Océano Atlántico, y con espíritu renovado, y sin volver la vista atrás dejó las costas españolas para nunca regresar.
     A pesar de las prácticas y los paseos que había estado realizando, temía al imprevisible océano como temía a la mismísima muerte, y no sabía cómo iba a responder su aburguesada psicología a la desesperación de una tormenta en soledad en caso de desencadenarse a mitad de trayecto.
     Afortunadamente nada de eso ocurrió, se conjuraron las mareas y los astros y las previsiones se cumplieron sin traiciones, cruzando el ancho océano cual Cristóbal Colón con incertidumbre pero relativa calma.
     Amarró en Cumaná donde se hizo pasar por un turista español algo trasnochado. Durante unas semanas conoció la ciudad y se aseguró de dónde conseguir discretamente los animales que iba a necesitar. Dedicó ese tiempo también a perderse por el laberinto de Mochima que tenía memorizado en su cabeza desde la adolescencia. Recordaba los mapas y las turbias imágenes de satélite que había estudiado en la red de redes. 
     Tenía varias conjeturas acerca de la localización de la playa secreta. Aunque Mochima era un Parque Natural relativamente visitado y transitado por pequeñas embarcaciones de recreo, nadie, ni siquiera las esporádicas patrullas de la Seguridad Marítima Venezolana, perdían el tiempo buscando lo que Vicente había venido a buscar, un escondite.

     Sin embargo durante esas semanas no logró su objetivo, temiendo que aquella historia no fuese sino una leyenda urbana sacada a colación en una conversación adulta que ya apenas era un borrón en su memoria.
     Decidió visitar también Puerto La Cruz, donde se proveería del material de construcción que le iba a hacer falta. 
     Allí se dedicó a frecuentar los bares donde los ancianos del lugar se anegaban en flojas cervezas "Polar" creando bosques de botellines en las mesas, intentando sonsacar algún rastro de la historia que había escuchado treinta y pico años atrás.
     Invitó a varios octogenarios ex trabajadores de Petróleos de Venezuela S.A., y al cabo de unas semanas halló el rastro del eco de la historia de un ingeniero español que desapareció de un día para otro, según contaban, para perderse en la selva y ser consumido por los mosquitos y picado por alguna serpiente.
      Necesitó varios bosques de botellines y una infinita paciencia y disposición de escucha para conseguirlo.



    Ya tenía lo que buscaba, la certeza de la historia. A partir de entonces se dedicó a repasar la costa palmo a palmo, recurriendo a la inmersión en ocasiones y al submarinismo. En treinta años era posible que el acceso a la cala hubiese quedad oculto tras la descabellada vegetación que parecía querer lanzarse al mar.
     Al cabo de cinco meses de consumir fondos y amarrar en las solitarias calas del antiguo refugio de piratas encontró una anomalía en un pequeño cabo que variaba mucho de los mapas de su juventud y que quedaba justo en el borde de unión de las fotos del satélite de Google, por lo que apenas podía distinguirse.



     Cargó su botella de oxígeno y mordiendo el esnórkel se zambulló armado de un machete y varias cuerdas. El sol abrasaba a través de las aguas transparentes, la arena del fondo era blanca y reflejaba la luz creando una atmósfera irreal donde miríadas de pequeños peces nadaban indiferentes a los movimientos del buzo.
     La orilla no era tal sino una serie de manglares que parecían querer beberse el mar, y Vicente no podía sino emocionarse pensando que en otras circunstancias en estos momentos se hallaría en un paisaje menos prosaico rodeado de adocenados trabajadores cuyo máximo afán era llegar a final de mes con superávit y aparentar más de lo que eran.
     La encontró al cabo de tres semanas, un ramal de manglar más reciente que el resto que cediendo al machete y a las cuerdas ocultaba un paso a un pequeño pasaje. Excavando con el machete al final encontró la tubería. La siguió hacia la costa enterrada casi medio metro bajo la finísima arena. 
     Tuvo que cortar y retorcer, atar y doblegar raíces para hacerse hueco, tarea que le llevó varios días. 
     


     Un bosque de árboles inclinados y frondosos cubría la superficie del agua hasta la orilla, formando una especie de piscina natural cubierta por la que se colaban algunos rayos de sol pero posiblemente ningún objetivo armado en un satélite captador de imágenes. Allí estaba la playa, varios decenios después de ser una mera historia extraída de una conversación. 
     Encontró los restos de una modesta cabaña hecha de troncos finos, restos de huesos de animales, indicios de labranza, así como multitud de herramientas oxidadas y cubiertas por la maleza.
     La selva había ganado metros a una pequeña playa de blanquísima arena, y matorrales que nunca había visto en Europa invadían lo que antaño fue una superficie de unos doscientos metros cuadrados de playa, dejando útiles para su propósito menos de cincuenta.

     Descargó todos los aperos, herramientas, material necesario y semillas en inacabables viajes desde el yate hasta la escondida playa buceando a través del improvisado pasadizo entre las raíces de los manglares, siendo sorprendido constantemente por varias clases de peces poco acostumbrados a la compañía humana. Para protegerlos del agua utilizó bolsas de plástico especiales precintables.

     Desbrozó todo lo desbrozable y limpió de restos la cala. La cabaña parecía tener solidez a pesar del paso de los años, y apenas tuvo que reforzarla un poco para asegurar su impermeabilidad y resistencia ante las lluvias y vientos que pudieran atravesar el techo de vegetación que le protegía. En pocos días la dejó perfectamente habitable, con un chinchorro de palma en una esquina perfectamente sellada con varias mosquiteras.

     Realizó los últimos viajes a la civilización para comprar las crías de los animales con los que iba a compartir el resto de sus días, y amarrando a varios cientos de metros el yate del discreto acceso submarino se dispuso a desbrozar y organizar el espacio. 

     Con paciencia construyó una puerta de ramas en el acceso a su playa privada, de modo que resultase indetectable en el poco probable caso de que algún submarinista despistado curiosease más de la cuenta.

    Un buen y tranquilo día, como venía siendo habitual, mientras preparaba la huerta en silencio lo encontró. Se estaba adecuando una suerte de sendero entre la profusa invasión vegetal para crearse unas letrinas suficientemente alejadas, y allí postrado en la arena, con una caja entre los brazos, el esqueleto del hombre de Venezuela yacía apaciblemente como si acabase de acostarse a dormir.
     La vegetación exploradora le cubría sin echar raíces, por lo que no le costó demasiado apartala y contemplar en silencio al inspirador de su aventura existencial.
     Sin duda en algún momento dado que no podía precisar carente de todo conocimiento forense, aquel anciano debió sentir a la muerte rondar y se tumbó a esperarla en lo que entonces debía ser una parte tranquila dd la playa.
     La caja era de madera y al desposeerle de ella los cúbitos y los radios se desencajaron de sus articulaciones desmembrando los brazos.  Las manos sin fuerza le cedieron aquel póstumo legado que pasó a abrir con expectación. Dentro apenas había un reloj estropeado, una brújula y unos folios amarillentos en lo que parecía una carta escrita con carboncillo.

     "Querido lector, si me has encontrado ha sido bien por azar o bien porque por algún motivo que no entendería en caso de estar vivo, has venido a buscarme. 
     No dejé familia atrás, por lo que me inclino más por lo primero, pero de cualquier modo te doy la bienvenida a mi paradisíaca sepultura.
     Fue mi elección desaparecer, la vida tal y como la conocí carecía de sentido, no creo que la situación haya mejorado tras mi muerte, por lo que te invito a replantearte tu existencia. El mundo es un sinsentido tal y como está planteado. Hace falta muy poco para ser feliz, cuando me di cuenta de ello, no lo pensé, y he pasado estos últimos años de mi vida en una maravillosa soledad, abasteciéndome a mí mismo y viviendo tranquilo, contemplando las puestas de sol y asumiendo serenamente el deterioro de mi cuerpo.

     No dejo diario ni testamento, ya que nada retuve ni mi historia es digna de ser contada. Solo un consejo te dejo: Vive en conciencia, lucha hasta la muerte por ser feliz."

     Vicente contuvo una lágrima mientras observaba con respeto al escritor de la carta. Lo sepultó con cuidado ceremoniosamente a lo largo de la mañana. 

     Al atardecer puso el timón automático de modo que el yate navegase a la deriva sorteando los últimos islotes del Parque, con los bidones de gasolina preparados con un temporizador y un detonante en el casco.

   
     Bien entrada la noche pudo vislumbrar el resplandor en la oscuridad del último vestigio de civilización que vería, la última oportunidad de volver atrás que nunca escogería,  ardiendo y sumergiéndose.



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