Tras la dictadura, con la transición, se perdió una oportunidad única de superar la barrera cultural de nuestro grandiosa koiné, el idioma español, ahora tristemente degradado intramuros a "castellano" por la dictadura de lo políticamente correcto y las sensibilidades regionales.
La capacidad del ser humano excede el monolingüísmo, y la mayoría de la población de La Tierra domina varias lenguas de forma natural.
La importancia del otrora español y restos de soberbia por ser una de las lenguas más habladas del mundo nos condujeron a un aislamiento sin duda poco beneficioso en varios ámbitos.
El periodo de dictadura tampoco colaboró al blindar la nación ante injerencias externas que supusieron más perjudiciales que beneficiosas. Yo no viví esa época, no entro a juzgar las circunstancias.
La cuestión es que la mayoría de la población desconoce y ha desconocido a los grandes maestros de la literatura en lengua inglesa, desconocía el montaje de la Commonwealth, la importancia de su lengua en el comercio internacional, una gran riqueza a la que hemos dado la espalda sistemáticamente.
En las relaciones exteriores somos la vergüenza del siglo XXI con líderes inamoviblemente monolingües, y solo ahora que la cultura ya no pertenece a nadie gracias a internet nos vemos obligados de vez en cuando a plegarnos a textos y videos en la lengua anglosajona. Quizá las generaciones nativas digitales nos devuelvan un lugar en el mundo allende la piel de toro.
Hemos perdido mucho tiempo por culpa de nuestros complejos, nuestra vanidad y nuestra incultura. El inglés y el español son buenos compañeros de viaje.
Pero no contentos con este lento suicidio del que ya veremos si sobrevivimos afilamos la katana del harakiri con tribalismos inútiles e imaginarios que no hacen sino ralentizar nuestra apertura al mundo.
La situación del País Vasco, Cataluña y Galicia es deplorable, síntoma de una resistencia encomiable a la realidad. El reduccionismo del absurdo, la forzosa normativización artificial de los restos de lenguas familiares.
En lugar de dedicar los recursos y el tiempo de nuestros hijos en abrirles al mundo real se les carga con inventos lingüísticos de dudosa utilidad en los que incluso se contradice la tradicional transmisión oral de las lenguas regionales hasta volverlas irreconocibles a los propios padres transmisores. Y todo por "salvar" lenguas de natural y paulatina extinción, primas hermanas bastardas ellas del latín, euskera aparte.
Y no es que lleguemos tarde al inglés, que ya no tiene remedio, es que nadie ha pensado en el mandarín a punto de explotar. Eso sí, mirémonos el ombligo y defendamos nuestra cultura, que ésta nos dará de comer dentro de cien años, cuando recuperemos la costosísima inversión en lo tribal y caduco.
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