Callarte de tí mismo. Obviar el eco de
tus pensamientos, ese que te devuelve las ondas rebotadas contra la
realidad, y en el rebote se distorsionan levemente.
El silencio es la cura, como una
purga, de vez en cuando. Callarse de uno mismo y dejar de escuchar
desde dentro, empezar a escuchar desde fuera.
Afuera hay un mundo tal cual es,
sin necesidad de interpretación, y para escucharlo es preciso el
silencio. Sus pulsaciones están escondidas tras los rostros de la
gente, tras sus gestos, tras la pintura fresca en un edificio, o las
ruinas de antiguas viviendas abandonadas. Hay una historia no escrita
pero que está ahí esperando que la escuches, fuera de tí.
Una vez se apacigua el ego y se
anulan las distorsiones comienza a florecer un crudo universo
alrededor que merece la pena observar y analizar, e incluso meditar
sus significados.
Y aparece un pobre en una esquina,
gimiendo una letanía incomprensible que recita de memoria porque ha
aprendido la frecuencia en que despierta la lástima en las
conciencias ajenas. Cuestión de supervivencia. Ha sabido escuchar.
Y
cuando te das cuenta de que un pobre sabe escuchar, decides
intentarlo, y le escuchas, pero no le entiendes. No comprendes cómo
puede haber sobrevivido, si es que siempre ha vivido así, porque lo
presupones. Los pobres nacen pobres, los ricos nacen ricos....el eco
de tu ego que resuena distorsionado. Tienes que esforzarte más.
Por eso es preciso prolongar el
silencio, no recluirlo a unos breves momentos cotidianos, ni siquiera
a unos pocos días. Hay que desencalar las paredes que reverberan
defectuosamente.
El pobre tuvo una vida,
seguramente desestructurada, y quizá durante un tiempo se mantuvo
dentro de los límites del primer mundo, sin duda con gran esfuerzo.
Sus carencias le poseyeron y sucumbió a sus limitaciones.
Uno no
nace pobre, la vida le empobrece o le ensalza. No existe el azar ni
la casualidad, existe la realidad, esa que solo se puede observar
desde el silencio tras vaciarse de sí.
Dos monedas queman en el bolsillo
auxiliar de mi pantalón vaquero. Uno está destinado a fruta, y el
otro a café.
Queman porque justificar que mi consumo será
moralmente superior al suyo no calma mi conciencia. Lo he visto salir
del supermercado con un brick de vino barato y una mirada perdida en
el infinito. Es la mirada del que ya no espera más de la vida, del
que sabe que no puede aportar nada a la vida, que es un parásito.
Por eso queman mis dos monedas. La
fruta y el café son pequeños parches de una brecha que se va
abriendo más y más cada día, porque empiezo a practicar el
silencio.
Veo la realidad y veo al pobre, y
comprendo que cada brick de vino barato para él es una batalla
ganada en una guerra que sabe tiene perdida. Pero después me doy
cuenta de que todos hemos perdido la guerra de alguna manera porque
lo único que seremos en el futuro son huellas en la playa que el mar
borra lamiendo inexorablemente la orilla.
La huella del pobre se imprime
desde el silencio en mi memoria, y las monedas arden. Una y otra vez
paso por su lado obviando mis propias conclusiones, porque no estoy
del todo en silencio. Hasta que de pronto un día las voces dejan de
resonar y deposito el ardiente metal en su vaso de plástico, mirando
a unos ojos que dicen lo que la boca no pronuncia porque es una
letanía, un recital aprendido.
Pero los ojos no mienten. Había un
hombre ahí adentro que sucumbió. No puedo saber la historia, pero
sí deduzco la dignidad, porque ese montón de harapos y barba sucia
desdentado fue una vez un niño inocente, y después no hubo silencio
en su vida, y las ondas malformadas que volvían a sus oidos lo
destrozaron.
Yo solo se que desde el silencio y
el vacío de mi bolsillo, desde el gruñir de mi estómago y el
síndrome de abstinencia del café una sonrisa no dibujada pintaba mi
cara, y todo tenía sentido.
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