El cerebro masculino tiene ideas peregrinas acerca de cómo producir la serotonina que engrasa los deseos y las acciones. Aquella madrugada me sobresalté de la cama a las siete de la mañana a pesar de no tener absolutamente nada que hacer, y quizá por eso, con la idea de perderme por el monte más solitario que conociese.
En el pasado fui boy scout, pero eso treinta años después no ayuda demasiado a elegir un escenario como el deseado, así que me dirigí a lo seguro, al nacimiento del Rio Palancia que en mi infancia había conocido y en mi adolescencia y juventud había visitado en multitud de ocasiones.
A simple vista el entorno no parecía haber cambiado demasiado desde mis primeros recuerdos, pero en la soledad de mi paseo una vez aparcado el coche a la altura de la fuente de los Cloticos, pude observar detenidamente la sequedad de los pinos, los desperfectos de los desprendimientos por la erosión, y el deterioro de las pistas forestales que hacían impracticable su acceso con un vehículo convencional como mi humilde Peugeot.
La temperatura a las 09:30 de la mañana a la sombra era de 8 grados, una temperatura excelente para finales de otoño. Más tarde, cuando saliese el sol por encima de los picos del valle, seguramente subiría hasta los 16 o 17 grados.
Jueves laborable resultó ser garantía de soledad, que se produjo en absoluto durante las horas que duró mi travesía. Iba extrañamente bien equipado tanto de abrigo como de guantes, que más tarde resultaron ser fundamentales para mi regreso. Dos suéteres de lana y una chaqueta de pana, todos ellos donaciones realizadas en bolsas de ropa que periódicamente aparecen por casa. El pantalón vaquero más antiguo que poseía y un calzado ligero de marcha Quechua que quizá no amortiguaba del todo las numerosas piedras e irregularidades del camino.
Una hora y media antes mi desayuno había consistido en cinco galletas sin azúcar mojadas en un café descafeinado con leche desnatada sin lactosa. Todo ello aderezado con una dosis de Paroxetina de 20 mg. y otra de Alprazolam de 1g.
A pesar de no haber cobertura, y por miedo al Alprazolam, conecté el GPS de mi móvil no fuese que un resbalón me hiciera perder el equilibrio y la Ley de Murphy terminase conmigo inconsciente en algún barranco. Por si acaso surcaba el medio de las pistas sin asomarme mucho a las laderas, cada vez más empinadas. Las cotas según Google Maps que traía precargado en el móvil oscilaban entre los 800 y los 1.200 metros. En caso de necesidad no sería muy difícil dar conmigo.
Tampoco es que mi idea fuese otra más que pasear y tonificar los atrofiados músculos de las piernas, pero el monte, como el mar, es muy traicionero.
Pronto comenzaron a pasar los minutos y mi memoria parecía empezar a recordar los recodos que tantas veces había perfilado en el pasado. El frío resultaba una bendición desde dentro del forro de algodón y lana en el que me encontraba, y su leve azote en la cara era como una caricia invitando a la plena consciencia, al despertar de los sentidos abotargados por la medicación.
La soledad pasaba desapercibida. A pesar de que el bosque estaba despertando, el murmullo del viento peinando los pinos entre los recovecos de las montañas era como sentir la respiración de un Gran Ser que me vigilaba desde cada rama, desde cada peña, desde cada hoja, y el pequeño riachuelo que tantas veces había visto crecido era como un acompañamiento del suave fluir de la sangre al compás del agua.
El inmenso cielo parecía un espejo donde el alma podía lanzar sus sombras sin apenas machar el prístino azul que lo diluía inmediatamente. La ocasión se antojaba propicia y pronto la respiración acompasada y el sudor bajo la ropa comenzaron a advertir de cuán provechoso resultaba caminar en esas condiciones.
Llegó la hora de elegir. El camino, como en el poema de Robert Frost se bifurcaba. A la derecha la senda que conducía al cañón de piedra espectacular tras el cual brotaba el río desde la misma montaña. Un paseo de apenas media hora que había transitado decenas de veces a lo largo de los años.
| "...Two roads diverged in a wood, and I— | |
| I took the one less traveled by, | |
| And that has made all the difference." |
A la izquierda una pista forestal que indicaba como destino un barranco. En el mapa parecía tratarse de tres o cuatro kilómetros que terminaban al otro lado del cañón de piedra.
Me pareció buena idea dejar de lado la senda conocida para aventurarme por la auténtica soledad de lo novedoso, con el aliciente de que podría retornar a través del precioso cañón de piedra en sentido opuesto.
Calculé unas tres horas. A las 13h ya estaría de vuelta en el coche.
La nueva pista forestal comenzó a ascender zigzagueante por la falda de una montaña, y por momentos sentía el efecto del Alprazolam minando mis abductores y mis gemelos y obligándome a redoblar las órdenes de trabajo que el cerebro drogado se empeñaba en desviar a capricho.
Hasta que la pista no se allanó no recuperé el resuello. No se trataba del estado de forma, se trataba de los tranquilizantes saboteando mi sistema locomotor.
Tras una hora y media aproximadamente llegué al final del camino que desembocaba en el riachuelo que antaño fuese un auténtico río. El pequeño Palancia que tanta riqueza había aportado al valle que se deshacía en Sagunto.
A partir de aquel punto la pista se convertía en un irregular camino que alternaba márgenes con tramos transitados y transitables y otros impracticables por las zarzas y matorrales que impedían el avance. En ocasiones para avanzar había que ejercer de equilibrista por encima de las mohosas piedras que formaban pequeños escalones en el escaso desnivel existente. La marcha se volvió irregular y trabada, dejando atrás la regularidad del deambular por una pista y embarcado en saltos y equilibrios, así como en la agotadora lucha contra las endiabladas zarzas que tenían especial predilección por la pana de mi chaqueta y la habilidad de traspasar la tela vaquera de mis pantalones.
Afortunadamente los guantes de cuero parecían resistir las punzantes espinas, y aunque al final del día quedaron inservibles, los doy por bien empleados.
La lentitud del avance se plasmó en mis revisiones constantes al GPS, el cual me mostraba muy lejano todavía el recodo que accedía al cañón de Piedra. Más de tres Kilómetros. Tras consultar el reloj me di cuenta de que tenía dos opciones; desandar lo andado y llegar a tiempo a comer a Viver, o continuar sin presión ni prisa y comer en Bejís cuando acabase el recorrido aproximadamente a las tres de la tarde.
Al cabo de media hora volvía a hacer una estimación de mi velocidad de desplazamiento y comprendí que mis cálculos no habían tenido en cuenta la lentitud y pesadez de mi avance. Un recalculo me hizo comprender que esa ruta a esa velocidad me llevaría más allá de las cinco de la tarde.
No obstante, al carecer de compromiso mejor para el resto del día y dada la excepcionalidad de mi improvisada aventura decidí proseguir adelante, también como ejercicio de autoexigencia y combate contra la indolencia y la pereza exacerbada por las drogas.
Ese fue mi peor error, ya que el camino se volvió cada vez más tortuoso y mis piernas cada vez respondían peor a las irregularidades del trayecto. Sin alcanzar un nivel de fatiga extenuante, la falta de precisión al caminar me preocupó por si en un resbalón me torcía algún tobillo, sobre todo el derecho, que acababa de rehabilitar tras un annus horribilis de lesiones.
Media hora más tarde cometí otro error sin duda fruto de mi incipiente cansancio, decidí atajar montaña arriba para dejar atrás las piedras resbaladizas y las zarzas agotadoras. Cada paso que ascendía el Alprazolam me recordaba que no era totalmente el dueño de mi cuerpo, que la droga me poseía. Cada tres pasos tenía que descansar cinco minutos. Las fuerzas me duraron media hora, donde ascendí aproximadamente hasta los 1.100 metros consiguiendo así una perspectiva del valle que pasé por enésima vez a cotejar con mi GPS.
Nada cuadraba, mi posición no era la que debía ser. En la falda de la montaña donde me encontraba ya pegaba el sol y de mi frente comenzó a manar sudor más allá del propio del ejercicio físico. Tuve que desvestirme y ceñirme al menos un suéter de lana a la cintura para enfriar mi cuerpo.
El sol me indicaba que la ruta era buena, pero el GPS me localizaba en la montaña de enfrente, orientado al norte, en los pinos que crecían en la humedad de las sombras.
Entonces comprendí la magnitud de mi error. Aparte de haberme aventurado a solas alejado de las seguras pistas forestales, mi dosis de Alprazolam no me permitía exprimir mi cuerpo ni calcular mis fuerzas. Sentía un creciente mareo y una acuciante confusión, exactamente igual que en los ataques de pánico para los que me lo habían prescrito.
Respiré hondo, busqué cobijo en alguna escasa sombra y me tumbé intentando no quedarme dormido como me pedía el cuerpo tras el esfuerzo, buscando la mejor salida geográfica, psicológica y física a mi situación. Las piernas ya me fallaban preocupantemente. No sería mi primer esguince en la montaña, y conocía sus consecuencias.
Por un momento me vi trasnochando bajo algún arbusto mientras la Guardia Civil decidía si emprender mi búsqueda o esperar al día siguiente. Con la ropa que llevaba podría aguantar sin demasiadas consecuencias los tres o cuatro grados de la noche sin que la hipotermia me incapacitase. Lo que me daba más miedo era no tomarme las pastillas y tener un efecto rebote que me disparase la ansiedad.
No tenía fuerzas para pensar, el calor comenzó a agobiarme, y sentí que necesitaba beber. Hice acopio no sin gran sacrificio para ponerme en pié y buscar entre los pinos, zarzas y piedras una forma de regresar al río. La aventura debía acabar, debía desandar lo andado y a ser posible sin lesionarme.
Encontré una pequeña rambla que alternaba rocas por donde en época de lluvias bajaba rauda el agua con zarzas que crecían a continuación. Estaba tan cansado que no pude ni plantearme buscar una alternativa mejor. Comenzaron las caídas leves, los zarzazos cada vez más dolorosos. En un momento dado me di cuenta de que uno de mis suéteres se había desprendido de mi cintura y había desaparecido. La chaqueta comenzó a desgarrarse, el avance era cada vez más pesado y doloroso para mis rodillas, ya que se trataba de un abrupto descenso.
Una inesperada zarza me arañó un trozo de nariz comenzando a sangrar. Con mi último pañuelo detuve la hemorragia. Tras reconocerme en un inesperado "selfie" comprobé que no se trataba de nada grave.
Rótulas y tobillos doloridos media hora después recobré el curso del río. Esta vez el cansancio no me daba opción. Si no regresaba lo antes posible la sombra de una lipotimia o una pájara se cernía sobre mí. La forma más rápida de avanzar era por dentro del propio río.
Afortunadamente el agua no estaba demasiado fría. Lo suficiente para aliviar los tobillos pero no tanto para doler. Debía rondar los siete u ocho grados. Bebí y me lavé la cara y el cuello, con lo que percibí una inmediata mejora de mi estado físico.
Media hora después había vuelto a la pista, y tuve que caminar despacio ya que el cansancio y la confusión se asociaban.
Gracias a las drogas el dolor en las articulaciones y el frío quedaron mitigados, pero el tiempo transcurría con pesadez y el Peugeot parecía haberse esfumado de la interminable pista forestal.
La aventura acabó a las tres y media, cuando sudoroso, confuso y empapado encendí el motor del vehículo y me dirigí a Bejís a reponerme con un sencillo bocadillo de lomo y mucho, mucho líquido.
La siesta duró tres horas, y estuvo plagada de pesadillas. El monte siempre había sido la metáfora de un refugio para mí, el paseo azaroso había grabado en mi subconsciente una nueva acepción, la de la relatividad de la edad, de la salud, de lo rápido que enmedio de la mejor experiencia puede cambiarte la vida, o correr el riesgo de terminarse.
Todo quedó en anécdota. Gracias a Dios. Mi tobillo derecho sigue quejándose y lo hará unos meses, pero la lección de humildad ha valido la pena.




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