sábado, 27 de septiembre de 2014

MI CLAUSTRO





Va y resulta que la realidad es tan relativa que es difícil caminar con pie firme por los laberintos de las decisiones cotidianas. Va y resulta que un momento estás seguro de que lo que tocas es tangible y al segundo eso mismo se evapora como el humo. Va y resulta, como efecto de una suma, el total de los misterios de la conciencia sofocados por todo lo que la rodea, impidiéndola crecer. Es la consecuencia de ese miedo que nos une y nos agrupa en colonias de mutua dependencia donde el beneficio de la agrupación supera teóricamente al perjuicio. La conciencia, acribillada por las consignas y las pautas colectivas necesarias, se arropa en una escasa noción de sí misma, un mínimo para existir, y así pasan las generaciones...

Luchando contra la desaparición, con escasas fuerzas, hay conciencias que se bajan del tranvía desbocado de la alienación y se dedican a pensar, suspendidas en el tiempo, detenidas en una estación de poco tránsito, seguras en su intimidad, aferradas sin desmayo a sus propias ganas de existir.
Cuando es posible la proeza de abajarse a los adentros de la persona rodeada del tumulto, se produce el instante mágico del conocimiento. Instante breve al evocarlo, se mide por parámetros temporales diferentes, porque en la memoria, el tiempo son capas de piel que van saltando al raspar los escozores del recuerdo, según su emotividad, y no intervalos regulares de idéntica duración.
Una especie de claustro monacal, pongamos por símil, adonde retirarse para reflexionar. Un patio, un jardín interior poblado de disimuladas salidas y entradas con potentes corrientes de aire capaces de succionarlo a uno al menor descuido. Un sitio inexistente que existe al desearlo. Un desvío a la derecha de la fantasía y a la izquierda de la realidad. Un lugar donde la soledad no existe porque no se está solo cuando realmente se está en alguna parte. Porque precisamente esa asimilación con el espacio interno es lo que da sentido a su existencia.
Cómo cada cual visualiza o decora su claustro, es inimaginable e imposible de describir. Pero vaya por delante un intento.
El mío se amuebla con sonidos de colores ocres y formas rectangulares, huyendo del vértigo de las virutas de los capiteles. Es un lugar en penumbra serena y silencio cálido construido sobre unos pilares muy básicos, las siete notas armónicas y los tonos marinos. Mi claustro tiene forma y no la tiene, pero existe en alguna parte detrás de mis ojos, donde no alcanza la vista.
Es ese rincón del alma que evocan los poetas, esa biblioteca perdida que buscan los filósofos, esa ecuación que da sentido a la vocación de los matemáticos y los físicos. El centro de la sabiduría no escrita que viene de serie en todos los modelos de ser humano, solo que algunos, como el intermitente en los coches, no saben ni que existe.
Un cuadrado dibujado durante milenios en nuestra espina dorsal, oculto a los microscopios y los escáneres, un enchufe que nos conecta no sabemos muy bien adonde, y la corriente es arisca al principio. El refugio de los débiles, la verdad de los valientes, la fuente de los verdaderamente inteligentes, la puerta necesaria para acceder a la felicidad.
Sin manual de instrucciones, como el silencio, se accede por la voluntad y se permanece lo justo para desanudar el lío que se nos haya montado a las circunstancias de cada cual, a veces la mayoría del tiempo, a veces milésimas de segundo, según la cantidad y la potencia de las neuronas empleadas al efecto.

Un lujo, una vivienda gratis para el ser, a caballo entre la meditación y el asombro. Una lágrima no vertida que se convierte en llave y abre el tiempo a la mente y desaparecen las horas de espera, el tedio y la impaciencia para alojar una perspectiva superior desde donde el único sentido que tiene el tiempo es el de la muerte lenta de las células del cuerpo. Un camino que aleja al dolor del miedo separándolos para darles sentido por separado; al dolor le llama por su nombre y le pone la etiqueta de “personal e intransferible”, y al miedo lo disipa endulzándolo con pentagramas para una nana espiritual que acaban llenándose de notas tras varias visitas al claustro y componen la canción de nuestro carácter.
No recuerdo del todo bien toda mi infancia, aunque sé que está guardada en algún rincón de la memoria, pero recuerdo perfectamente acudir a mi claustro a la cita conmigo mismo cada cambio de equinoccio, para entender el sentido de las palabras vertidas y almacenadas, para descifrar el código del precario equilibrio circundante y asirme a la baranda que guíe el camino a recorrer. Recuerdo perfectamente la succión hacia el claustro y lo etéreo de la estancia, espantando fantasmas a la sombra de los cipreses del jardín. Recuerdo oler las flores que crecen al margen de la fuente y ser invadido por la paz en la tristeza, la sabiduría en la ignorancia, la calma en la tormenta, la relajación en el dolor. Recuerdo mi sorpresa al reentrar en ese lugar en ninguna parte y a la vez sentirme más que en ninguna otra parte como en mi casa.
Recuerdo hablar con la esencia de las cosas y debatir su naturaleza para poderla comprender, recuerdo un murmullo al horizonte, porque mi claustro tiene paredes infinitas, como un coro musitando un energético y estimulante himno en voz baja, confundiéndose con el viento.

Y cada vez más accedo a través de esa guitarra rota que sobrevive en un rincón polvorienta y sucia, como aquella que también recuerdo de mi infancia sobre un sofá rojo y brillante. Ahora mis manos de cerrajero desentrañan séptimas y disminuidos, pero sobre todo arpegios, que como una oración poco convencional pero de corazón honesto muestra los escalones que conducen a mi claustro.
Ella es la mártir que sufre mis desprecios y a quien acudo con prisa para entrar al inexistente jardín de la existencia. Araña mis oídos y desenlaza mi esqueleto preparándome para acceder a mi claustro. No la mimo ni la busco, pero siempre está allí, erguida como un velero, varada indiferente a mi indiferencia, constante en su intensidad, porque ella es la llave, la puerta y el patio, los soportales y el musgo de las columnas.
Va y resulta que la toco y no está y ya he entrado y estoy escribiendo y estoy pensando qué haré mañana, porqué hice aquello ayer, cuándo es hoy...

...

Las paredes contienen al pálpito desesperado de la impaciencia humana, el sinsentido de la precipitación, mi claustro al menos es algo: es bueno. Me permite tener una vida digna, me permite crecer, me permite descansar, me permite esperar en silencio al absurdo arrullado por la fuente incesante que brota en medio del patio.


Este es supongo el claustro que evocan las clausuras, el lugar definitivo, el cuadro donde se va pintando el rostro de Dios.”

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