“Va y resulta
que la realidad es tan relativa que es difícil caminar con pie firme
por los laberintos de las decisiones cotidianas. Va y resulta que un
momento estás seguro de que lo que tocas es tangible y al segundo
eso mismo se evapora como el humo. Va y resulta, como efecto de una
suma, el total de los misterios de la conciencia sofocados por todo
lo que la rodea, impidiéndola crecer. Es la consecuencia de ese
miedo que nos une y nos agrupa en colonias de mutua dependencia donde
el beneficio de la agrupación supera teóricamente al perjuicio. La
conciencia, acribillada por las consignas y las pautas colectivas
necesarias, se arropa en una escasa noción de sí misma, un mínimo
para existir, y así pasan las generaciones...
Luchando contra la
desaparición, con escasas fuerzas, hay conciencias que se bajan del
tranvía desbocado de la alienación y se dedican a pensar,
suspendidas en el tiempo, detenidas en una estación de poco
tránsito, seguras en su intimidad, aferradas sin desmayo a sus
propias ganas de existir.
Cuando
es posible la proeza de abajarse a los adentros de la persona rodeada
del tumulto, se produce el instante mágico del conocimiento.
Instante breve al evocarlo, se mide por parámetros temporales
diferentes, porque en la memoria, el tiempo son capas de piel que van
saltando al raspar los escozores del recuerdo, según su emotividad,
y no intervalos regulares de idéntica duración.
Una especie de
claustro monacal, pongamos por símil, adonde retirarse para
reflexionar. Un patio, un jardín interior poblado de disimuladas
salidas y entradas con potentes corrientes de aire capaces de
succionarlo a uno al menor descuido. Un sitio inexistente que existe
al desearlo. Un desvío a la derecha de la fantasía y a la izquierda
de la realidad. Un lugar donde la soledad no existe porque no se está
solo cuando realmente se está en alguna parte. Porque precisamente
esa asimilación con el espacio interno es lo que da sentido a su
existencia.
Cómo cada cual
visualiza o decora su claustro, es inimaginable e imposible de
describir. Pero vaya por delante un intento.
El mío se amuebla
con sonidos de colores ocres y formas rectangulares, huyendo del
vértigo de las virutas de los capiteles. Es un lugar en penumbra
serena y silencio cálido construido sobre unos pilares muy básicos,
las siete notas armónicas y los tonos marinos. Mi claustro tiene
forma y no la tiene, pero existe en alguna parte detrás de mis ojos,
donde no alcanza la vista.
Es ese rincón del
alma que evocan los poetas, esa biblioteca perdida que buscan los
filósofos, esa ecuación que da sentido a la vocación de los
matemáticos y los físicos. El centro de la sabiduría no escrita
que viene de serie en todos los modelos de ser humano, solo que
algunos, como el intermitente en los coches, no saben ni que existe.
Un cuadrado
dibujado durante milenios en nuestra espina dorsal, oculto a los
microscopios y los escáneres, un enchufe que nos conecta no sabemos
muy bien adonde, y la corriente es arisca al principio. El refugio de
los débiles, la verdad de los valientes, la fuente de los
verdaderamente inteligentes, la puerta necesaria para acceder a la
felicidad.
Sin manual de
instrucciones, como el silencio, se accede por la voluntad y se
permanece lo justo para desanudar el lío que se nos haya montado a
las circunstancias de cada cual, a veces la mayoría del tiempo, a
veces milésimas de segundo, según la cantidad y la potencia de las
neuronas empleadas al efecto.
Un lujo, una
vivienda gratis para el ser, a caballo entre la meditación y el
asombro. Una lágrima no vertida que se convierte en llave y abre el
tiempo a la mente y desaparecen las horas de espera, el tedio y la
impaciencia para alojar una perspectiva superior desde donde el único
sentido que tiene el tiempo es el de la muerte lenta de las células
del cuerpo. Un camino que aleja al dolor del miedo separándolos para
darles sentido por separado; al dolor le llama por su nombre y le
pone la etiqueta de “personal e intransferible”, y al miedo lo
disipa endulzándolo con pentagramas para una nana espiritual que
acaban llenándose de notas tras varias visitas al claustro y
componen la canción de nuestro carácter.
No recuerdo del
todo bien toda mi infancia, aunque sé que está guardada en algún
rincón de la memoria, pero recuerdo perfectamente acudir a mi
claustro a la cita conmigo mismo cada cambio de equinoccio, para
entender el sentido de las palabras vertidas y almacenadas, para
descifrar el código del precario equilibrio circundante y asirme a
la baranda que guíe el camino a recorrer. Recuerdo perfectamente la
succión hacia el claustro y lo etéreo de la estancia, espantando
fantasmas a la sombra de los cipreses del jardín. Recuerdo oler las
flores que crecen al margen de la fuente y ser invadido por la paz en
la tristeza, la sabiduría en la ignorancia, la calma en la tormenta,
la relajación en el dolor. Recuerdo mi sorpresa al reentrar en ese
lugar en ninguna parte y a la vez sentirme más que en ninguna otra
parte como en mi casa.
Recuerdo hablar
con la esencia de las cosas y debatir su naturaleza para poderla
comprender, recuerdo un murmullo al horizonte, porque mi claustro
tiene paredes infinitas, como un coro musitando un energético y
estimulante himno en voz baja, confundiéndose con el viento.
Y
cada vez más accedo a través de esa guitarra rota que sobrevive en
un rincón polvorienta y sucia, como aquella que también recuerdo de
mi infancia sobre un sofá rojo y brillante. Ahora mis manos de
cerrajero desentrañan séptimas y disminuidos, pero sobre todo
arpegios, que como una oración poco convencional pero de corazón
honesto muestra los escalones que conducen a mi claustro.
Ella es la mártir
que sufre mis desprecios y a quien acudo con prisa para entrar al
inexistente jardín de la existencia. Araña mis oídos y desenlaza
mi esqueleto preparándome para acceder a mi claustro. No la mimo ni
la busco, pero siempre está allí, erguida como un velero, varada
indiferente a mi indiferencia, constante en su intensidad, porque
ella es la llave, la puerta y el patio, los soportales y el musgo de
las columnas.
Va y resulta que
la toco y no está y ya he entrado y estoy escribiendo y estoy
pensando qué haré mañana, porqué hice aquello ayer, cuándo es
hoy...
...
Las paredes
contienen al pálpito desesperado de la impaciencia humana, el
sinsentido de la precipitación, mi claustro al menos es algo: es
bueno. Me permite tener una vida digna, me permite crecer, me permite
descansar, me permite esperar en silencio al absurdo arrullado por la
fuente incesante que brota en medio del patio.
Este es supongo el
claustro que evocan las clausuras, el lugar definitivo, el cuadro
donde se va pintando el rostro de Dios.”

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