En la época que descubrí el baloncesto y mi habilidad para practicarlo, tras ser un negado en el único deporte que se jugaba en el patio, el fútbol por supuesto, la marca de zapatillas de moda era Converse.
Las calzaban un tal Larry Bird y un tal "Magic" Johnson. Parecía que poseyéndolas cualquiera pudiese emular sus malabarismos y aciertos de cara a la canasta.
Tenían un diseño colorido pero sencillo, bastante armónico. Enamoraban a primera vista.
Desgraciadamente estaban al alcance de la clase media-alta, donde yo no pertenecía, y a pesar de mi hipnosis por su diseño y prestaciones, nunca tuve unas.
De hecho desde los 17 hasta los 25 años, que es cuando más y mejor jugué, nunca tuve zapatillas de marca conocida, ni siquiera tuve unas zapatillas apropiadas.
Sin embargo debo decir que nunca disfruté jugando como entonces, con mis zapatillas de marca desconocida. Siempre intenté adquirir unas lo más parecidas posible. En aquella época no estaba tan desarrollada la tecnología deportiva, y las suelas de las Converse eran planas. A mí me parecía que su utilidad era para darte estabilidad en las maniobras rápidas y desequilibrantes.
Más tarde aparecerían las "pump air" y la irrupción de Nike y Michael Jordan cambiarían la historia para siempre.
Ahora tengo varios pares de zapatillas, Nike, Adidas, Munich, etc... fútbol sala, futbol 8, que apenas practico, baloncesto en cancha de asfalto, donde a veces entreno y me lesiono, baloncesto en suelos de parquet, donde nunca juego.
Todas son de marca, pero ninguna es Converse, han pasado de moda, como los relojes Casio.
Veinticinco años después de ser capaz de hacer deporte ya tengo la capacidad de equiparme como antaño lo hacía la clase media-alta.
La única pega es que mi cuerpo no acompaña los avances ortopédico-deportivos con la capacidad de la juventud, y todo ello me lleva a una interesante reflexión.
Pude sobrevivir emocionalmente a la ausencia de poder adquisitivo y disfrutar muchísimo haciendo deporte y destrozando zapatillas. Llegué a ser apodado "Plastelina Jordan" por mi capacidad de salto y contorsionismo a la hora de entrar a canasta. Llegué a machacar, si. Con mucho esfuerzo y a duras penas, pero era un buen saltador.
Ahora me destrozó las articulaciones y las zapatillas siempre están como nuevas. De nada me sirven el poder adquisitivo ni la tecnología, nada cura la edad, y aunque sigo maltratando mi esqueleto de vez en cuando, echo la vista atrás y añoro mis pésimas zapatillas que no me daban el vigor para saltar sino la necesidad de esforzarme para hacerlo.
Que nada frene tu pasión, ni la precariedad ni la adversidad, simplemente disfruta y explota todas tus capacidades. Nunca le eches la culpa a las circunstancias.





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