jueves, 17 de octubre de 2013

EL PESO INVISIBLE

     "Primer plano del bajo de los impecables pantalones vaqueros desde el tobillo hasta la rodilla. Paso firme aparente apoyado por el sonido incisivo de los tacones de unos mocasines oscuros con reflejos granates y tacón de madera.

     La suciedad del suelo crepita aplastada por el peso de Pedro Casas mientras desenfocado en segundo plano se acerca un edificio bajo, amplio y carente de ventanas. A medida que avanza la intuición de una nave industrial se va enfocando hasta volverse cierta.



     Cambio de plano. Grua Camcrane que asciende y se aleja de Pedro Casas abriendo el ángulo y reforzando la sensación de llegada a su destino. Una puerta de carga y descarga cerrada.

     Plano medio desde la puerta del torso y rostro contraído, como angustiado. De fondo el trayecto recorrido desde la primera escena. Un paraje industrial desierto y polvoriento, abandonado como si el sector al que pertenece se hubiese quedado obsoleto veinte años atrás.

     Sucesión de primeros planos del rostro que aparentemente inmóvil va reflejando cada vez más tensión. Las cejas están rígidas y se advierte un ligero temblor en la comisura de los labios.

     Comienza la acción. Pedro abre la puerta corredera de un fuerte tirón y el estruendo viste por sorpresa la escena abarcándolo todo. Cuando se apagan los ecos en las lejanas paredes de la nave los mocasines adentran al personaje hasta el interior luminoso y diáfano. El vacío absoluto lo llena todo y apenas se adivina la luz polvorienta con sus motas iluminadas desde las claraboyas  flotando inertes.
     A los pocos pasos la suerte de almacén gigantesco y vacío parece haber engullido a Pedro, que viste una camisa blanca ocultando el sudor frío que le recorre la piel erizada.
     
     El señor Casas tenía un objetivo que apenas requería de concentración y voluntad. A sus trenta y cinco años era el encargado de imaginar toda la maquinaria necesaria para dotar a aquel amplio espacio industrial de capacidad productiva total.
     
     Esa era su especialidad, poseía un talento innato para ello, no necesitaba siquiera un soporte para tomar notas. Directamente impresionaba en su cerebro los elementos necesarios dispuestos de la manera más lógica y más tarde lo trasladaba de palabra a los delineantes e ingenieros.
     
     Calculaba perfectamente con los juegos de luz como única referencia las medidas de los locales. Aquel rondaba los cien metros por setenta y cinco- con un margen de error poco probable debido a los estándares del plan urbanístico de dos metros-, distancia totalmente despreciable teniendo en cuenta los márgenes de seguridad de la colocación de las máquinas.
     
     De todas maneras algo no funcionaba bien aquella vez. Todo estaba en su sitio excepto aquel sudor nada más bajar del coche que quedaba aparcado fuera de la vista en las escenas iniciales.
     La tensión le resultaba una inusual molestia de origen desconocido. Nada había afectado a sus rutinas básicas. Su intensidad era creciente y comenzaba a impedirle visualizar el orden de las máquinas.
     
     Comenzó a sentir frío, estaba concentrado en la colocación de las máquinas iniciales pero no visualizaba el orden. Lo hacía de forma tan mecánica que comenzó a preocuparse cuando tuvo que esforzarse más y más para mantener la concentración.
     Las rodillas decidieron temblar a causa de una pérdida repentina del vigor necesario para mantener su cuerpo erguido, por lo que tuvo que plegarse sintiendo como el sudor resbalaba por su torso y espalda empapando su estómago e inundando su pelvis y sus nalgas.
    Intentó permanecer hincado con las manos a ambos lados manteniendo el equilibrio, pero la tierra reclamaba su cuerpo con una incontestable vehemencia.


     Yació como una marioneta abandonada en medio del enorme almacén incapaz de asimilar lo que por primera vez en su vida le estaba ocurriendo. Rostro en tierra contemplaba atónito el increíble caudal de sudor mezclándose con el polvo del suelo.
Tenía tanto frío que ni siquiera podía temblar.

     
     Plano ininterrumpido con Steadycam dando vueltas lentamente alrededor de Pedro Casas postrado con la mirada totalmente perdida. La luz incide en diagonal sobre la mitad de su cabeza hasta el codo pasando por el cuello y una esquina de la espalda. El cabello emite reflejos castaños casi rojizos y destellos de brillo allí donde el sudor se acumula. El resto del pelo queda oscurecido por el contraste.
     

     La camisa empapada parece un velo pegajoso mostrando una piel brillante blanqueada por el tejido.
     
     Plano cenital estático en el que apenas las motas flotantes que atraviesan los rayos de luz indican que no se trata de una fotografía de un hombre derrumbado y yacente.
     La conciencia alterada se equilibró al cabo de unos interminables minutos que parecieron horas. Pedro comenzó a hilvanar pensamientos linealmente y a razonar sobre el umbral de la cordura.
     Sentía como si una invisible maza gigante le hubiese golpeado. Obviamente aquello era solo la sensación. La explicación de su estado debía fundamentarse sobre alguna razón fisiológica. Su cuerpo parecía no querer moverse, así que todavía aterrorizado por el desplome no lo violentó y se concentró en intentar razonar.
     Era relativamente joven y se mantenía en forma sin grandes esfuerzos. Su trabajo le encantaba y llenaba una gran parcela del espacio de sus emociones destinado a sentir felicidad. No consumía ningún producto o sustancia sospechoso de ser perjudicial. No recordaba ningún incidente reciente, nada fuera de la más absoluta normalidad.

     
     Plano General del interior desde la puerta por donde Pedro Casas había accedido. Al fondo, sobre el suelo se intuye el bulto que por inercia visual se adivina es el inerte protagonista.
     
     Primer plano de un iphone 5S iluminándose y vibrando. No se distingue el número entrante. El móvil se halla mimetizado en el cuero del asiento del acompañante del Audi de Pedro Casas...."




-Pare, pare, señor Baeza, ya he tenido bastante...
-Pero....
-No insista, ya sabe cómo están las cosas, los ensayos metafísicos no venden entradas en taquilla...
-¡Pero aun no hemos llegado al momento gancho...!
-Lo imagino, pero todos los días escucho y leo varios guiones, ya veo por donde va el suyo. En estos momentos no estamos interesados en este tipo de historia. Le ruego y le animo a que busque en otra productora.
-...Está bien, gracias de todos modos por atenderme"
-Gracias a usted, y no me malinterprete, no es una cuestión de talento. Son solo negocios.
-Gracias, Sr. Urralde, ha sido usted muy amable.


judijaba 18 oct 2013

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