El enemigo nos tenía rodeado. Al norte con un aterrador batallón de inmisericordes guerreros a espada. Al sur con ágiles jinetes de afiladas lanzas. Al este con tribus salvajes de las lejanas tierras allende los mares. Al oeste con dragones que expelían fuego y azufre por su boca guiados por magos negros.
La derrota era evidente. Nuestro castillo se hallaba en ruinas, el foso se había secado, la mayor parte de mi ejército había desaparecido, y los soldados que quedaban no eran valientes. No habían huido por miedo a la oscuridad de los bosques cercanos. Apenas la cuestionable arquitectura de la fortaleza podría evitar una masacre total.
Jamás me había enfrentado tan mermado a un combate tan dispar. En otros tiempos mis fuerzas contagiaban a la tropa que enardecida despedazaba a cualquier intruso por poderoso que pareciese, sin miedo a las bajas.
Yo mismo lideraba las embestidas ardiente en sed de sangre enemiga y celoso hasta la extenuación de mi reino sagrado. No me dolían las flechas que traspasaban mi armadura, ni los golpes de las mazas ni los mandobles que recibía. Antaño una inconsciencia primigenia me dotaba del poder de destrozar insensible al perverso enemigo invasor, y después tras la calma de la victoria hacer recuento de las bajas y curar las heridas.
Eran los buenos tiempos, cuando la corona no pesaba sobre mi cabeza como ahora, que enmarcada en mis canas me aplasta como una condena y me obliga a refugiarme en la torre del homenaje, desde donde apenas logro articular órdenes difusas a mis desconcertados capitanes.
Primero llegaron desde el oeste los dragones incendiando todo lo susceptible de arder y sembrando en terror entre la población refugiada intramuros. El puente del foso ardió hasta consumirse impidiendo el acceso de las tribus del este que dejaron paso a las lanzas de los jinetes. Las bajas fueron numerosas.
Los guerreros a espada eran ágiles y se las ingeniaron para sortear el vado del foso seco y penetrar en la fortaleza. Mis pocos capitanes valientes repelieron el primer ataque, pero por la retaguardia y desde el aire les diezmaron los dragones. Los supervivientes se retiraron hacia la segunda muralla.
Desde la ventana de rodillas calculé que mi muerte sería en menos de una hora al ritmo que moría mi pueblo.
Las mujeres se enfrentaban a los poderosos soldados enemigos con el último aliento de pundonor que quedaba en el reino.
Morían como valientes aguantando la mirada del que les atravesaba con su espada.
La estructura resistió al fuego y el laberinto tras la segunda muralla ralentizó el avance de los feroces sembradores de sangre.
Viendo la muerte segura acercarse y no pudiendo resistir por más tiempo el dolor de mi pueblo salí temblando de mi escondite y bajé las escaleras sin armadura para ir más ligero y confiando en que la estocada que me robase el aliento fuese certera.
Me pareció escuchar truenos antes de salir al patio de armas, donde el resto escaso de mi tropa contenía a duras penas a los enemigos que lo inundaban tras superar el laberinto.
-¡El Rey ha vuelto!-gritó un soldado al verme salir justo cuando empezó a diluviar.
Los soldados recuperaron el brillo del rostro e imitando mi despojo suicida de protecciones metálicas redoblaron su ímpetu al repeler a las tribus y los maestros de la espada.
La lluvia volvió inútiles a los dragones, y los jinetes caían al suelo al resbalar sus cabalgaduras por los adoquines pulidos del laberinto. Aun así nuestras fuerzas llegaban a su fin. Sentí tajos y golpes dolorosos y diezmé a un grupo de salvajes, pero me sentía desfallecer.
De pronto tuve una visión cegado por la sangre que manaba de mi frente, los truenos doblaron su intensidad y la lluvia apenas permitía distinguir a más de diez metros.
- ¡Por lo más sagrado, soltad las espadas, arrojad los escudos!-grité como un poseso a mi desesperada guarnición. Dudaron unos segundos pero me vieron hacer lo que les pedía y afortunadamente no tardaron en reaccionar.
Muchas habían sido las batallas que a mis órdenes habían ganado, y a pesar de mi evidente debilidad y decadencia se impuso la lealtad y la fidelidad justo a tiempo de que una lluvia de rayos fustigase el espacio como si el mismisimo infierno nos hubiese engullido.
Rayos y truenos cegaron nuestra vista y ensordecieron nuestros oidos durante más de media hora, al final de la cual cesaron rápidamente y desaparecieron como la lluvia y las nubes.
La luna llena iluminó un increíble espectáculo de soldados armados hasta los dientes y pertrechados de protecciones de metal chamuscados y deshechos mientras nuestros soldados atónitos e ilesos miraban al cielo intentando comprender.
Muchos años costó recuperarse de aquel ataque, y yo volví a refugiarme exhausto a la torre del homenaje, pero mis guerreros no volvieron a perder el brillo en la mirada, aunque yo no me cansaba de repetirles:
-No fuí yo, fué el Cielo quien nos salvó.
Me ha encantado
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