miércoles, 9 de octubre de 2013

SOBRE UNA ALFOMBRA VERDE

 
SOBRE UNA ALFOMBRA VERDE





 El Renault 5 de Pedro era una máquina indestructible, nuestro agonizante visado hacia una vida mucho mejor que la que nos ofrecían las irregulares campañas de recogida de olivas y el paro en la provincia de Jaén.
     Ronroneaba como un gato más allá de los 80 kms/h, y le temblaban las entrañas como si el Parkinson se hubiese apoderado de él.
      Salimos del pueblo con el coche y unos pocos ahorros rumbo al norte animados por un primo de Pedro que vivía en Nules, un pueblo de la provincia de Castellón, más allá de Valencia.
     Los camiones en la carretera nacional parecían monstruos amenazantes que de un leve estornudo podían sacarnos de la calzada.
     Pedro y yo nos habíamos criado juntos. Habíamos ido al colegio juntos, habíamos trabajado juntos en la obra y los olivares, y después de la mili, donde nos separaron, habíamos resuelto dar un empujón a nuestras vidas buscando ganarnos el sustento y abandonar definitivamente el nido paterno. La vida se nos quedaba pequeña en el pueblo, y todos los buenos amigos se acababan yendo.
     Paramos a comer el último bocadillo que nuestras madres nos habían preparado. Masticábamos en silencio sentados en un bordillo de la gasolinera contemplando al exhausto Renault que parecía temblar de cansancio.
- No durará mucho.- Espetó Pedro tras ingerir un bocado de chorizo.
- Ya ha hecho bastante. Si nos va bien lo jubilaremos.- Contesté en un tono consolador.
Nos permitimos el lujo de un café y reanudamos nuestro viaje. Hasta la noche no alcanzamos Nules. El primo de Pedro nos habilitó unos colchones en un almacén y nos invitó a cenar en su humilde casa. La tortilla de patatas nos supo a gloria.
- Mañana madrugaremos porque ya ha empezado la campaña de la naranja y las collas de peones se reúnen en los almacenes. Intentaremos que nos cojan a los tres.



     Y así sin más unos días con más suerte que otros comenzó nuestra nueva vida. En cuanto pudimos alquilamos una destartalada casa en las afueras. La campaña de la naranja se extendió hasta marzo, nos proveyó de fondos para unos meses, pero pronto tuvimos que peregrinar de obra en obra buscando trabajo.
      Pedro se colocó de camarero en un restaurante tras las fiestas locales de la capital, yo tuve suerte en una obra en un polígono de las afueras donde estaban construyendo un complejo de fincas con zonas comunes ajardinadas. Al final del día volvíamos a Nules hasta que encontramos un piso barato en Castellón, con el consiguiente ahorro de gasolina y de oraciones para que el Renault aguantase un poco más.
     En verano falleció, pero decidimos no buscarle sucesor hasta que no hiciese falta. La ciudad y nuestros trabajos no lo requerían.
     La grúa se lo llevó y tuvimos que contener el llanto. Nuestro compañero de aventuras, nuestro salvoconducto para las distancias, nuestra bandera de libertad....
     Muchas historias se adentraban en el oscuro pasado tras la marcha del que fuese el vehículo del abuelo de Pedro, correrías juveniles, noches inolvidables...era como si la realidad se hubiese desvelado tras su última avería.
    Mi propio cuerpo pareció contagiarse de aquella fatalidad y levantando una pared ladrillo a ladrillo una fresca mañana de otoño decidió averiarse a la altura de la espalda. Inmóvil hasta el hospital por el dolor, tuve conciencia de que a los veinte años mi juventud había terminado.



     En la misma obra, el encargado, que era andaluz también y me tenía simpatía, me dio una carta de recomendación para trabajar en una azulejera donde un amigo suyo era jefe de personal. Mi espalda tardaría en parecerse a lo que era, y siguiendo su consejo aprendí a manejar el torito y me hice un lugar en la fábrica, adonde iba caminando para fortalecer los músculos dorsales. Tuve suerte de que entre las decenas de fábricas de azulejos que había en la provincia, aquella era de las más cercanas posibles. Apenas a cuatro kilómetros de casa.



     Pedro acabó haciendo migas con la hija del dueño del bar, que a temporadas colaboraba en la barra del cada vez más concurrido restaurante, y poco a poco fuimos compartiendo menos momentos en común.
    Mi trabajo cargando camiones y ordenando el almacén me llevó a tener que comunicarme con camioneros extranjeros, que cada vez en mayor número venían a cargar para exportar a sus países, y así descubrí mi facilidad para los idiomas.
     Por las tardes decidí aprender inglés, alemán y francés con profesores particulares. Pedro apenas aparecía por casa, pero no solo seguía colaborando en los gastos, sino que tres o cuatro veces por semana se traía comida sobrante del restaurante, así que sin ningún lujo me pude permitir durante un año alcanzar un nivel básico en las tres lenguas.

     Pedro se comprometió oficialmente y se casó con la hija del dueño, dejándome solo en el piso. Fue una boda preciosa y mi alegría a pesar de la pérdida fue sincera. Parecía un buen momento para replantearse la vida.
     Un buen día, movido por un difuso impulso, subí a las oficinas y hablé con el jefe de personal para explicarle que me defendía en aquellos idiomas y que contasen conmigo para algún puesto más relacionado con ellos. Tres meses después comenzaron a formarme como administrativo comercial, y al cabo de poco tiempo me emplazaron en las oficinas donde los faxes y el teléfono acabaron de darme soltura en las lenguas foráneas.



     Al cabo de un año Pedro tuvo una hija y a mí me pidieron que fuese a visitar a unos clientes a Quebec, los italianos y los chinos nos estaban comiendo terreno y la empresa lanzó una campaña de fidelización sin precedentes para la cual echaron mano de todo el personal cualificado. Empecé a viajar y conocer países y gentes que jamás habría soñado conocer.

     Las relaciones personales no se me daban mal, y pronto me hice con una buena cartera de clientes. Me convertí en huésped de aeropuertos y hoteles anodinos, añoraba siempre el vuelo de regreso.



     Las comisiones de ventas me proporcionaron la posibilidad de acceder a un maravilloso ático que apenas disfrutaba, así como viajar hacia los aeropuertos en un Audi A3 de reciente aparición. Conducir aquella máquina nada tenía que ver con el rudimentario y añorado Renault, circulaba como flotando sobre railes, y daba la impresión de que devoraba los kilómetros sin insinuar el más leve síntoma de cansancio.
     La diferencia es que siempre viajaba solo.




     Al cabo de unos años mi vida carecía absolutamente de sentido. Apenas visitaba a mi familia por pereza, y me había convertido en un implacable comercial conocedor de todas las artimañas posibles para adelantarme a la competencia. Varias empresas se disputaban mis servicios (atraídos por mi fiel cartera de clientes), así que comprendí que había llegado el momento de volar por libre.

     El ático se había convertido en un lujoso chalet cerca del campo de golf del Grao, y el Audi había mutado en un Mercedes clase E automático con asientos de piel. Ahora era un agente libre con tres empleados que me costó elegir de entre las personas con las que había topado por el mundo de la venta del azulejo. Diversifiqué mi catálogo de productos y alcancé a subirme al carro de la telefonía móvil asociándome a un emprendedor que se arriesgó cuando nadie veía el filón que se abría. Con una pequeña participación inyectando capital inicial recuperé el 3000% en menos de cinco años.
     Vivía solo, y aunque varias mujeres muy atractivas se habían acercado a mí, pude detectar a tiempo su único afán de prestigio y seguridad económica. Me sentía muy solo. Los escarceos nocturnos en diferentes ciudades no habían sino empequeñecido mi corazón volviéndolo egoísta y solitario.

     Mi amigo Pedro se rodeó de cinco hijos que le chupaban la vida y el sueldo, y en un par de violentas ocasiones acudió a mí en busca de liquidez. Había heredado el negocio de su suegro pero los tiempos habían cambiado y trabajando mucho más obtenía peor rentabilidad. Por supuesto le ayudé, a fin de cuentas era mi único contacto afectivo con la realidad, mi fiel y único gran amigo.

     Vino la crisis y se llevó por delante muchas perspectivas inesperadamente, entre ellas mi pequeño negocio de exportación. La telefonía me salvó, pero los dividendos no me permitieron seguir con mi ritmo de vida. Pronto tuve que alquilar el chalet y cambiar el Mercedes por un digno Opel.

     Nos hicimos viejos, perdimos la elasticidad mental y física, rondábamos la cincuentena, y tras muchos intentos frustrados aquella tarde quedamos en la terraza del Voramar para tomar unas copas y charlar de nuestras cosas.

- A mí póngame un gin tonic de Martin Millers
- Una Paulaner para mí.
Septiembre agonizaba en una fresca brisa aquel atardecer, los estragos del verano eran visibles en el fatigado rostro del camarero. La temporada estaba a punto de acabar.

-¡Qué lejos queda Jaén!- suspiró con la vista puesta en el horizonte marino mi querido amigo.
- Y que lo digas...

     Hablamos de sus próximos nietos y del pasado, y de la crisis de los cincuenta, y de nuestras familias allá en Andalucía, y de cómo había cambiado Castellón. El pasar de los minutos y el efecto de nuestras bebidas iban devolviendo el fuego juvenil a nuestra conversación.

- Aun somos jóvenes, todavía nos queda mucho por vivir- añadió Pedro.
A mí me daba la sensación de haber subido ya a la montaña de la que ya estábamos descendiendo por siempre, y a él una inexplicable vitalidad le hacía permanecer ilusionado viendo hacerse mayores a sus hijos y a su mujer y disfrutando de las pequeñas cosas que todavía le ofrecía la vida.

- Tú siempre fuiste un poco más ambicioso- me aclaró.
- Ya lo se, esa ha sido mi maldición.

Sobre una alfombra verde empezaron nuestros sueños, el día que huyendo del paro vinimos del Sur.




judijaba oct 2013



No hay comentarios:

Publicar un comentario