A sus veintipocos años intuyo no imaginaría las experiencias que le iba a proporcionar aquel niño que nacería de madrugada.
Pero es falso que no existe un manual de padres. Viene inscrito en los genes bajo el epígrafe "instinto" que alguien debió habilmente camuflar en el adn.
Así aparecí ante la luz más allá de las paredes de su útero. Con una inquieta hermanita mayor esperandome en casa y una vida por delante de la cual intuyo he consumido más de la mitad.
Pocas células y ningún recuerdo me quedan de entonces, pero conservo el hilo conductor, mis estigmas particulares y una aguja que nunca desapareció, la intuición de estar cerca de la creación en estado puro, que con las enseñanzas y la meditación se traducen en la esperanza de la vida eterna.
El espejo miente porque hay una discrepancia entre lo que me devuelve y lo que yo veo, y es imposible que yo esté equivocado, la humildad me lo impide, y el tiempo se detuvo a los veinte años. Todo lo demás son versiones envejecidas que no hacen caso de mi necesidad de que el tiempo pare.
Y parará algún día el tiempo, y un profundo temor a ese día rige mi devenir como el de miles de millones de congéneres. Y queda la duda de si el tiempo prestado ha sido bien invertido, y si recuperaremos la inversión en algún momento o estado.
La dureza o permeabilidad que muestre el corazón ante la aparente injusticia de la muerte marca en gran parte el guión de nuestras virtudes.
43 años es una buena edad para hacer recuento y medir fuerzas remanentes para el resto del combate.
La vida ha pasado de ser un juego a ser una guerra contra todo y contra todos, y el equilibrio entre empatía y violencia la volverá coherente. Es una batalla perdida de antemano, por eso es heróica y épica, y no hay vida que por breve o sencilla deba considerarse despreciable.
Tengo mi vida hasta ahora pues como regalo complejo y difícil, pero regalo al fin y al cabo. Como si a un alma le diesen un cuerpo para ver qué tal se las ingenia entre los mortales.
He jugado y juego mi partida con la mayor honradez de la que soy capaz, y por ello estoy satisfecho. Los sufrimientos han sido vendados con muchos regalos que me permiten obviar los dolores y seguir caminando. Es una escuela dura pero justa. Es una justicia natural, en la que el hombre apenas es un estorbo.
Veintitrés años después de que mi cerebro detuviese subjetivamente el reloj ya he vivido más que Kafka o Bécquer.
Doy gracias. Puedo darme por satisfecho.
Felicitaciones a mi madre por el embarazo y el trance y a mi padre por desear que viniese al mundo e intentar sacarme junto a mis hermanos hacia adelante.
Sin ellos ni uno solo de mis cumpleaños jamás habría ocurrido, y estas reflexiones inocuas y prescindibles habrían sido viento silencioso estival que rumorea cualquier otra inspiración en otra persona.

¡Gracias a Dios por ti! Sin ti, que eres regalo suyo, a este mundo le faltaría alguien esencial... ¿o es que Dios es un superficial?
ResponderEliminarVaya...gracias!
EliminarVaya....gracias!
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