miércoles, 26 de junio de 2013

UN HORIZONTE OLVIDADO

       

En alguna parte de algún oscuro rincón-porque los recuerdos se oscurecen cuanto más antiguos son- se atascó el recuerdo de un horizonte infantil.
     Es como si algún objeto voluminoso le impidiese el paso imposibilitandole tomar la salida hacia el olvido.
     Luminoso e infinito, en la pálida imaginación de un niño con apenas recuerdos, era un horizonte que apuntaba al ocaso, aunque apenas recordase ver el sol ponerse por la ventana.
     Quizá no hubiese impedimento al olvido, y simplemente la memoria se negaba a desprenderse de aquella estampa que condicionaba cada segundo de su existencia. Por si acaso, recurría a la seguridad de aquel rincón donde nada parecía afectar la paz interior. La cercanía con el génesis existencial dotaba de un halo maravilloso protector a la constante sensación de agresión exterior que le acompañaba desde entonces.
     Seguramente en la contemplación del final de lo que alcanza la vista descubría un placer en la seguridad que le proporcionaba imaginar un mundo que todavía no conocía, más allá de los cañaverales del arraval y de las montañas de poniente, las cuales no eran sino la frontera difusa que separaba el cielo de la tierra, elementos que sí era capaz de identificar.

     Ahora paseaba entre animosos viejos jugando a petanca y edificios sin estrenar vacíos por la terrible crisis que había asolado el mundo. El arraval era ahora una urbanización fantasma, la ventana desde la cual admiraba una vida que comenzaba permanecía cerrada en un edificio en desuso. Aquel oscuro rincón había sido clausurado tras varios decenios y seguramente nunca volvería a posarse en él. Tampoco habría podido contemplar el horizonte como antaño. Los gigantes de cemento y metal habían mancillado obscenamente la perfección de la línea horizontal que tanto recordaba haber escrutado.
     La vía del tren había desaparecido.
Literalmente se la había tragado la tierra, ahora yacía oculta dentro de un túnel para no entorpecer el flujo cotidiano de la ciudad, que había fagocitado aquellas afueras dejándolas dentro de la misma.

     Tampoco volvería a ver el tren del circo con sus clásicos vagones de jaulas de distintas fieras y explosiones de color pintadas en las paredes, dejando entrever un mundo mágico que nunca se convertiría en realidad.
     Como en la vida real, el circo le había decepcionado profundamente.
Enseguida los disfraces le parecieron algo inapropiado, las parodias dejaron de hacerle gracia, y la violencia que subyacía, aunque ficticia, le repelía.

     Quizá en el oscuro rincón algún inocente cafre de cuatro años le pegó por primera vez, quizá aquellas señoritas estresadas que les cuidaban nunca estuvieron ni de lejos a la altura de una madre, ni siquiera vocacionalmente, quizá estaba especialmente dotado para detectar la hipocresía y la falsedad.
     No, definitivamente el circo no le gustaba.
El progreso no le gustaba.
Envejecer no le gustaba.
La recurrencia subconsciente de los misteriosamente arraigados recuerdos no le gustaba.
Le gustaba el horizonte.
Me gustaba.
Ahora me produce vértigo.


     Pasando por delante de la vieja guardería reconozco mi vejez prematura. He conocido a la dueña de la misma y he comprendido su terrible historia de viudedad. He asistido a un boom inmobiliario que la convenció para ceder el terreno a cambio de una guardería nueva que nunca se construyó. No queda apenas inocencia ni curiosidad por el horizonte dentro del cuerpo que arrastro por las calles de mi ciudad. Seguramente derrumbarán el edificio, y el rincón oscuro quedará atascado por siempre en los laberintos estropeados de mi memoria, formando un bucle que condicionará en mi caso, el resto de las decisiones del subconsciente.



JARDILÍN, CASTELLÓN

4 comentarios:

  1. El pesado del pasado, si, Diego.

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  2. Terrible!terrible hipocrésía las estresadas señoritas mi recuerdo oscuro del jardilín! Pero me meaba en las piedras!

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    1. ¿En las piedras?¿Por no pedirles que te llevaran al aseo o por si te castigaban con ración doble de membrillo?

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