Lo que estaba claro es que me había muerto.
Tenía la certeza absoluta de mi fallecimiento y la noción de que la realidad se había evaporado. Recordaba perfectamente el conjunto de mi vida pero instintivamente evitaba pensar en ello. Toda mi atención se centraba en descifrar el momento, el espacio -si es que lo había-, y a pesar de mi sorprendente calma sentía que todo mi ser necesitaba comprender en qué consistía estar muerto, y según mi formación cristiana, si me hallaba en el Cielo, el infierno o el Purgatorio, si es que estaba realmente en alguno de esos sitios.
De momento lo más llamativo era la sensación no desapacible de soledad y silencio. Aquello era bueno, no podía ser el infierno. Pero mi alma no saltaba de gozo ni veía de cara a Dios, por lo tanto no podría bajo ningún concepto tratarse del Cielo. No sentía la necesidad de estar acompañado, e intuía que de momento ninguna presencia iba a enturbiar mi asombro. No sentía una paz infinita ni un alivio especial, era como una continuación de la vida, solo que formalmente parecía que ésta se había terminado. ¿Estaría en el purgatorio?
No sabría decir si mantenía mi cuerpo o mi apariencia, porque realmente no sentía la curiosidad de saberlo ni la necesidad de comprobarlo. Tampoco me importaban el tiempo y el espacio, eran conceptos existenciales, y yo ya no existía. Podría decirse que "de alguna manera simplemente yo era", no muy seguro de qué ni dónde ni cómo ni porqué. Amparado por una formación teológica que la vida me había proporcionado, inmerso en un "momento" aparentemente inerte, atemporal y etéreo y sin ninguna clase de necesidad angustiosa de comprender nada.
La causa de mi fallecimiento no me había parecido excepcional, el recuerdo de aquel momento me parecía despreciable. No recordaba un gran dolor aunque sí un leve pánico en los últimos momentos sucedido por un sopor que me llevó al sueño habitual como el de todos los dias. El despertar había sido normal excepto por la ausencia de tumefacción y por no echar en falta el desayuno.
Si esto era el purgatorio me apetecía desear una larga estancia en él. No importaba que el Cielo fuese mejor, y dudaba que de existir el infierno yo fuese a convertirme en su huésped. Mi vida podría haber sido más recta, más solidaria, más esforzada, menos pecadora, pero algo me decía que era demasiado tarde para preocuparse por eso, y que la indefinida misión que hubiera tenido en vida, fuera cual fuese, se había cumplido, sin importar que yo fuera consciente o no de ello.
Quizá lo que no estaba era preparado para poder ver el rostro de Dios de cara. Aquello me infundía un elevadísimo respeto que rayaba el pánico. Las dudas de qué y cómo era Dios resultaban insoportables, algo así como intentar beberse cien litros de agua de un solo trago, en términos vitales. Algo imposible.
Decidí que el Purgatorio, si es que aquel era mi destino, me gustaba, y no podía aventurar si mi nueva psicología carente de tiempo evolucionaría linealmente hasta el deseo de que terminase allí mi estancia. Todo parecía un puro momento presente que no exigía preocuparse por el futuro ni recurrir al pasado para comprender nada.
Un extraño pensamiento me atravesó indicándome que aquella indefinida e insensible sensación que me preservaba de las miserias psicológicas de la vida, era el estado en que se encontraban habitualmente los ángeles de la guarda. Rebusqué dentro de mí, estuviera donde estuviera mi propio "mí", una llamada a guardar algo. Podría ser que como tarea del presunto Purgatorio uno tuviese que velar por alguien, pero no la encontré. No había llamada. El estático estado era así porque así tenía que ser, sin otro motivo a la vista.
La quietud y el silencio en medio de una indefinida luz de indescriptible color que no alumbraba ningún objeto en absoluto parecían cada vez más una perfecta armonía hilvanada sutilmente que había estado siempre ahí, incluso en vida, pero que no había sido capaz de escuchar con atención. Ahora disponía de toda mi atención para escucharla, y entre sus sutiles compases vacíos una inexistente melodía iba desenlazando apenas perceptiblemente las limitaciones de mi capacidad de comprensión entrenada durante las escasas décadas que había morado La Tierra.
Poco a poco me sentía más pequeño y más grande a la vez, como un miembro diminuto de un cuerpo infinito que se va injertando en él. Los recuerdos de la vida iban perdiendo importancia a la vista de lo grande que se volvía mi destino, y si intentaba analizarlos en último estertor de psicología vital lo único que conseguía era comprender que todo había sido razonable y que cualquier otro acto que hubiese realizado en vida habría sido absurdo. Mi vida imperfecta en términos de la vida se juzgaba perfecta en aquel extraño e inesperado infinito.
Las personas, los seres queridos, los enemigos, aquello parecía lo más fácil de recordar, y la perspectiva desde donde me encontraba era de profundo respeto por todos ellos y agradecimiento por haber erosionado mi vida hasta modelarla con una forma perfecta a mis actuales ojos.
Todo tenía sentido, todo era razonable, me encontraba como drogado evitando hacerme las típicas preguntas que en vida hubiese querido tener claras: ¿Existe Dios?, ¿Existe Jesucristo?, ¿Cómo son?, ¿Qué ocurre con las otras religiones?, ¿Cómo es la justicia divina?
En lugar de todo eso mi progresiva inserción en el inmenso cuerpo que me injertaba me alejaba cada vez más de la lógica humana.
Unos minutos después desperté en la sala del hospital con un horrible dolor por todo el cuerpo, especialmente en el esófago y el estómago. Varias arcadas atrajeron la atención de una enfermera cercana.
- Te hemos tenido que lavar el estómago.
No comprendía nada, el dolor y un cansancio extremo nublaban mi capacidad de comprensión.
- Te has tomado todo el botiquín de tu casa, la mezcla casi te lleva al otro barrio.
Maldita sea, no recordaba haber intentado suicidarme, ni la necesidad de hacerlo, solo recordaba ese extraño lugar que parecía el purgatorio, y de saber cómo habría hecho lo que fuese por volver de inmediato allí.
Escribí este relato para no olvidar nunca aquella experiencia y ser paciente conmigo mismo en espera de que la inexorable muerte venga a buscarme cuando así esté dispuesto. Ésta vez sin ningún miedo, es más, yo aseguraría que con una infantil alegría que me permite vivir el horror cotidiano con esperanza y fuerza para soportar lo insoportable.
Judijaba. Juan Diego Jaén Bayarri. 20 jun 2013.


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