domingo, 5 de mayo de 2013

HABIA MUCHO ESPACIO


Canción sugerida para leer esta entrada:




HABÍA MUCHO ESPACIO

Había mucho espacio. Las tareas de mantenimiento del Whole las llevaba perfectamente al día. Crecía y decrecía conforme a la programación en los lapsos de tiempo previstos. 
Tenía muchas ideas en la cabeza, y algunas de ellas se entremezclaban y producían proyectos híbridos que le generaban mucha curiosidad.
Uno de aquellos proyectos llegó incluso a la mesa de trabajo. Proyectó fórmulas y variables, calculó ángulos de desviación y soluciones a todos los problemas, pero por algún motivo que no quiso detenerse a analizar lo dejó aparcado en un rincón de su inmenso programador. Dejó abiertos los conductos de descifrado y resolución para que fuesen haciendo trabajo por su cuenta. La cantidad de memoria que le robaban las ecuaciones latentes era totalmente depreciable. Lo denominó proyecto N.

Aquel proyecto estaba ligado a otro gran proyecto tambien aplazado. Se trataba de una especie de clonación modificada para adaptarse a algunos ricones del Whole que consideraba excesivamente solitarios. Dispuso sus mejores fórmulas y las dejó trabajando en un autoprogramador para que cuando lo considerase necesario pudiera dedicarse plenamente a él y cuajar una gran obra. Lo denominó proyecto One.
Otros muchos proyectos se sucedían y se sucedieron, con proporciones descomunales y con variaciones apasionantes que llenaban su tiempo de felicidad y satisfacción por el buen funcionamiento del Whole.
Y sucedió que mientras aquellos otros muchos proyectos se sucedían un autoprogramador llegó al final de la ecuación y pidió permiso para lanzar a N.
Lo que hizo entonces fue dejar un conducto de comunicación abierto y propiciar su lanzamiento. Había revisado todas las fórmulas y le pareció una buena idea.
Le pareció lógico ligarlo al proyecto One, ya que según había intuído desde el principio, el uno sin el otro no tenían sentido. One además le liberaba de la poca memoria que necesitaba para encargarse de N, aunque su curiosidad le dictó revisarlo periódicamente a nivel personal.

Entre otros miles de proyectos N y One comenzaron su andadura por el espacio-tiempo con sus programaciones perfectamente revisadas y con todas las variables previstas.

La inmensidad del universo diluyó gran parte del funcionamiento, tal y como estaba previsto, hasta que One empezó a operar en N completando su objetivo. 

Go era un producto de entre los miles de millones que N había producido, usuario asiduo del canal de comunicación abierto en el que intermediaba One. Un minúsculo grano de arena en una infinita playa de conciencias. 
Go conocía la existencia del proyecto N y por supuesto de One como usuario de su canal. En su mismo código interno venía escrito el número de serie y la procedencia, no era ningún secreto, aunque había granos de arena que negaban formar parte de la evidente playa que suponía N.

El problema de Go era que no comprendía el código fuente del programa, ya que excedía la capacidad matemática de cualquier producto N. Ni siquiera juntando todas las sinergias posibles de los miles de millones de productos N era posible descifrar el sistema operativo hasta el punto de comprenderlo o modificarlo. Tan solo se podía comunicar con One para resolver pequeñísimas variables que ralentizaban el normal funcionamiento del proyecto.

No solo no comprendía el código, sino que asumiendo su incomprensible existencia, su infalibilidad, su predictibilidad, su grandeza y su poderosa programación, sentía que el absurdo le colapsaba. No podía asumir que un producto N diseñado a tan alto nivel tuviese conciencia de sí mismo siendo tan pequeño. No tenía ningún sentido ser un grano de arena, por mucho que pudiese afectar a otros granos, sabiendo que toda la ecuación estaba resuelta desde el principio. 
Con todo, lo que más le fastidiaba, era la irrelevancia de sus propias disquisiciones, todas ellas contempladas en los patrones de desviación.

A menudo abandonaba el canal One a causa de ese colapso, y el bloqueo aumentaba causándole una inevitable desviación, contemplada y prevista y resuelta desde el principio. Go tenía la inexorable sensación de que hiciese lo que hiciese todo había sido previsto de antemano.

Su funcionamiento no obstante no desoía las líneas maestras de su propia programación aleatoria, aquella que sí le estaba permitido modificar dentro de las limitadísimas posibilidades que el código fuente aceptaba.

Había resuelto que explorar los limitados caminos del estrecho margen remanente en las líneas básicas no conducía a ningún avance significativo en su propia pequeñez, y observaba con preocupación la agitación colindante de varios millones de resultados de N inestables intentando alcanzar extraños límites que tan solo certificarían fronteras de conocimiento ligeramente diferentes a las habituales.

Aquella agitación era sumamente contagiosa, auténticos terremotos colaterales, que intentaban borrar el número de serie inscrito en su propia idiosincrasia ciegos a la evidencia del absurdo de semejante pretensión.

Go apenas podía de darle vueltas y más vueltas a su incomprensible absurdo personal, a la aparente precariedad del canal One, y se sentía cada vez más agobiado por su pequeñez y solubilidad en el mar de millones de resultados del proyecto N.

Apenas comprendía lo que era Whole, no podía alcanzar a descifrar ni las primeras líneas de One, y cada vez que miraba al cielo, especialmente de noche bajo las estrellas se le nublaba la vista y le explotaba la imaginación al contemplar el espacio.







Porque todo a su alrededor era espacio, y su desagradable humildad le recordaba en esas noches claras con infinitas estrellas que era un número infinitesimal enmarcado en algún punto irrisorio de una macroecuación. Sentía vibrar la lógica de su programación interior y temblaba pensando ante el espectáculo de Whole.

Había mucho espacio. Pero que mucho mucho espacio.






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