Seis y media de la tarde aproximadamente, mayo no acaba de lanzar sus andanadas de calor definitivas, como si tuviese miedo a que junio le fuera a recriminar no haberle dejado la responsabilidad de la explosión térmica estival. Hacía fresco.
Enfrente de un supermercado gime un vagabundo sentado bajo un pequeño soportal. Su aspecto es más miserable que su gemido, ininteligible y confuso. Tez morena y sucia, denotando una absoluta falta de higiene y un constante exceso de alcohol en la sangre de baja calidad. Varios envases de cartón de vino de marca blanca desparramados a su alrededor así lo confirman. Por la profundidad de sus ojeras y la ausencia de determinadas piezas dentales su edad debe rondar los sesenta años.
Múltiples objetos absurdos a modo de equipaje se amontonan junto a una especie de mochila que le sirve de respaldo, y su cantinela viene acompañada del masticar de un plato de comida preparada con indicios de haber sido paella en algún momento.
Yo me dirijo al banco con mi camisa blanca y mis únicos pero lustrosos zapatos, mi reflejo en los cristales de los comercios me devuelve una imagen que no se corresponde con la imagen que yo tengo de mí mismo. Impecable.
Ensimismado en mis pesadillas interiores desatiendo la incomprensible súplica que me tiende el vagabundo mientras me lanza la mano reclamando mi atención. Desgraciadamente mi paso es veloz y las neuronas todavía adormecidas tras la siesta no me informan de esa imagen hasta que dentro del cajero extraigo un poco de dinero para ir a comprar al supermercado.
El saldo es ridículo en nuestra cuenta -pienso- justo cuando me asalta la imagen del balbuceante pedigüeño. Antes de lamentarme de mi escasa fortuna y de la molesta falta de abundancia económica, resuelvo regresar e interesarme por él. No tengo muy claro si por un sentimiento de culpa, por la curiosidad de protagonizar una escena de la película surrealista cotidiana o movido por uno más de los absurdos en que me ha sumido mi fe a base del bombardeo de repetitivas catequesis existenciales. La cuestión es que temeroso pero resuelto vuelvo sobre mis pasos con no mucho dinero en la cartera y una lista de la compra que quizá no pueda completar dispuesto a atender las súplicas de un pobre de mirada muy ahogada y sufriente.
El mundo a mi alrededor no existe, nadie presta atención a las letanías del postrado alcohólico. Nadie notará mi interés por él ni escuchará nuestro insensato diálogo.
A un metro de distancia el hedor me confirma mis sospechas etílicas, no obstante le pregunto qué necesita, qué está pidiendo, si es que está pidiendo.
Me cuesta comprenderle. Mi cercanía parece haberle asustado, como si tan solo estuviese representando un papel que no reclama la respuesta del público.
Ninguna de mis preguntas obtiene una respuesta clara. Balbucea más que habla. El dinero me quema en el bolsillo y estoy deseando dárselo para abandonar una situación para la cual mi dañado sistema nervioso no está muy entrenado.
- Comida, solo quiero comida- Deduzco mientras rebaña la paella del recipiente de comida preparada.- Comida preparada, por favor, me la guardo...-
Un llanto poco convincente enturbia sus palabras y parece en todo momento que se arrepiente de haberme hecho comprender su necesidad. De pronto lo entiendo todo. No es la pobreza ni el alcohol, es el cerebro, es una persona enferma.
Las carreteras y las calles de las ciudades están llenas de ellos, y los albergues de caridad les acogen por la noche cuando no son los cajeros de las sucursales bancarias o los bancos desnudos y el cartón. Siento un tremendo peso sobre mis hombros y la urgente necesidad de que alguien más capaz que yo ayude en serio al vagabundo. El peso me aplasta y comienzo a sentir angustia mientras camino lo más rápido que puedo buscando una casa de comidas preparadas. Es lo único que me siento capaz de hacer por él. Junto a la mochila acumula una reserva de comidas plastificadas que supongo de alguna manera dosifica.
Mi conciencia aparta definitivamente la idea de darle dinero. No lo ha pedido, no parece quererlo, parece conformarse con su sino y no buscar nada más allá de un plato de comida.
Eso es precariedad, me denuncia, y en cierta sorprendente manera admiro la dureza que trasmite su mirada sin futuro, sin ambición y sin aparente remedio.
No hay una maldita casa de comidas preparadas por la zona, y se me acaba el tiempo antes de llegar tarde a todas partes, entre ellas a mi casa donde esperan lo que será la cena del dia.
Después de agobiarme varias manzanas termino mi búsqueda dentro del supermercado comprando para los míos con una extraña sensación de fracaso y de traición al pobre hombre. Mi compra liquida todo mi capital, y salgo del supermercado con un par de bolsas sin poder quitarme de la cabeza al superviviente de la miseria, al alcohólico callejero casi anciano y posiblemente esquizofrénico o demente cuyo instinto de supervivencia prevalece frente a todas las trabas que le debe haber planteado la vida. Por un momento mi existencia me parece ridícula, aferrado a un escaso capital custodiándolo como un tesoro aterrorizado por la muerte de la seguridad en la que un extraño habita y que le implica no saber qué comer al día siguiente, no saber qué grado de conciencia le permitirá el alcohol a lo largo del día para mendigar comida, no saber dónde yacer por la noche para restaurar la fatiga de tan atormentado devenir.
Y me siento muy inferior a ese mendigo, y pienso que a pesar de las afrentas que perpetramos a nuestros propios cuerpos, el ser humano es duro...muy duro cuando se lo propone. Soporta con estoicismo los tóxicos y las drogas, los castigos físicos, los excesos y las enfermedades, la autocompasión y nuestro agotamiento vital cuando llegamos a desear la muerte tácitamente. Muchos de nosotros nos dedicamos desde que somos adultos a destruirnos poco a poco, pero ni la miseria ni la adversidad aceleran de manera notable la llegada inevitable del fin de nuestros dias cuando ya están contados.
Nuestro destino en ocasiones poco tiene que ver con los planes que nos hacemos.

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