viernes, 22 de noviembre de 2013

VOLVERÁ LA PRIMAVERA

"El aletargamiento hace que los animales sobrevivan a lo peor del invierno. Volverá la primavera. Espera."
                                        Festivus. Nov 2013

     John Doer caminaba tan inundado de aromas y ocres del bosque que saturado de belleza se salió del camino que le había conducido a la laguna.
Se dio cuenta con la vista y la mente perdida en unos impresionantes riscos del otro lado del valle adonde ensoñado estaba ascendiendo como si nunca hubiese padecido vértigo.
Tropezó con un helecho y cayó rodilla en tierra.
El tendón rotuliano era su particular talón de Aquiles, de tal modo que el dolor le mantuvo inmóvil varios minutos. Cuando pudo abrir los ojos humedecidos por los conatos de lágrimas ya había regresado de su imaginaria ascensión rocosa, había vuelto a conectar con la realidad de su retorno al hogar tras la meditación curativa a la laguna que se permitía los días que no había tormenta.
El otoño doraba las hojas y enrojecía los prados, como si la naturaleza se sonrojase de su propia belleza.
Se dio cuenta de que el camino ya no estaba allí, o tal vez era él mismo quien se había separado del camino adentrándose en el espesor de la maleza hasta tropezar con la profusa vegetación.
Se incorporó lentamente y tras unos minutos de calentamiento recuperó la funcionalidad de la rodilla. De un vistazo alrededor no reconoció ni un solo detalle que le pudiese orientar, algo que jamás le había pasado. Su sentido de la orientación innato y la memoria visual le permitían vagar absorto durante horas sin miedo a perderse. Esta vez sin embargo algo no había funcionado en su brújula interna, venía demasiado cargado de su trabajo diario y el cerebro le había jugado una mala pasada. Se había perdido.
En principio, y a pesar de la leve subida de adrenalina, mantuvo la calma y trató de imaginar las continuaciones de los valles para aventurarse a encontrar la ruta perdida. Al oeste de la cordillera se insinuaba un recodo que bien pudiera recordar desde la laguna un paisaje familiar visto desde otro ángulo. Distaba unos tres kilómetros, así que se decidió calculando que quedarían dos horas de luz. Si se equivocaba no tendría más remedio que buscar refugio y pernoctar a la intemperie.
Por una vez agradeció no haber salido a meditar en pleno invierno con la nieve vistiendo los abetos y asemejando las laderas a blancas faldas estampadas con motivos navideños. Acababa de terminar el verano y no se esperaban nieves hasta al menos bien entrado octubre. Alcanzó el recodo con las últimas luces y tuvo que apresurarse para procurarse un refugio para pasar la noche. Unas ramas quebradas por alguna tormenta reciente le procuraron follaje, y en una ladera guarecida del viento por el espeso ramaje y los arbustos se construyó un parapeto apoyado a una roca orientada al sur, conservando la tibieza del prolongado contacto con el sol durante la mayor parte del día.
La ropa de John Doer no estaba preparada para la bajada de temperatura de la noche, pero confió en el ramaje y las hojas secas que extendió sobre el suelo y su propio cuerpo. Anocheció, el viento se detuvo, y el espectáculo de las estrellas le abstrajo de cualquier sensación corporal, incluído el frío. Se hizo un ovillo y cayó en un profundo sueño. Tuvo suerte aquella noche de que un último estertor estival mantuvo la temperatura sobre cero, y al amanecer anduvo aterido apenas un par de quilómetros después de levantarse dolorido al alba. Unas oportunas fresas silvestres que halló de camino le sirvieron de desayuno, y ya repuesto bajó al fondo del valle a escrutar el riachuelo.
El agua bajaba demasiado fría, por lo que dedujo que podría provenir de la laguna. Seguiría su curso corriente arriba con la esperanza de toparse con algún paisaje familiar que le orientase definitivamente. Cuando el sol devolvió una temperatura soportable se quitó el plumífero y estuvo ideando la forma de capturar alguno de los peces que surcaban veloces a lo ancho de los cinco metros de ancho del cauce. Afilar una rama con su sencillo machete e intentar ensartar aquellos escurridizos demonios le pareció tarea imposible digna de película de ficción. En lugar de ello arrancó la capucha que ocultaba el cuello de su plumífero y atándola a dos ramas razonablemente paralelas y practicando pequeños agujeros para que el agua hiciese corriente a través de ellos se ubicó sobre dos rocas pequeñas que formaban un estrechamiento creando una jaula a su salida.
Perdió varios ejemplares por su impericia hasta que adquirió el reflejo necesario para evitar que escapase la que fué su presa, un enorme ejemplar rosado que falleció asfixiado en la orilla. Las hojas secas y sus gafas fueron suficientes para comenzar una pequeña hoguera de pequeñas ramas donde asó como pudo el pez. Unas bellotas y unos arándanos sirvieron de postre.
Procurarse alimento le había quitado demasiadas horas de camino. La tarde era muy corta. Subió ladera arriba hasta un mirador y buscó la mejor manera de seguir el curso del río intentando localizar algún roquedal que le protegiese de una posible tormenta. Era sabedor de la excepcional temperatura de la noche pasada, y una tormenta imprevista podría causarle una inconveniente hipotermia.
Encontró lo que buscaba tras otear unos minutos recobrando el resuello tras el ascenso y se dirigió hacia allí sin dejar de tratar de reconocer algún vestigio de su conocido itinerario meditativo, al que acudía siempre que necesitaba huir del mundo de cemento que le aprisionaba y que tanto odiaba.
El roquedal ofrecía efectivamente cobijo que bien adecuado con ramas secas le aislaría bastante de la brisa y la humedad que poblaba el valle al caer el sol. Su refugio consistía en una pequeña estancia de dos metros de profundidad por casi un metro de altura. Bien guarecido podría hasta proporcionarle algo de calor. La llenó de hojas secas y la cercó con ramas y follaje. Empleó más de dos horas en la oscuridad que permitía una luna titubeante que presagiaba cambio de vientos.
La protección fue providencial porque aquella noche apareció el frío y volvió la brisa. En un gélido despertar de los muchos que padeció en su inquieta duermevela le pareció escuchar un lejano aullar de algún lobo solitario.
Caminó y pescó y recolectó frutos durante varios días explorando aquel laberinto de valles sin conseguir identificar el más leve indicio de alguna montaña conocida. Identificaba los puntos cardinales por el sol y las estrellas, pero tuvo que admitir la peor pesadilla del caminante, se había perdido y no tenía manera de averiguar si se alejaba de la laguna o había seguido algún afluente.
Ya no hizo falta la adrenalina para infundirle un terror certero al invierno y en definitiva a la muerte. Cada noche era un suplicio y pronto debería procurarse un refugio definitivo para afrontar la progresiva bajada de temperaturas. Ya había llovido y a pesar de intentar refugiarse se había mojado y enfriado y resfriado.
Decidió volver a su pequeño refugio cuando el olor del viento le hizo sospechar las primeras nevadas. Se hallaba completamente perdido dentro de un perímetro de diez quilómetros cuadrados que había explorado, y lo halló sin dificultad, con los restos de las ramas y las hojas que había preparado. Previno un fuego matinal que mantuvo activo todo el día y trasladó al interior del refugio acotado por un muro de piedras tras hacer acopio de leña seca.
Los frutos y el escaso pescado estaban causando malestar en su estómago y un deterioro de sus fuerzas y su estado de ánimo. Aquella noche a pesar del fuego y las brasas que le acompañaron la fiebre le produjo una vigilia espantosa en la que deliró con los aullidos del viento y los truenos y relámpagos que se mostraban a través de las ramas. Se durmió de madrugada agotado de tanto tiritar, justo a tiempo de cegarse con la blanca nieve sellando la entrada de su pequeña cueva.
Nevó durante todo el día y John Doer se encontraba demasiado débil para intentar siquiera moverse. El resplandor inicial de la luz atravesando el manto de nieve que cubría la entrada se convirtió en una penumbra. Calculó que le impedía la salida al menos un metro de nieve. Podía escuchar entre los sonidos amortiguados por ese manto el suave aterrizaje de los copos posándose incesantemente sobre todo el roquedal.
No podía encender fuego sin sol, y las brasas estaban frías como piedras, se acurrucó como pudo hasta que otro pico de fiebre le llevó de nuevo al delirio.
Se encontraba en algún lugar cerca del monte Saint Sepulchre por decisión propia, por una necesidad periódica de desconexión con la realidad, y con unas simples coordenadas comunes era capaz de regresar a su mundo real, el del trabajo cotidiano y el enfrentamiento cara a cara con los problemas. Su refugio imaginario era tan real que no dudaba de que en su cerebro se había producido una partición en dos realidades totalmente equivalentes sensorialmente. Para ser sincero consigo mismo, hacía tiempo que no le importaba esta partición, ni le preocupaba, ya que ninguna otra abstracción o adicción o pensamiento conseguía el efecto sanador de sus viajes a la frontera de los Territorios del Noroeste, y su honesta preocupación era la supervivencia dentro de unos límites aceptables, aunque no fueran totales, de cordura.
Ahora había extraviado de una manera incomprensible las coordenadas intuitivas de la laguna y se encontraba atrapado en el mundo del reposo donde la pesadilla del desasosiego también se había instalado.
En su delirio transformó el espacio y el tiempo, y creyó ser un oso inmóvil e incapaz de vencer el sopor de la hibernación, aquella realidad paralela se distorsionó y durmió durante meses cubierto de grasa y pelo mientras afuera el invierno descuajaba los abetos enfermos y estremecía a las manadas de lobos que se agrupaban para compartir el calor. Sus manos durante las visiones delirantes fueron garras insensibles al frío, y sintió el engañoso discurrir del tiempo y como se consumía su grasa y aumentaba su apetito sumido en una nebulosa de arroyos llenos de salmones que de un zarpazo arrancaba de la corriente para después dar buena cuenta de ellos. El abrigo natural de su pelaje le aisló imaginariamente de los escasos grados de temperatura que ocupaban la sellada oquedad y así consiguió el ansiado reposo. Fueron apenas dos días de inconsciencia en el país al otro lado del espejo, pero John quiso creer y creyó que la primavera había regresado, y por eso una última e imprevista ola de calor derritió la nieve y se coordinó con una leve recuperación de su salud que le permitió despertar y ver el sol iluminar con claridad las copas de los árboles mientras el sol ascendía por el sudeste.
Las garras y el pelaje desaparecieron pero no así su hambre voraz y su sensación de haber menguado.
Tan pronto como pudo incorporarse salió mareado al exterior y se preocupó del fuego. Más tarde encontró arbustos cuyas bayas eran lo suficientemente dulces como para animarse a ingerirlas, y algo repuesto se caldeó hasta sudar un buen rato junto a la bendita hoguera para coger fuerzas y bajar al río. En su descenso quedó totalmente desconcertado al hallar a un cervatillo inerte en el suelo de un barranco. Su muerte parecía reciente, así que descendió con esfuerzo para comprender que una pata rota había sellado su suerte. Haciendo de tripas corazón y no sin esfuerzo seccionó una pata trasera con su sencillo pero afilado machete y cargándola volvió a la hoguera para asarla.
Aquello le devolvió bastantes fuerzas como para asearse después en las gélidas aguas del río y pasar la tarde cocinando y calentándose en la hoguera, cuyos rescoldos transportó sobre unas piedras planas para atemperar su pequeño refugio.
Empaquetó en hojas secas la carne y sellando de nuevo el acceso durmió, esta vez como un bendito.
Durante un par de días realizó incursiones a los picos más altos a los que pudo acceder, viviendo de la carne asada y de algún ocasional pez que capturó. El estómago le indicó con claridad que esa comida debía ser provisional, o se deshidrataría en uno de los cólicos que le sorprendieron.



Al fin creyó intuir la silueta del Saint Sepulchre, y embargado de una sorprendente urgencia se apresuró hacia ella olvidándose del refugio y de las reservas de carne que dejaba atrás . Calculó un par de días de camino, pero la luna llena y el temor al frío le animaron a caminar también de noche, utilizando las horas de más calor para reponerse con pequeñas siestas.
Una jornada y media después alcanzó su destino y desde allí hasta la laguna transcurrió en ayunas pero contento por recuperar la esperanza de volver a casa.
No tuvo tiempo de apercibirse de la serie de casualidades que le habían hecho creer que ya era primavera, pero a medida que se acercaba a las coordenadas fue volviéndose más consciente de lo reales que habían sido sus delirios.
Juraría que había sido un oso y que había hibernado, pero su juramento no le eximía de la conciencia de semejante disparate. Aun así dejó que aquel recuerdo tan nítido permaneciese en su cabeza sabedor de que escondería alguna enseñanza oculta.
En su particular Columbia Británica había sabido mantener la calma y había sobrevivido. Sin duda aquello ya era bastante lección por esta vez. La próxima intentaría evadirse con más cuidado y mejor cálculo de sus capacidades. El mundo le estaba devorando, y en Columbia apenas podría lamer sus heridas y retrasar levemente su auténtico itinerario hacia la muerte, aunque en esta ocasión casi ocurre en el lado equivocado del espejo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario