lunes, 11 de junio de 2018

Usad las armas del cuerpo

Juan, El padre de mi padre luchó en la guerra y escribió un diario en el cual se refleja toda la frustración que le causo dicha contienda. El hecho de que fuera incapaz de terminar sus notas bélicas ya indica la decepción existencial que le acompaño hasta el resto de sus días.

     Salvador, mi abuelo materno, sin embargo, sufrió también las consecuencias de la guerra pero se escondió dentro de una costra la cual no pudimos retirarle para averiguar lo que sobrevivía dentro.



     Fueron a su casa a matar a su padre por ser católico, sin conseguirlo gracias a Dios. Aquel día había salido a restaurar una imagen en una iglesia de un pueblo.

     Mi abuelo comprendió la gravedad de la situación y se exilió a pie caminando hasta el bando contrario y se  alistó en la División Azul rusa, donde además de luchar contra la expansión rusa del comunismo asesino de  creyentes conoció la congelación y la muerte de muchos compañeros marcándole profundamente.



     Trajo eso sí una balalaika de la que quedó enamorado y que yo pobre mocoso pensaba heredar. La hacía sonar y era capaz de escribir sencillas canciones en notación musical, algo que a mí de niño me parecía fantasía maravillosa

     Mis dos abuelos eran cuando les conocí pasada las seis decenas de años los dos unos hombres huraños y heridos. Al menos eso era lo que yo percibía.
Nos trataban con cariño, pero no podían esconder el  desencanto existencial ni a un inocente niño de seis años como yo.

      El padre de mi madre especialmente llevaba en la mirada las heridas de una guerra que su sensibilidad y su fe no podían asimilar. Mi abuelo paterno era rebelde hasta agostar sus convicciones más profundas, y lucho matando con la osadía de los rebeldes.

     Mi abuelo Salvador por contra era un hombre sensible llamado a haber sido un artista, y lo que me interesa de él es el resto de heridas existenciales que le cubrieron destruyéndole poco a poco.

       Empezando por un matrimonio desordenado después de un servicio militar alejado de casa y  continuando con la concepción de su primera hija antes del matrimonio en una época en la que esto no estaba para nada ni bien visto ni bien considerado ni siquiera bien asumido por la propia persona.

     Los dramas de los creyentes consisten en la tortura de enfrentarse a sus propios fantasmas cuando transgreden las mismas doctrinas que intentan seguir.

     La situación preconciliar de la Iglesia Católica no era muy halagüeña ni favorecía la sanación de heridas de este tipo.

     Mi abuelo Salvador era además un observador, un trovador, un narrador que gustaba de contar la vida con su lenguaje, una persona atrapada en un tiempo en el que la supervivencia relegaba a un segundo plano todo lo referente a la creación artística.

     Sí yo con todas las facilidades tecnológicas que tengo a mi disposición ahora mismo ya sufro para conseguir crear pequeñas obras de arte, no puedo ni imaginar cómo sufriría él para sacar tiempo de donde no lo había para escribir y componer. Máxime cuando la hambruna y la carestía le acorralaron en la posguerra azotando a sus seis hijos y al pequeño que murió accidentalmente.

     Que mi madre y sus hermanos mis tíos posean una mínima coherencia psicológica después de las heridas infantiles que debieron padecer tras ser abandonados huyendo sus padres a un exilio laboral en Alemania para poder ingresar algo de dinero, me parece un milagro, un hito de la persistencia humana y el empecinamiento por sobrevivir aquella descabellada época pasada desdramatizándola con el paso del tiempo.

     Todos tenemos heridas, pero por el amor de Dios, que no ose ningún consentido malcriado alzar la voz en mi presencia acerca de la dificultad de su relación con sus padres, de su ausencia de todo lo material que poseen sus semejantes adolescentes enloquecidos por el consumismo egoísta absurdo e inútil.

     Hambre, frío, miseria y miedo serían las recetas que yo les prescribiría. Ratas amenazando con robarte el pan negro, un resfriado mal curado y una muerte segura. Ropa de escasa calidad que duraba generaciones a base de remiendos y zapatos con agujeros en las suelas sin solución posible.

     Basta de victimismo y enajenación mental, que solo han pasado 80 años, un poco de respeto. Un niño rollizo rebelde y consentido con todos los caprichos imaginables es un insulto al sufrimiento de la posguerra española y al sentido común que debería habitar dentro de los cerebros humanos.



     Luchemos sin miedo contra el consumismo, el derrotismo y la baja autoestima. Olvidémonos de parecer más que el vecino y centrémonos en sacar nuestra vida adelante con dignidad.

     Que las nuevas miserias infames que nos acosan en esta generación absurda y desquiciada no ensombrezcan nuestra fe ni nos hagan avergonzarnos hasta la crisis irresoluble marcando nuestras vidas con desesperanza.

     Ya lo insistía en vida un superviviente como Karol Wojtila, "no tengáis miedo". 

     Lleváis las armas dentro del cuerpo, pero por el amor de Dios, ¡usadlas!.

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