Tenía yo 19 años y me encontraba en Los Ancares, provincia de León. Era Semana Santa.
Hasta allí llegué solicitado para colaborar en breves liturgias que unas monjas, ante la falta de presbiterado de la zona, llevaban hasta Guímara, Tejedo, Hermide, Villar de acero, Cantejéira, Porcariza o Balouta.
Con autorización del Obispado de Astorga recorrimos los pueblos remotos casi incomunicados para aportar retazos del Tríduo Pascual.
Al llegar al pueblo la misión de mis compañeras y mía era deambular cual trovadores por entre pallizos y hórreos para llamar la atención a la desconcertada población.
Los muchos niños de vacaciones acudían en tropel y se unían a nuestras canciones.
Al llegar a la ermita o pequeña iglesia románica merendábamos bollos y chocolate invitando a la vecindad con humildad pero generosidad.
Los niños entonces descubrieron que mi habilidad juvenil para jugar a peleas sin hacer daño era inaudita, y se lanzaban sobre mí en busca de cosquillas y forcejeos de los cuales agotado yo siempre acababa huyendo por el monte perseguido por docenas de emocionados y agradecidos infantes.
Me resultó novedoso comprobar la conexión espontánea que entablaba con aquellos incomprensibles casi gallegos menores de diez años.
Mi cuerpo era una bomba de energía entonces que disfrutaba haciéndoles reír, y aprendí carantoñas, esquivándoles por las laderas de los valles y cansándoles para regocijo de sus padres.
Llenábamos los pequeños templos y cantábamos las canciones que marcaron mi fe. Las monjas ejercían el ministerio extraordinario de la comunión que recientemente contemplaba el Concilio Vaticano II.
La diócesis era un erial de ministros ordinarios y los vecinos llevaban semanas e incluso meses sin comulgar.
Las nieves del terreno colaboraban a las dificultades invernales, y una vez llegada la primavera, desde Ponferrada partíamos grupos de jóvenes voluntarios para acompañar a las ancianas pero intrépidas monjas celosas de la comunión de los alejados.
Al volver de aquella preciosa y extraña experiencia en tierras tan lejanas a mi mar Mediterráneo comencé una carrera de cuidador de niños a petición de varios padres que dos veces por semana trasnochaban para rezar.
Siguió sorprendiéndome la facilidad con la que leía en los ojos de los niños su alegría o tristeza, sus ganas de caso o compañía, su afán de juego y su candor ante un joven dispuesto a jugar hasta el extremo.
Descubrí que los niños escondían un secreto descabellado. Su inocencia y falta de sentido común en desarrollo no eran sino fruto de su corta edad y la cercanía que guardaban en el tiempo con su concepción. Estaban más cerca del pensamiento de Dios que los adultos.
Tardé doce años en concebir a mi primer hijo, después de un anodino y desesperante lapso en que apenas hubo niños en mi vida. Los hijos de mi hermana me salvaron el alma con su cariño a pesar de la precocidad y circunstancias difíciles de su concepción y crianza. Hubo convivencias dominicales parroquiales en las que me encargué de 60 infantes como servicio remunerado simbólicamente.
Aquello fueron parches. Mi alma carecía de niños.
Pero con 30 años fui padre al fin, y Dios me regaló carestía laboral que aproveché para jugar como dos lustros atrás por los suelos con mi bebé.
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| Dibujo de Diego en 2004: su madre. |
Pronto se unieron siete hermanos y mi salud se rompió partiéndose en dos, pero nunca podré dar bastantes gracias por los momentos que jugué con mis hijos y sus amigos y amigas de clase.
Cierto era que la crudeza de la realidad había agriado mi espontaneidad y facilidad para empatizar, pero yo disfrutaba con las caritas sonrientes tentándome a jugar a pillar y a hacer cosquillas.
Dieciocho años después ninguno de esos niños recuerda mi vocación infantil, con dolor profundo que siento sumido en el olvido.
Yo creía que no era un adulto más, sino un amigo con afán de que los niños fueran felices.
Nunca he sido fan de los pequeños. Era el espíritu que me llevaba a buscar su alegría, quizá para resarcir mis heridas infantiles de soledad y paranoias.
No. Nunca seré fan de aquellos niños. Para mí eran como puertas que me abrían su corazón y le acercaban a Dios.
Cuando más tarde conocí las órdenes eclesiales docentes ya era demasiado tarde. Mi santo matrimonio había evitado aquella senda vocacional.
No soy fan, soy algo más, de aquellos desagradecidos pequeñajos que ahora luchan por hacerse un lugar en el mundo.
Los mismos que me evitan la mirada cuando se cruzan conmigo por la calle o por las redes sociales, y me niegan un afecto que para ellos ya no tiene sentido.
Soy un hombre que siente devoción por la vida que he visto crecer hasta que se ha incorporado al cenagal del mundo inmisericorde.
He perdido mi rumbo, mi papel y mi salud.
Pero atesoro cientos de sonrisas y miradas de confianza en la memoria que me siguen dando la vida desde el lejano recuerdo. Sin fanatismos, sin empatía, con un gran desconcierto por la nueva anticatequésis del mundo infame deshumanizado, pervertido, inmoral y agresor contra nuestros pequeños, contra los que atenta desproveyéndoles de familia, sentido, propósito, rumbo, y adocenándolos con hedonismo, permisividad, relativismo moral y tiranía aprendida.
Me canso, no como antes. Mi voluntad ahora ya no basta.




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